La Retranca

El Banco pésimo y los Bancos malos Los lumbreras que presumen de economistas del sistema suelen alardear de sus conocimientos encubriendo su desfachatez con un lenguaje pedante lleno de eufemismos.

Dolores de Redondo 13/06/2019

La Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria (Sareb), más conocida como “banco malo”, anunció unas pérdidas de 878 millones de euros en 2018. Desconozco quién ha sido el anónimo responsable de su denominación coloquial, pero después de decir banco es absolutamente innecesario añadir malo, porque se sobreentiende. De hecho, da la sensación de que, por contraposición al banco malo, los demás podrían ser buenos, y nada más lejos de la realidad. En todo caso, sería más acertado llamarlo banco pésimo para recordar que se trata de un artificio financiero inventado en 2012 para el traspaso de los “activos tóxicos” de los bancos que recibieron ayudas públicas, es decir, las propiedades inmobiliarias basura de los auténticos bancos malos, en aquel momento cajas malas.

Los lumbreras que presumen de economistas del sistema suelen alardear de sus conocimientos, encubriendo su desfachatez con un lenguaje pedante lleno de eufemismos con el cual pretenden alejarse del vulgo. Recuerdan a esos empalagosos comentaristas de fútbol que convierten la narración de un partido en una tortura plagada de chorradas más propias del lenguaje bélico. O a las fuerzas del orden que para informar en rueda de prensa de una simple detención sueltan un rollo patatero plagado de circunloquios. O a aquel político famoso por pronunciar frases como “La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales”.

Lo cierto es que la rimbombante Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria es, en realidad el Chiringuito para Intentar Vender la Basura Inmobiliaria y Evitar la Quiebra de las Entidades Bancarias con el Dinero de Todas y Todos (ChIVBIEQEBDTT). Con su creación, el Estado rescataba a los culpables de la crisis asumiendo las pérdidas de la Banca, al comprar con dinero público sus ingentes y más dañinas propiedades inmobiliarias para evitar la quiebra del sistema financiero. Cuando el gobierno del PP constituyó ese chiringuito, la deuda ascendía a 50.781 millones de euros que supuestamente se comprometía a liquidar antes de 2027. Aún hoy, el 45,90% de su capital pertenece al Estado a través del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) y el resto sigue en manos de 32 entidades privadas, entre ellas los mayores bancos malos. En 2017 tuvieron la desfachatez de asegurar que en sus primeros cinco años de existencia la entidad había generado una riqueza para el país de más de 23.000 millones de euros. Pero cerró el balance de aquel mismo año con pérdidas de 565 millones de euros.

El propio SAREB atribuye los números rojos en 2018 a tres factores: la fuerte competencia de la gran banca que está vendiendo su ladrillo tóxico, con lo cual reconocen que ellos venden la basura de los bancos y compiten con ellos porque estos también venden los suyos propios; en segundo lugar, al paulatino empeoramiento de la situación económica, con lo cual reconocen que la supuesta recuperación es un espejismo; y, por último, a la persistente crisis inmobiliaria. En una de esas frases pedantes de la economía oficial, el responsable del banco pésimo dijo que su función “es la desinversión de los activos problemáticos que adquirió a los bancos que recibieron ayudas públicas, y maximizar su rentabilidad”.

Sin embargo, la imaginación especulativa no se agota en el SAREB, porque ha dado lugar a nuevos artificios financieros como las Socimi. ¡Atención!: Sociedades Cotizadas Anónimas de Inversión en el Mercado Inmobiliario; es decir, grandes compañías creadas para gestionar los inmuebles en alquiler que heredó de la banca, cuyos principales compradores son firmas de capital riesgo, como el fondo estadounidense Blackstone, convertido en la mayor inmobiliaria privada del país. Total: de crisis financiera en crisis financiera y tiro porque me toca.

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

Publicado en el Nº 326 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2019

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