Mediterráneo Sur: inestabilidad en las fuentes energéticas de Europa Libia y Argelia son países cuya base productiva es la extracción y exportación de hidrocarburos. Libia está en guerra y Argelia en proceso de cambios.

Manuel García Morales. Redacción 30/05/2019

Libia ocupa el puesto nº 9 del mundo en reservas de petróleo. Su producción óptima que podría ser de 2,5 millones de barriles diarios, ha tenido muchos altibajos por la guerra civil que dura desde 2011. Argelia es el octavo país productor de gas del mundo, y el primer productor africano exportando cerca del 50% del total del continente.

EEUU representa menos del 5% de la población del mundo, pero consume el 26% de su energía. El fuerte aumento de los precios del petróleo a partir de 2008, dio paso al tipo de extracción del fracking, una técnica de extracción petrolífera y gasística, mucho más cara y más agresiva contra el medio ambiente que ha permitido a EEUU reducir sus importaciones desde el 60% en 2005 hasta el 33% de 2013 y el 22% en el año 2015, pero la bajada de precios del petróleo ha llevado a la quiebra a distintas empresas de fracking, y una nueva disminución de la producción. En la Unión Europea hay una creciente dependencia de las importaciones de energía procedente de terceros países. La EU-28 pasó de poco más del 40% del consumo bruto de energía en 1990, al 53,6% en 2016.

Libia y Argelia, comparten en común que son países cuya base productiva es la extracción y exportación de hidrocarburos, que sus proyectos políticos de socialismo árabe entraron en crisis y que son foco de atención actualmente, en el caso de Libia, por la agudización de la guerra que dura desde 2011, y en el caso de Argelia por la revuelta ciudadana, masiva y pacífica que se está desarrollando en todo el país desde el pasado 22 de febrero.

A partir de los años 90 del siglo XX, hay un giro radical en la política libia. Gadafi hace una autocrítica sobre el fracaso del socialismo y la estatalización y defiende la privatización de los sectores púbicos. Las medidas económicas apoyadas por el FMI, provocan la subida de precios de alimentos y la eliminación de subsidios públicos, revierten el estado del bienestar y genera descontento y contestación entre la clase obrera y las clases populares. El estallido de las revueltas populares de 2011 en Túnez y Egipto, es aprovechado para dar un golpe de estado que acabe con el sistema de gobierno en Libia. Son los aviones de la OTAN los que acaban con el gobierno libio, el asesinato de Gadafi y la victoria de un bloque heterogéneo de milicias entre las que se encuentran numerosos apoyos de fuerzas salafistas, popularmente denominadas milicias yihadistas, y destruyen los avances sociales y económicos del país más próspero de África.

En julio de 2012 se celebran elecciones para un nuevo Parlamento con un mandato de 18 meses para elaborar una Constitución democrática y convocar nuevas elecciones. Pero en vez de una Constitución democrática aprobaron la Sharia como fuente de derecho y prorrogaron indefinidamente su mandato. Las protestas llevaron al gobierno a convocar nuevas elecciones generales el 25 de junio de 2014. La mayoría de los nuevos diputados elegidos son independientes que se oponen a los considerados islamistas. La baja participación en esas elecciones y la voluntad del nuevo Parlamento, denominado Cámara de Representantes, de derogar la Ley de Aislamiento político que prohibía a los antiguos partidarios de Gadafi, provoca que los sectores islamistas decidieran, el 25 de agosto, recuperar el anterior parlamento, y formar el gobierno de Salvación Nacional. En función de las correlaciones de fuerzas existentes, este se instaló en Trípoli, mientras que la Cámara de Representantes se instaló en Tobruk. Con el país en guerra, en noviembre de 2014 milicias del Estado Islámico toman la ciudad de Derna y de Sirte, en la zona de mayor producción petrolera.

NNUU a continuación designó un nuevo gobierno provisional de Unidad Nacional encabezado por Fayez al Sarraj, que no contó con el apoyo ni de Tobruk, ni de de Trípoli. Se configuran tres gobiernos, dos en Trípoli, y uno en Tobruk, además del control de Bengasi, por al-Qaeda y las ciudades ocupadas por DAESH. La evolución de la guerra desde entonces llevó al control de menos de un tercio del país por Fayez al-Sarraj y más de dos tercios para el gobierno de Tobruk. El pasado 4 de abril de este año el General Haftar anunció el ataque a Trípoli con el objetivo de la unificación de Libia. Es difícil encontrar lógica en la red de alianzas y banderías, pero parece claro que en el interior de Libia se están enfrentando dos enemigos históricos, el nacionalismo laico árabe representado por Tobruk, y el islamismo político representado por Trípoli.

La Argelia independiente, socialista y antiimperialista, empezó a cambiar a partir de la muerte de su segundo presidente Boumedian en 1978. Se inició un periodo de “reformas económicas”, privatización de bienes y empresas públicas bendecidas por el FMI, que derivaron en una diferenciación social cada vez mayor entre una minoría social enriquecida de forma escandalosa y una gran mayoría empobrecida. Hay también una “apertura” política con la convocatoria de elecciones multipartidistas a finales de 1991 que ganó ampliamente el FIS (Frente Islámico de Salvación); El FLN no reconoció la victoria electoral del FIS, dio un golpe de estado apoyado en el ejército, y se inició una guerra civil que duró 10 años. El presidente Bouteflika, capitalizó el fin de la guerra civil, e impulsó la modificación de la Constitución para eliminar el tope de dos mandatos presidenciales (su mandato caducaba en 2008). El anuncio de que se presentaba a las elecciones de 2019, desató un estallido popular de protesta desde el pasado 22 de febrero. La masividad de las manifestaciones y su carácter absolutamente pacífico y festivo, han sido determinantes para ir ganando batallas; para el 5 de abril, Abdelaziz Bouteflika había dimitido, a partir de ahí se intensificaron las exigencias populares por el cambio.

No sabemos si la lucha de nuestros pueblos hermanos de Libia y Argelia llegarán a buen puerto, pero sí que deseamos que triunfe la voluntad popular, que las riquezas que producen vuelvan a sus manos, y que consigan un desarrollo armónico subvirtiendo la función que tienen asignada de proveedores de energía barata para los países más poderosos.

Publicado en el Nº 326 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2019

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