Mediaciones

Municipalismo y cultura Hoy toca preguntar en los nuevos ayuntamientos ¿para cuándo la construcción de autonomía tejiendo frentes culturales desde la izquierda?

Francisco Sierra 01/07/2019

Cuarenta años después, las elecciones municipales abren un nuevo ciclo político para pensar el cambio posible y necesario. Sabemos que no hay alternativa, más aún en España, sin municipalismo. Históricamente, los ayuntamientos han sido de hecho el principal espacio de autonomía política. Pero, en la batalla de las ideas, la construcción de poder popular pasa por disputar el sentido de lo local a partir de nuevas mediaciones. Las transacciones de las llamadas ciudades-red dan cuenta del papel regulador que tienen hoy las telecomunicaciones y redes de información frente a lo que Scott Lasch denomina ciudades muertas. En este marco, el neoliberalismo se presenta bajo el manto protector de un discurso cosmopolita que sustenta la lógica de expropiación. Esto es, lo global no es necesariamente represivo ni lo local un espacio de liberación per se. Los procesos entre uno y otro, y otras escalas intermedias, basculan entre las turbulencias de la destrucción creativa y la fluctuación resistente de las formas de adaptación de las culturas populares. Lo local remite pues a una topología simbólica en el que se constituyen saberes, pero también procesos de valorización ajenos a la identidad y voluntad soberana de los actores locales. Por ello, si bien las políticas culturales pueden valorizar los códigos autóctonos, no menos cierto es que estos no pueden mantenerse ajenos a los procesos de acumulación. Lo demuestra el proceso intensivo de reorganización del campo cultural que ha generado nuevos modos de asentamiento de las identidades, fragmentando los discursos y repertorios simbólicos a nivel local. Ahora, la era de Cosmópolis es la era de las políticas culturales articuladas desde la ciudad. Y, por otra parte, no es posible olvidar que los sistemas de mediación social son útiles necesarios para toda política de reconocimiento. No solo a través de canales como Facebook o la prensa local aprendemos a dialogar con otros, sino también definimos nuestro ser e imaginario urbano con el que pensar modelos de desarrollo coherentes con las ecologías de vida mientras la transnacionalización monopólica del capital en forma de plataformas a lo AMAZON, integra los territorios según las funciones de valorización, real e imaginaria, del capital financiero en sus diversas manifestaciones.

Esta tendencia no es nada nueva. La descentralización y la reintegración son consustanciales a la era de la máquina desde los orígenes del capitalismo. Los procesos de cambio y crecimiento económico son más que manifiestos en las economías locales, pero no menos cierto es que los gobiernos de progreso han pensado poco, críticamente, el papel de las políticas culturales en la lógica expansionista del capital ficticio. La tendencia a las metrópolis dispersas, o como dice Harvey, de las ciudades Blade Runner corresponde con un patrón regulador de acumulación del capital concebida erróneamente por muchos como la era de las ciudades o un proceso de autonomía y descentralización sin precedentes, justo cuando cobra forma una estructura y reformulación en grandes conjuntos y sistemas urbanos integrados y dependientes según la geometría variable del capital, con sus correspondientes brechas y asimetrías según la división internacional del trabajo. Como ilustra Saskia Sassen, todo es una cuestión de ensamblaje o, diríamos, de montaje cultural, en el que el recurso a la cultura no tiene otro objeto que reconstruir lo que ha sido disuelto por el principio de separación que rige en el capitalismo. Poner el acento en la otra cara de la llamada cultura cosmopaleta de la ideología dominante exige por ello construir sentido común desde los territorios concretos, en los barrios, a partir de las estéticas emergentes y los procesos de reproducción periféricos frente a la dialéctica de homogeneización y fragmentación que, al amparo del discurso de la diversidad, coloniza nuestros imaginarios cosificando la dinámica aparentemente transformadora del habitus de los ciudadanos a nivel local. La polémica suscitada por Daniel Bernabé sobre la trampa de la diversidad apunta en esta dirección al constatar que el posmodernismo acrítico niega toda pretensión totalizadora vindicando lo local, lo identitario o grupal en coherencia con el individualismo posesivo, algo que incluso a un sociólogo conservador como Daniel Bell incomodaba al poner en peligro el llamado hogar público. Esta coartada sirvió décadas después a los neocons para hablar de intereses especiales de las minorías, incluida la clase obrera, y justificar las medidas de ajuste fiscal en beneficio de todos (los del muro de Wall Street, claro está). Pero esto es otra historia que ha de ocupar una columna más adelante, a propósito del capital ficticio y el papel de lo simbólico en el proceso de especulación del capital financiero. Prometemos ocuparnos más adelante de ello. Hoy toca preguntar en los nuevos ayuntamientos ¿para cuándo la construcción de autonomía tejiendo frentes culturales desde la izquierda?

Publicado en el Nº 327 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2019

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