Las concomitancias de nuestra época con los años treinta del siglo XX son numerosas. La que vamos a tratar aquí es la referido a las conexiones entre fascismo y populismo (se entiende de derechas, para mí populismo de izquierda es como círculo cuadrado, feminismo liberal o nacionalismo de izquierdas, contradicciones en los términos). Hay que delimitar lo que entendemos por populismo y por fascismo para que estas nociones sean algo más que un mero insulto o descalificación, lo que conlleva elegir un nivel de observación que permita analizar ambos fenómenos en su especificidad sin diluirlos. Ambos movimientos surgen en un ambiente de crisis y agotamiento de la democracia liberal. Son productos y síntomas de dicha crisis y pretenden ser la solución a la misma. Ambas experiencias surgen y se desarrollan en países donde la formación del estado liberal ha sido tardía e insuficiente. De nuevo la democracia neoliberal intenta situarse de forma tramposa entre dos extremos, ya no entre fascismo y comunismo, entendidos los dos como sistemas totalitarios basados en un partido único, el terror policial, el control estatal de la información y la cultura y la dirección centralizada de la economía, sino entre populismos de derecha y pretendidos populismos de izquierda.

Vamos a considerar el populismo como una experiencia política, más que como un tipo de comportamiento o como un tipo de representaciones ideológicas. El análisis conceptual que proponemos se centra a la vez en el estudio de las prácticas discursivas puestas en acto por el populismo, en las relaciones de poder que lo sustentan y en el tipo de subjetividad que origina. Partiendo de su ejemplo más paradigmático, tanto en el nivel histórico como en el conceptual, el peronismo, consideramos que lo que define esencialmente al populismo, y que, por cierto, hace que un populismo de izquierda sea imposible, no es la apelación a las masas, que es consustancial casi con cualquier política moderna, sino más bien su manipulación y sustitución como sujeto histórico por parte del líder carismático, apoyado o no por un partido de masas. En un sentido el gobernante es como un padre, en otro como un pastor; en ambos casos se produce una desproporción entre el gobernante y los gobernados con claras connotaciones elitistas. El líder carismático (narcisista) es el padre y el pastor de los gobernados y se sitúa en otro plano que los mismos. Frente a esta tradición elitista que sustituye al pueblo como sujeto político se encuentra la tradición republicana que considera al pueblo, en tanto que conjunto de los ciudadanos, como no solo el origen y el destinatario de la acción del gobierno sino también como su sujeto único y exclusivo.

Todos los fascismos son populistas, pero no todos los populismos son fascistas porque no todos (...) rechazan el marco democrático ni el pluralismo político


La sustitución de las masas como sujeto político en el populismo permite hablar de ‘democracia delegativa’ en el sentido de democracias en las que las tendencias cesaristas, autoritarias y plebiscitarias acaban por vaciar de contenido a la propia democracia, debido al patrimonialismo, clientelismo y corrupción que las caracterizan. La participación política que el populismo permite a las masas populares no es tanto la normativa e institucional reglada de las elecciones periódicas, como los actos públicos de masas en los que se produce la autoidentificación del pueblo y su conexión inmediata y emocional con el líder carismático, dando lugar a fenómenos más estéticos o litúrgicos que propiamente políticos en el sentido formal e institucional (la estetización fascista de la política ya denunciada por Walter Benjamin). El populismo se basa en la interpelación discursiva, performativa, al pueblo, interpelación fundamentalmente emocional, difusa, transversal e interclasista. Interpelación que se hace bajo el ‘modo de persuasión’. El populismo no parte de un análisis en término de clases de la sociedad, lo que le distingue del socialismo en todas sus variantes, sino que construye un discurso dicotómico que opone el pueblo y el no pueblo, la gente y la casta. El populismo construye discursivamente al pueblo como un nosotros indiferenciado, la gente, en la que cualquiera se puede reconocer, por su impersonalidad e indefinición. Esta construcción discursiva del pueblo se realiza mediante un doble proceso, por un lado, de des-identificación de los sujetos y grupos con sus adscripciones iniciales y por otro de re-identificación con la nueva identidad construida imaginariamente. El líder carismático define al nosotros frente a un ellos exterior al pueblo, la oligarquía, la casta, etc., en el que se concentran todos los males y con el cual no hay mediación posible. Es la concatenación de demandas insatisfechas la que constituye el nosotros de forma contingente como voluntad política que busca la dirección del conjunto social integrando de forma subordinada a la mayoría, aislando a la minoría y encarnando, de forma meramente ideológica, el interés general. Esto hace que las trasformaciones populistas siempre sean ‘revoluciones pasivas’ en sentido gramsciano, es decir, cambios epidérmicos basados en la asunción parcial por parte del poder carismático de las demandas de las masas, no siendo dichos cambios producidos por la acción autónoma de dichas masas.

La sustitución de las masas como sujeto político en el populismo (...) acaba por vaciar de contenido a la propia democracia


Por su parte, el fascismo en su sentido histórico estricto es un sistema autoritario de dominación caracterizado por: el dominio de un partido único carismático; el ultranacionalismo; el desprecio del individualismo de corte liberal; el corporativismo interclasista antisocialista y (verbalmente) anticapitalista; el imperialismo expansionista y militarista; la movilización permanente de las masas; la aniquilación violenta de toda oposición; el monopolio de la información a través de la propaganda estatal; el dirigismo estatal de una economía predominantemente privada capitalista; el control totalitario por parte del estado y del partido único del conjunto de las relaciones sociales; el irracionalismo y el voluntarismo en la acción política, más basada en mitos que en datos y análisis racionales.

Como vemos todos los fascismos son populistas, pero no todos los populismos son fascistas porque no todos, y esto se aplica especialmente a los que hoy tienen cierta relevancia política, rechazan el marco democrático ni el pluralismo político; ni son imperialistas y militaristas; ni pretenden destruir a la oposición mediante la violencia; ni buscan un control político total de la economía. Sí coinciden, sin embargo, en su nacionalismo radical; en su apelación a un pueblo ‘natural’, prepolítico o directamente antipolítico definido en términos étnicos; en su abandono de la idea de representación política y la trasferencia de la autoridad del pueblo al líder carismático; en su rechazo del individualismo liberal; en su esfuerzo por movilizar las masas de forma interclasista; en su antisocialismo y anticomunismo furibundo; en su posición ambigua frente al capitalismo, apoyándose en sus ramas más locales y menos internacionalizadas pero sin presentar una posición anticapitalista efectiva; en su utilización de la retórica política basada en el irracionalismo, el voluntarismo y la emocionalidad en detrimento de la pedagogía racionalista de corte ilustrada y socialista; en su transformación de los conceptos (racionales) en imágenes (seductoras y emocionales); en resumen, mientras que el populismo propugna una democracia postliberal y autoritaria, (de igual manera que el neoliberalismo, por cierto), el fascismo es una dictadura. Se ha podido decir que el populismo es “una modulación del fascismo en clave democrática”, pero eso más que reforzar las similitudes marca la diferencia radical. Por ello no conviene caracterizar a los neopopulismos actuales de fascistas, reservando dicha denominación para las experiencias históricas del fascismo italiano, el nazismo alemán y sus secuelas históricas en Hungría, España, Portugal, etc.

La actual crisis sistémica ligada a la globalización presenta en el aspecto político un consenso entre los partidos conservadores y la socialdemocracia en torno al credo neoliberal centrado en la centralidad del mercado, el desprestigio de lo público, y la exaltación del individualismo. En ese marco, los neopopulismos europeos surgen como síntomas de que hay una serie de demandas populares que la actual construcción europea, neoliberal, no satisface. Esta derecha populista, plebeya, construye un pueblo formado por los buenos ciudadanos, los trabajadores honrados, las familias patriotas, los pequeños empresarios que se ven estafados por los políticos tecnocráticos y especialmente por los burócratas de Bruselas, no elegidos, y cuyas disposiciones se imponen a la legislación nacional de los distintos países. Este pueblo honrado se ve asediado por la competencia de los inmigrantes en el plan económico y su moral tradicional de cuño religioso se ve socavada por las libertades morales y sexuales, hedonistas, y por el pluralismo y relativismo morales que rompe con los valores tradicionales al mismo tiempo que su cultura vernácula se ve desbordada por el modernismo experimentalista.

Ni el neoliberalismo ni el populismo permiten que la ciudadanía tome las decisiones políticas, tienden al autoritarismo, en un caso tecnocrático y en el otro carismático


En conclusión, vemos cómo los partidos populistas han aprovechado los grandes déficits democráticos del actual proceso de integración europea en el marco de la globalización para plantear la vuelta al status quo anterior y proponen la defensa de los intereses nacionales y de la identidad nacional frente a su erosión por el proceso de integración en curso desarrollando una política etno-nacionalista, anti-inmigración, de autoritarismo en los temas de la ley y el orden y de defensa de la religión y las instituciones tradicionales como la familia .Es en este contexto donde hay que situar el surgimiento de Vox como escisión del PP. Hay que reconocer que el mérito de Fraga de integrar la extrema derecha en el PP limó su carácter antisistema y la obligó a aceptar las formas democráticas. Es decir, que en un sentido Vox no es nada nuevo, ya existía, aunque sin figura propia ya que estaba integrado en el PP. Hay dos peculiaridades de este partido: en primer lugar, su conexión directa con el franquismo sociológico e ideológico y su ultraliberalismo, solo parecido al del UKIP inglés. Se produce una amalgama de destrucción ultraliberal del estado de bienestar con una contrarrevolución conservadora en las costumbres que conecta con lo más rancio y tradicionalista de la derecha franquista: religión, familia, casticismo. Su neoliberalismo lo separa de sus homólogos europeos paternalistas respecto del obrero tradicional y de la industria nacional. El rechazo del marco europeo no se acompaña de una defensa del estado de bienestar nacional sino de la propuesta de su desmantelamiento. Su ideología consiste en afirmar sin complejos posiciones machistas, xenófobas y racistas, defendiendo un darwinismo social que destruye a los débiles.

Concluyendo, en relación con estos fenómenos se trata de “no reírse, no llorar, ni detestar, sino de entender”, como ya decía el filósofo de origen marrano Espinosa en el siglo XVII. Hay que escuchar sus análisis porque a veces señalan problemas que el pensamiento dominante en la izquierda no detecta. A veces los diagnósticos son correctos, pero lo que falla siempre es la solución ya que, en lugar de dirigir sus ataques al capitalismo, tanto nacional como internacional, como la fuente principal de los problemas que nos acosan, estos movimientos se centran en buscar chivos expiatorios en los inmigrantes, las mujeres, los homosexuales, etc. A su crítica a los males que aquejan el actual proceso de unión europea no se puede responder apoyando su euroescepticismo sino siendo capaces de construir una Europa solidaria, democrática y pacifista. No se trata de compartir su idea de ‘menos Europa ‘sino al contrario de construir ‘más Europa’ y sobre todo ‘otra Europa’ en el marco de una globalización multipolar irreversible donde nuestro continente tiene que jugar un papel de moderación y de integración y cooperación pacífica entre los distintos pueblos del planeta. Ni el neoliberalismo ni el populismo permiten que la ciudanía en su conjunto tome las decisiones políticas y, en ese sentido, los dos tienden al autoritarismo, en un caso tecnocrático y en el otro carismático. En un caso la tecnocracia y en el otro el líder carismático sustituyen a los ciudadanos; por eso la lucha contra el neoliberalismo tecnocrático no puede ser el populismo carismático sino la profundización y extensión de la democracia en todos los ámbitos y especialmente en la economía. Se ha podido decir que fusionar populismo y fascismo conduce a defender que el statu quo es la única alternativa frente al desafío populista; frente a esto hay que insistir en que la democracia avanzada y el socialismo siguen siendo la única alternativa real frente al impasse del neoliberalismo dominante.

Publicado en el Nº 327 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2019

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