Clave de sol

El homo economicus, las mentiras, las verdades y los resultados electorales Cuando solamente utilizamos los datos que apoyan nuestras tesis y obviamos deliberadamente los que las refutan, nuestras conclusiones no solo no serán racionales sino que nunca serán válidas.

Sol Sánchez Maroto 19/06/2019

Durante mucho tiempo se ha aceptado el mito del pensamiento racional como pilar de la conducta humana y la toma habitual de decisiones, ese que también alienta al homo economicus y que está en la base del liberalismo económico y de, en último término, la aceptación cultural y social de un sistema injusto como el capitalismo. Lo que no deja de sorprenderme es que a pesar de haber sido refutado una y otra vez con los avances de la psicología moderna, y probado su error fundamental incluso a través de las neurociencias, en el imaginario colectivo siga reinando esa imagen falaz de nosotros mismos, igual que lo sigue haciendo en las facultades de economía, en estas obviamente por su funcionalidad para el sostenimiento del sistema.

En realidad, lo más común es que las decisiones que tomamos se deban a otras cuestiones, creencias, fobias y filias, aprendizajes y experiencias anteriores, conscientes e inconscientes, y que acudamos a la lógica racional más para justificarlas, que para tomarlas.

Esto puede muy bien ser parte de la explicación de por qué a la hora de analizar –pongamos por caso- resultados electorales, los mismos datos pueden servir para ilustrar una conclusión y su contraria. Obviamente nadie puede tener la cabeza en blanco hasta acercarse a los datos, tampoco la ciencia, ni siquiera las ciencias exactas se abordan así, la imaginación y la formulación de hipótesis son indispensables para hacerla avanzar, pero hay una sustancial diferencia entre eso y torturar los datos para que confiesen la verdad que ya hemos escrito en piedra antes de siquiera consultarlos.

Cuando solamente utilizamos los datos que apoyan nuestras tesis y obviamos deliberadamente los que las refutan, nuestras conclusiones no solo no serán racionales sino que nunca serán válidas. Nos moveremos en el mundo de los deseos y de las idealizaciones en vez de en el de las realidades materiales. Y por mucho que queramos dar una pátina de racionalidad inapelable a nuestras decisiones políticas así tomadas, algo que los números en general, y las estadísticas y los gráficos en particular ayudan a aparentar, siempre nos quedará pendiente explicar la razón por la que hemos elegido unas variables y hemos omitido otras, la razón que nos ha llevado a ocultar las relaciones entre ambas, o el hecho de si con nuestras definiciones previas hemos arrojado luz sobre todas esas cuestiones, o las hemos ensombrecido deliberadamente.

En las ciencias sociales las conclusiones ahí quedan, siempre abiertas al escrutinio y refutación por lo que siempre son provisionales, y así avanza la ciencia con mayor o menor rapidez según el mayor o menor cuestionamiento y contraste de esos resultados. El problema en política es que en función de ciertas conclusiones precipitadas y parciales, o directamente incorrectas, si hay prisa, todo un colectivo puede transitar el camino equivocado. Y puede que para la refutación posterior, ya sea demasiado tarde.

¿Cómo evitar esto? En primer lugar no escuchando el canto de sirena que nos dice que podemos pasar por encima de nuestras pulsiones y pasiones, de nuestras filias y fobias, de nuestras creencias e inseguridades, de nuestros aprendizajes y fijaciones conscientes e inconscientes. En resumen, no apelando al fantasma del ser racional sobre el que tantas mentiras e injusticias se han venido construyendo desde hace ya más de doscientos años. Tomemos justamente la dirección contraria, asumamos lo que somos en vez de negarlo, y tengamos la valentía de aun con toda nuestra carga irracional, nuestra imperfección y nuestras pasiones, comprometernos a analizar con la mayor racionalidad posible. Si nos anima realmente la voluntad de saber y no la de poder, deberá ser suficiente para llegar a conclusiones válidas. Y sinceramente, el homo economicus, de existir sería un psicópata con el que ni usted ni yo desearíamos tomarnos una caña.

Publicado en el Nº 327 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2019

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