La pequeña Marwa, con su pierna de plástico En Afganistán miles de personas mueren como consecuencia de la guerra, y centenares a causa de esas bombas perdidas, que no estallaron, la gran mayoría niños. Recogen granadas que confunden con juguetes.

Higinio Polo 26/08/2019

El 29 de mayo de 2019, el South China Morning Post, el principal diario en inglés de Hong Kong, publicaba una noticia, acompañada de un video, sobre una familia afgana afectada por un terrible suceso que había tenido lugar el año anterior. No era ninguna primicia: unos meses antes, un fotoperiodista australiano que vive en Afganistán, Andrew Quilty, publicó un reportaje explicando el aterrador destino que la guerra impuesta por Estados Unidos había reservado a esa familia, que vive hoy inmersa todavía en el dolor, y convive con el deseo de salir adelante, de olvidar el miedo.

Hace ya dieciocho años que Estados Unidos inició la guerra en Afganistán, pero el sufrimiento no se ha detenido y la población civil sigue soportando los bombardeos, los combates, las minas y bombas enterradas que un día estallan. El año 2018 ha sido el más mortífero desde entonces: sin contar a los combatientes, de los 3.804 civiles afganos que han sido asesinados, 927 eran niños. Miles de personas mueren cada año como consecuencia de la guerra, y centenares a causa de esas bombas perdidas, que no estallaron. La gran mayoría de quienes mueren así son niños: encuentran objetos con los que creen que podrán entretenerse, ignorando que jugarán con la muerte.

Andrew Quilty encontró a Hamisha Gul, padre de una numerosa familia que vive en Saed Tuba, Nangarhar, al este de Kabul y cerca de la frontera con Pakistán, y él le contó su historia: el 29 de abril de 2018, después de un intenso bombardeo el día anterior, uno de sus hijos pequeños encontró un objeto extraño en el campo: lo recogió y lo llevó a su casa, para enseñarlo a sus hermanos, para jugar. Podía ser un juguete, pero era una granada que no había estallado: explosionó en la casa matando a tres de sus hermanos e hiriendo de gravedad a los otros siete, que sufrieron graves amputaciones en piernas y brazos. Aman tenía cinco años y Rabia siete; Mangal era un poco más mayor: tenía ocho años; y Bashir, que vio cómo su pierna izquierda desaparecía, tenía nueve años. Peor suerte corrió su hermano gemelo, Abdul Rashid, que perdió las dos piernas. La pequeña Marwa, que solo tenía cuatro años, perdió su pierna derecha; su madre y su hermana gemela murieron.

En el vídeo publicado por el South China Morning Post se ve a los niños sentados en un banco intentando ajustarse las prótesis de plástico. En el centro, la niña más pequeña, tocada con un pañuelo lila, se aplica con su pierna artificial, mientras uno de sus hermanos se acaricia el muñón de la suya. Después, se ve a todos caminar trabajosamente con sus muletas, y a uno de los niños sentado en la silla de ruedas, con la que apenas puede avanzar por el suelo pedregoso. Detrás, uno de sus hermanos, con las dos piernas amputadas, lo sigue con dificultad. Vemos a uno de ellos llevar después la silla de ruedas de su hermano, mientras va dando pequeños saltos con una sola pierna: van a la escuela por los caminos de tierra, porque saben que, si tienen un futuro, solo vendrá con el conocimiento y la paz. Vemos también a otra de las niñas, con un vestido rojo, que deja ver su pierna de plástico, y un bonito pañuelo negro en la cabeza, aplicarse en una pizarra rota, donde escribe, porque hay que seguir luchando por la vida.

Los vemos después con su padre, comiendo sobre una alfombra en el suelo, como hacen las familias afganas humildes, repartiéndose el pan. Y hasta juegan con la pelota, y alguno ya es capaz de chutar el balón con la pierna de plástico. Shafiqullah es más mayor, tiene quince años, y aunque ha perdido las dos piernas es capaz de explicar serenamente lo que ocurrió aquel día aciago, y de sonreír mientras se pone las piezas ortopédicas. Como Mangal, de once años, que también describe el día en que una guerra infame les cambió la vida para siempre.

Afganistán es otra de esas guerras, la más prolongada, que fueron decididas en las mesas de los generales del Pentágono y siembran la muerte por doquier; militares que no se avergüenzan de que sus aviones descarguen bombas sobre la población civil, que, muchas veces, perdidas, olvidadas, estallan después entre las piernas de los niños. Los siete hijos de Hamisha Gul han tenido que aprender a caminar de nuevo con sus rígidas prótesis. Ahora, la pequeña Marwa camina ayudada con sus muletas, y no puede evitarse que se oprima el corazón cuando ves a sus hermanos, a todos los niños, uno tras otro, avanzar cojeando con sus piernas de plástico, camino de un futuro que desconocen.

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