Lenin y la lucha feminista: Imaginar un futuro La organización desde la base, codo con codo, jerarquía sí, pero primando la horizontalidad, es lo que ha hecho del feminismo la fuerza revolucionadora.

Patricia Castro 17/07/2019

Una de las razones porque las que me acerqué al feminismo -mucho antes de ser marxista- fue porque me ofrecía una visión de futuro -y de presente también, esto es muy importante. La liberación de la mujer me pareció algo por lo que merecía la pena luchar, insistir, resistir, dar la vida, incluso -en un hipotético y trágico caso- dar la vida, ¿por qué no? Y así ha sido desde entonces: me ha dado algo por lo que vivir. Lenin, en una de sus famosas intervenciones, dijo hace mucho tiempo: “Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”. Así que uno de los pilares del mundo es la fantasía, imaginar nuevos mundos, siempre teniendo en cuenta el presente, nuestro momento actual. Nada puede tener más sentido para cualquier buen materialista histórico.

Es de suponer que en la construcción de otro mundo es necesario utilizar la imaginación para poder llevarlo a cabo. Al fin y al cabo, el marxismo busca sacar partido a las potencialidades humanas que por culpa del sometimiento de nuestras vidas al orden capitalista resulta del todo imposible. Inventar, innovar -esa palabra tan prostituida por el neoliberalismo- es el cimiento de cualquier nuevo mundo, necesario para traerlo a nuestro presente. Pues bien, yo me acerqué al feminismo por todo esto -y obviamente acabé seducida por el marxismo, ¿cómo no?- porque desde el feminismo podía luchar por cosas que importaban más que mi vida concreta, no solo podía solucionar aspectos de mi vida, sino que con mi acción ayudaba al resto de mujeres a conseguir sus propósitos. Y por eso me quedé y fui profundizando, participando, conociendo a todo tipo de mujeres, sus problemas, a diferentes personas y sus circunstancias concretas. Pude ver que, aunque tuviéramos particularidades distintas, en el fondo el vínculo que nos unía era el de querer construir una sociedad más justa, más tolerante y sin negar la propia violencia de la vida, un mundo más agradable con los que no han tenido tanta suerte.

Otras de las citas célebres que se suele repetir en Twitter y en cualquier tertulia izquierdista es aquella de: “La revolución no se hace, sino que se organiza”. Es algo que desde el feminismo también he podido comprobar. La lenta, pero intensa e incesante organización de las manifestaciones multitudinarias feministas, de la huelga del 8 de marzo -incluso del 8 de marzo de 1917 iniciático que dio pasó a la revolución rusa de octubre. La organización desde la base, codo con codo, jerarquía sí, pero primando la horizontalidad para que la gente pueda participar y expresarse, es lo que ha hecho del feminismo la fuerza revolucionadora, no solo del socialismo, sino del mundo en general. En términos simples: es capaz de imaginar un mundo y construir el camino que lleva hacia él. Y para acabar, como también decía Lenin: Si no eres parte de la solución, eres parte del problema, ¡actúa! Así que ya sabéis: solo podemos cambiar el mundo si participamos en su construcción.

Publicado en el Nº 327 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2019

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