RelatoLa elección

Martín López Navia 17/07/2019

Eran tres hermanos. El mayor tenía trece años, el menor nueve y Julián, el mediano, once recién cumplidos. Vivían en las montañas. En tierras asturianas, en la raya con León y Lugo. La guerra civil había terminado un año antes. Su padre había combatido con los republicanos y ahora estaba en el maquis. Un domingo, el padre, al caer el sol, se acercó a la casa. Cenó con los hijos y durmió en la cama conyugal. A la amanecida la guardia civil tenía cercado el caserío. El padre saltó por un balcón, disparó contra uno de los guardias y logró escapar por la montaña abajo. Después del revuelo, el brigada sacó de la casa, a patadas y tirándoles del pelo, a la madre y a los hijos. El guardia había muerto. El brigada juraba y se cagaba en los muertos mientras movía a modo de sable la mano en la que empuñaba una pistola. Pensaron que iban a morir. La madre mordía el cuello del camisón y temblaba. Los niños no se cubrieron la cabeza cuando arreciaron los bofetones. El brigada dijo diente por diente y ojo por ojo. Se acercó a la madre y dijo que uno de ellos iba a morir. Miró, con rabia, hacia los tres. Hablar de la muerte pareció calmarlo. Separó a los hijos de la madre. Los llevó a la esquina del patio y les dijo que tenían cinco minutos, mejor quince dijo inmediatamente después, para que decidieran entre ellos cuál sería el que iba a morir. Si no decidían ellos él lo echaría a suertes. Los hermanos permanecieron callados, se agarraron las manos. El mayor dijo que él. Julián dijo que no, que el brigada echara a suertes entre ellos dos. El pequeño quiso hablar pero no le salieron palabras. La madre gritaba y un número le dio una bofetada que la tiró contra la pared. Se quedó sentada, callada, no asustada, alelada, con cara de atontada. Pasó una eternidad en un minuto. El brigada oyó la proposición de Julián y dijo que no. Mirando a la madre dijo que en la suerte entrarían los tres y empezó a cortar tres pajas, dos iguales y una más larga. Extendió la mano y entonces Julián dijo que no, que el no quería morir o vivir por culpa de una suerte. De morir quería saber que era por algo. Propuso que decidiese la madre. Al brigada le brillaron un instante los ojos y aceptó. La mujer pareció salir de su aletargamiento pero continuó con cara de aturdida. El brigada se le acercó y le dijo que pronto, que decidiese cual o que fusilarían a los tres. La madre abrió más los ojos desconcertada y retrocedió un paso. Luego dijo un nombre. El del pequeño. Lo llevaron detrás de la casa. Se oyó un llanto callado y luego un tiro. Los guardias se fueron. La madre y los dos hermanos se quedaron sin moverse. La madre con los ojos cerrados, los hermanos mirando al suelo. La madre dijo enterradlo y entró en la casa. Nunca volvió a hablar.

Julián, a principio de los años cincuenta, emigró a Suiza. Los que lo conocían lo definen como serio, taciturno, callado, muy fumador, a veces tiene la mirada perdida, pero amable, cabal, buen compañero, no se le conocen amoríos. Volvió a su tierra a poco de cumplir los cuarenta. Con el dinero ahorrado arregló la casa familiar. Su hermano también permanecía soltero. La madre sólo salía de casa para ir a misa o a algún funeral. El hermano bebía y era bronco, amigo de peleas, faltón. Julián apenas frecuentaba las tabernas. Se compró un coche y desaparecía del pueblo por épocas. Nadie sabía a dónde iba. Alguien llegó a comentar que también leía libros.

Julián conoció a Nela en Santander, en uno de sus viajes. La conoció en un parque natural con animales y fieras: gacelas, hipopótamos, leones, cebras, un elefante y chimpancés. Ella se acercó al elefante y éste dio un gran berrido. Se asustó y se cayó al suelo. Julián la ayudó y tranquilizó. Siguieron hablando. Trabajaba de enfermera en un hospital para enfermos terminales. A los dos meses Julián volvió a Santander y fue a buscarla. Se siguieron viendo por temporadas. Al cabo del tiempo ella lo llevó a cenar a su casa y lo abrazó. Julián se puso a temblar, después lloró y casi salió huyendo de la casa. Dos días más tarde le contó la historia de su hermano pequeño, le dijo que no sabía por qué su madre hizo aquella elección y cómo ese no saber lo había convertido en un fantasma. El brigada consiguió lo que quería, nos mató a los tres, a los cuatro. Ella no lo abrazó, le tocó la mano y le dijo que volviera a casa y hablase con su madre, pregúntale a ella. Habla. Julián sintió que era la primera vez que alguien le tocaba.

De vuelta a casa Julián pareció nervioso, incluso acompañó algunos días a su hermano a la taberna. Una semana después de su regreso, entró en el cuarto de su madre. Sentada al lado del ventanal hacía ganchillo. Por qué lo elegiste a él, al más pequeño. La madre levantó la cabeza. Su mirada estaba llena de dolor y de calma. Era el que menos tenía que perder, el que menos conocía la vida. No elegí la muerte, elegí la vida, la vuestra. Hacerlo me costó la muerte. Vive Julián, vive, eras un niño alegre, recupera la alegría. Si sigues muerto tu hermano seguirá muerto. La madre pidió un vaso de agua, bebió la mitad y le dio la otra mitad, bebe, le dijo, y luego añadió, pero no pierdas el rencor.

Publicado en el Nº 327 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2019

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