¿Nueva ultraderecha o neofranquismo? La amenaza reaccionaria en España

Julián Sanz Hoya. Sección de Historia de la FIM 14/06/2019

Durante las últimas décadas han coexistido en España dos perspectivas sobre el peso de la extrema derecha y las herencias de la dictadura franquista. Simplificando, pues además ambas visiones se han presentado con frecuencia de forma muy simplista, una de ellas sostenía la falta de una ruptura real con el franquismo, resultado de cuarenta años de imposición, de los déficits de la transición y de la débil convicción democrática de la derecha española; es decir, que el franquismo seguía vivo y coleando entre nosotros. La otra, por el contrario, presentaba la imagen de un país moderno y democrático, homologable en términos europeos, e incluso algunos autores destacaban la alergia de los españoles a la extrema derecha como resultado precisamente de su recuerdo negativo del pasado. Este pasado franquista, en especial la extrema dureza de la represión, era objeto de atención pública, impulsada sobre todo por el movimiento memorialista y por la abundante bibliografía sobre el tema. Paralelamente, persistía un debate académico sobre la dictadura y su caracterización, impulsado por investigaciones cada vez más cuidadas, que han huido por lo general de caracterizaciones caricaturescas y vienen atendiendo tanto a la imposición represiva del régimen, como a sus relaciones con la sociedad, las funciones desempeñadas por el partido único, la difusión y la penetración de los planteamientos nacionalcatólicos y fascistas, así como la relevancia de las culturas políticas (falangista, nacionalista reaccionaria, propagandista católica o tradicionalista) que sostuvieron la dictadura.

Ciertamente, la transición a la democracia parlamentaria, con sus logros y sus límites, implicó en España una peculiar mirada en torno a la dictadura, al fascismo y a la extrema derecha. Como resultado, se mantuvo en una parte de la sociedad una idea edulcorada sobre el franquismo, al tiempo que se vio con normalidad que los cuadros procedentes de éste pudieran presentarse como demócratas y autodefinirse como representantes del “centro” o de la “derecha conservadora”. Solo así se entiende que una fuerza como Alianza Popular, que se reivindicaba heredera del 18 de julio y planteaba un proyecto pseudodemocrático mucho más restringido del que resultó de la transición, pudiera ser comparada a la derecha democrática europea. Con ello, se dejó la etiqueta de “extrema derecha” a los sectores más exaltados y violentos, a quienes ya dentro de la dictadura habían constituido el búnker (es decir, la posición más extremista de un régimen de ultraderecha), a Fuerza Nueva y a los núcleos falangistas. Con ello, además, se ignoraba cómo había evolucionado el espectro de la extrema derecha en la Europa postfascista, incluidos, por ejemplo, los fascistas del MSI, que lógicamente no podían defender en la Italia de los años setenta los planteamientos que habían defendido en la República de Saló.

"Vox significa una combinación del imaginario histórico del nacionalismo franquista con el programa socioeconómico del neoliberalismo a ultranza"


Las décadas siguientes presenciaron el fracaso de esta ultraderecha franquista, tanto en las urnas como en las calles, como igualmente de los intentos de articular una nueva derecha radical (fuese neofascista o ultraconservadora); al tiempo que se produjo la evolución de AP/PP hacia posiciones más moderadas, por más que nunca alcanzara el centro político al que aseguraba dirigirse. Esto, en un contexto europeo en el que cada vez emergían con más fuerza movimientos ultraderechistas de distinto corte (neofascistas, derecha radical xenófoba, ultraconservadores, hasta llegar a la actual oleada de los nacionalpopulismos), alentó la idea antes señalada de una nueva excepción española, esta vez en positivo: la de una supuesta vacunación ante la extrema derecha, nacida del rechazo al pasado franquista. Una visión demasiado optimista, que tendió a minusvalorar el carácter del PP como una amplia coagulación de las derechas (la conservadora, la neoliberal, la democristiana, pero también sectores ultras), capaz de recoger y de representar a numerosos nostálgicos de la dictadura. No solo eso, también que tanto en el PP como en el enorme complejo mediático y editorial del conservadurismo español ha mantenido una fuerte presencia un exaltado nacionalismo de corte tradicional y un radicalismo latente en búsqueda permanente de un enemigo interior.

"Tanto en el PP como en el enorme complejo mediático y editorial del conservadurismo español ha mantenido una fuerte presencia un exaltado nacionalismo de corte tradicional y un radicalismo latente en búsqueda permanente de un enemigo interior"


En otras palabras, la visión benévola del pasado fascista, que apenas se ha revisado en la derecha española, ha convivido y se ha visto reforzada por un profuso imaginario reaccionario alentado por discursos agresivos y excluyentes hacia todos los sectores considerados amenazadores para la identidad nacional y para los intereses socioeconómicos de las capas altas. Rojos, progres, bolivarianos, feminazis, separatistas, homosexuales y lesbianas, inmigrantes (en especial moros, negros y sudacas), e incluso los traidores de la derecha “acomplejada”, han sido durante años atacados sistemáticamente en tertulias de radio y televisión, artículos de prensa, conversaciones y redes sociales. Esto ha venido sedimentando un extendido poso cultural, a duras penas contenido dentro del PP, pero sin una expresión propia con peso electoral a su derecha. Sin embargo, el actual contexto, marcado por la crisis económica, el desafío independentista, el ciclo de avance de posiciones progresistas (primero, con la irrupción de Podemos, después con la conquista del gobierno por Pedro Sánchez; pero no menos con el auge del movimiento feminista), los temores generados por la inmigración y, decisivamente, la crisis del PP, ha favorecido que finalmente los sectores de la derecha que compartían una visión excluyente y agresiva de la españolidad hayan preferido no delegar su representación en una derecha incapaz ahora de conservar el poder y por apoyar a Vox.

"La visión benévola del pasado fascista, que apenas se ha revisado en la derecha española, ha convivido y se ha visto reforzada por un profuso imaginario reaccionario alentado por discursos agresivos y excluyentes hacia todos los sectores considerados amenazadores para la identidad nacional"


Estos sectores han optado así por una fuerza que plantea posiciones abiertamente reaccionarias, xenófobas, nacionalcatólicas, antifeministas y antiprogresistas. Más al estilo de Orbán o de Kaczynski que de Salvini o de Marine Le Pen, por más que entre Vox y sus parientes italianos y franceses sea frecuente explicitar mensajes de afinidad. En este sentido, quizá una de las características más llamativas de Vox es su carácter más viejo que nuevo. En su estilo de hacer política hay algunas ideas de comunicación nuevas, pero sus planteamientos ideológicos y programáticos se vinculan claramente a la ultraderecha tradicional, al ala más extrema antes integrada en el PP de la que procede en su origen el partido. Sociológicamente, además, el apoyo más nutrido a la fuerza de Abascal procede de sectores de la burguesía, sin apenas capacidad de captación -al menos por el momento y salvo excepciones puntuales- entre las clases populares. Ello es al tiempo efecto y reflejo de su programa económico netamente neoliberal, orientado a la reducción de impuestos a las rentas superiores y a la privatización de los servicios públicos, sin atisbo del proteccionismo social presente en muchos movimientos nacionalpopulistas (o en la tradición falangista), como tampoco del cuestionamiento de la globalización económica, del “establishment” o de la UE tan presente en estos. Podría decirse, en ese sentido, que Vox significa una combinación del imaginario histórico del nacionalismo franquista con el programa socioeconómico del neoliberalismo a ultranza que ha venido impregnando a sectores derechistas españoles desde los años ochenta. Todo ello articulado mediante un discurso de combate radicalizado que alienta los mensajes del odio y la exclusión de la identidad nacional de sus oponentes políticos, una característica básica de las diferentes formas de la ultraderecha. Un proyecto que recuerda al del franquismo tardío o al de la dictadura de Pinochet, aunque por motivos evidentes de contexto político se orienta no a una dictadura abierta, sino al vaciado o la jibarización de la democracia desde dentro, a través del recorte sistemático de los derechos civiles y sociales, hacia un modelo de “democracia iliberal” como el que postula Orbán. Por ello, posiblemente el mayor peligro de esta amenaza reaccionaria no resida en el riesgo –que parece lejano– de que Vox alcance el poder, sino en la probabilidad mucho más palpable de que refuerce la deriva nacionalista, autoritaria y antisocial de todo el espectro conservador, como estamos viendo en el acentuado giro a la derecha de Rivera y Casado.

Publicado en el Nº 327 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2019

En esta sección

Enrique Santiago insta al PSOE a “dejarse de amenazas” y a “sentarse de una vez a negociar de verdad, porque aún no han empezado”Guillermo Úcar: “No podemos normalizar que nuestra relación laboral sea como falsos autónomos y se nos contrate por horas” 22 J. Las urnas republicanas vuelven a las calles de MadridFascismos y extrema derecha en Europa¿El retorno del fascismo?

Del autor/a

¿Nueva ultraderecha o neofranquismo? La amenaza reaccionaria en EspañaLa Constitución de 1978, en perspectiva históricaEl Correo de la Pirenaica o el PCE y la historia social del antifranquismo