Esta artista militó en grupos feministas que estaban hartos de que la mujer fuera modelo e inspiraciónBourgeois: volver del infierno Bourgeois se dedicó también a combatir la censura, a denunciar la prepotencia de la figura paterna, su poder sobre los hijos, a lanzar al rostro de los indiferentes la reivindicación de la mujer.

Higinio Polo 13/06/2019

Louise Bourgeois fue capaz de ir al infierno y volver de él. Al menos, eso era lo que afirmaba en su vejez esa mujer extrañamente parecida a la Karen Blixen de sus últimos años, tan alejada ya de los días felices del cafetal keniata. Bourgeois nos parece ahora una mujer fuerte y luminosa, a quien vemos en sus últimos años mostrando en su rostro las arrugas de la sabiduría y la vida, o, quién sabe, las cicatrices de los destierros y tempestades interiores, y en quien adivinamos las líneas extrañas de los tapices antiguos con los que convivía en su infancia, las dudas sobre su padre, los secretos de alcoba que se convertirían en un mapa preciso para desarrollar sus obras; el viaje desde la frustración infantil al descubrir que, muchas veces, la vida es un engaño, y que se vio a sí misma obsesivamente entregada durante más de medio siglo a hurgar en su propia infancia, en su relación con el padre, al esfuerzo para no sucumbir en la catástrofe de los finales transitorios, a indagar en los mundos del psicoanálisis que ahora nos parecen tan prescindibles, a luchar con la ansiedad y los pantanos sombríos donde se hundía y capturaba los rincones más ocultos y los convertía en esas obras inquietantes, a veces perturbadas, despojadas de la gangrena que nos aprisiona, en la devastadora oscuridad de nuestros sentimientos. Esa era Louis Bourgeois.

Bourgeois amaba la provocación, era una mujer capaz de posar con un gran pene mientras sonreía a la cámara entre cómplice y traviesa, pero tenía presente las horas tristes que su padre hizo pasar a su madre, mientras ella iba anotando escenas y palabras en sus diarios de niña, documentando una relación angustiosa por la censura secreta que siempre dirigió a su padre y por la devoción filial, el amor, que se escondía tras ella, y que también llevarían a Bourgeois a militar en grupos feministas que estaban hartos de que la mujer fuera modelo o inspiración, madre pródiga o amante derramada, encerrada en un baño de Ingres o en un esmalte bizantino, pero nunca convertida en un ser humano igual en dignidad y derechos, y a reclamar la estricta justicia para mujeres y hombres cuya diferente sexualidad había hecho que los encerraran durante siglos en las cárceles de la hipocresía burguesa y en los desoladores secretos de quienes se veían forzados a la clandestinidad y la vergüenza impuesta. Bourgeois se dedicó también a combatir la censura, a denunciar la prepotencia de la figura paterna, su poder sobre los hijos, a lanzar al rostro de los indiferentes la reivindicación de la mujer y de la figura materna, su propia madre, a la que aluden sus poderosas arañas.

Una inquietante soledad se esconde tras muchas de sus obras, tras esa mujer fuerte que vivió casi un siglo, y que confesó que buena parte de sus obras, de sus inquietudes, tenían su origen en una infancia parisina que no fue sencilla, a caballo entre París y los pueblecitos, como Choisy-le-Roi, y suburbios que, en las primeras décadas del siglo XX, rodeaban a la capital francesa. Allí, en París, conoció a su marido, Robert Goldwater, que la arrastraría a una vida americana en Nueva York, poco antes de la guerra, donde después frecuentaría a los artistas del expresionismo abstracto norteamericano, a Jackson Pollock, Willen de Kooning, Mark Rothko; mientras recibía el influjo del surrealismo, y de escultores como Brancusi. Allí tendría a sus tres hijos, uno de ellos adoptado, y se sentiría, como tantas mujeres, atrapada por los injustos remordimientos de quienes creen que deben ofrecer aún más de su existencia a las vidas de sus hijos.

También en Nueva York conoció a Duchamp, un singular artista que recogía maderitas abandonadas, como ella, y allí se dedicaría Bourgeois a su actividad artística y a impartir clases, a dejar las huellas de sus manos de tejedora, en una trayectoria incansable que le hizo crear obras sin cesar, hasta el punto de seguir haciéndolas cuando ya tenía más de noventa años, sin perder por ello ni un ápice de frescura. No era sencillo ser madre de tres hijos en los años de postguerra (¿cuándo lo ha sido?) y, al mismo tiempo, querer disponer de tu propia habitación con vistas, de tu propia vida que, en su caso, pugnaba por atravesar las arenas movedizas del conformismo y de la sumisión que siempre han amenazado a las mujeres. Tras la guerra, empezó a dibujar arañas, que, décadas después, se convertirían en uno de los motivos identificatorios de su obra. En ese refugio de la calle 22 de Nueva York vio morir a su marido, y ella misma vivió medio siglo allí, hasta su muerte en 2010, casi centenaria, en esa casa de ladrillos industriales donde se dispuso una de sus arañas en el inhóspito patio de muros grises, la misma casa donde ella recibía semanalmente a artistas jóvenes en domingos que combatían la soledad y la intemperie.

Bourgeois fue estudiante en la Sorbona, primero de matemáticas y después, tras la muerte de su madre, de arte, y podemos imaginarla con sus cuadernos de números, con sus dibujos de geometría, acumulando hilos germinales que se plasmarían después en libros hechos de telas, de ropa usada, de fragmentos y formas contaminadas, como en la Oda al olvido, una inquietante y dolorosa metáfora de la niña y la joven que fue, o de la joven que veía los tapices de su padre y sus propios estampados de tendera ocasional. Le costó mucho obtener el reconocimiento por su obra: era ya una anciana. De hecho, no sería hasta que el MoMA neoyorquino organizó una exposición retrospectiva suya (¡la primera que el museo dedicaba a una mujer!) que no empezó a tener relevancia internacional, aunque para entonces ya tenía más de setenta años. La vida es esquiva, y el arte una patria severa.

Si pasó setenta años en un discreto anonimato, aunque fuera conocida en los círculos artísticos neoyorquinos y empezase pronto a exponer individualmente, sus tres últimas décadas de vida estuvieron presididas por un gran reconocimiento, reivindicada su figura por movimientos feministas, por lesbianas y homosexuales, y su obra empezó a alcanzar precios relevantes. Esa araña del Guggenheim de Bilbao, como las otras que dispersó por el mundo, llenas de fuerza, capaces de albergar el mundo bajo sus patas de acero, y que contrasta tan vivamente con el perrito (aunque mida seis metros) de Jeff Koons, apoteosis de la frivolidad y el ornamento inútil, es el escalofrío de una infancia ansiosa e insatisfecha, el rostro solitario de la madre que se refugia en los suyos. Bourgeois construyó jaulas como cárceles, telas geométricas y murales que cantaban al olvido y revivían las oscuras galerías de la noche, corazones atrapados entre bovinas de hilo, inquietantes maniquíes de tela, zurcidos entre lamentos, que se ofrecen la lengua, maderas abandonadas y arrastradas por las aguas, instalaciones que querían destruir al padre tirano, celdas para encerrar el miedo y deshacer el vocabulario de la opresión y la sílabas invisibles de la congoja. Por eso, Bourgeois no tiene nada que ver con los artistas del Young British Artists (YBAs), Damien Hirst o Tracey Emin, afiliados del coleccionista Saatchi, aunque a ella se la ha relacionado, por el arte confesional, con Emin, medio siglo más joven que ella.

Esas gigantescas arañas cuyas extremidades nos recuerdan a los hombres estilizados y minerales de Giacometti, que nos apresan, nos defienden, que tejen las telarañas en las que estaremos enredados y protegidos siempre, que nos dejan en los brazos de la madre incansable y abrumada, paciente, tal vez triste, son las arañas de quien ilumina el propio mundo, que crea el universo de su maternidad, sabiendo que jamás se burlará de nosotros, aunque también podamos reprocharle muchas cosas, censurar su figura, incluso aborrecer a veces su mirada inmóvil. Esas arañas sin pedestal, como la propia mujer, nos interrogan. Al final de su vida, Bourgeois, mientras luchaba con el insomnio, sonreía a veces, se encerraba en sí misma, esperaba en la casa de Chelsea a que la llevasen a su estudio de Brooklyn, y sus manos sarmentosas parecían a punto de desplegarse como las patas de sus arañas, prestas a combatir el miedo, siempre dispuestas a buscar lo que nos falta, a palpar las paredes del estudio neoyorquino, esperando a Gorovoy, el fiel asistente a quien conoció mientras Bourgeois le gritaba; presta a remover el polvoriento estudio donde se escondían imágenes y cuevas negras, al tiempo que apuntaba los números de teléfono en las paredes, temiendo perder la memoria.

Publicado en el Nº 326 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2019

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