Al socialismo en bicicleta En el ámbito del consumo, no podemos permitir que se culpabilice a las capas populares del consumo que realizan.

J.M. Mariscal Cifuentes. Director de Mundo Obrero 23/09/2019

Portentos, muchos hay; pero nada es más portentoso que el hombre (…) A la Tierra, la más excelsa de las deidades, imperecedera, infatigable, agobia con el ir y venir de los arados de año en año (…) civilizada disposición aprendió, y a esquivar los dardos de las lluvias inclemente y las penosas heladas en la intemperie con recursos que tiene para todo. Nada habrá en el futuro a lo que sin recursos se encamine. Tan sólo medio de evitar la muerte no habrá de encontrar.” Habla el Coro en el Antígona de Sófocles. Hace 2500 años, el asombro ante la belleza del orden de la naturaleza, el misterio que trataba de ser poseído por los mortales daba origen a las primeras preguntas, a las que aún la humanidad sigue haciéndose. El Coro advierte, sin embargo, que el ser humano, al darse cuenta de que es mortal, se enfada y quiere poseerlo todo, angustiada y ansiosamente.

Este hecho concreto, histórico, adquiere todo su esplendor en la era del capital: La ruptura con la naturaleza, el situarnos como especie no en la naturaleza, sino por encima de ella, renunciando a nuestra pertenencia, tratando de controlarla con la tecnología y con el trabajo humano. Marx, en el libro III de El Capital, caracteriza la sociedad sin clases, el comunismo, no sólo como una sociedad libre de explotación y de inseguridad, sino también como una sociedad en la que “los seres humanos regularán conscientemente su metabolismo (Stoffwechsel, literalmente, intercambio de materiales) con la naturaleza”. Así nos lo han hecho saber los Manuel Sacristán, Joaquín Sempere, Jorge Riechmann, Yayo Herrero, Fernández Buey, etc.: Al socialismo sólo se puede llegar en bicicleta.

El capitalismo a lo largo de su historia ha funcionado como el agua, ocupa los territorios y amolda sus formas al continente para ocupar cada resquicio, cada grieta, cada rincón de la existencia. Los valores transformadores son descalificados per se, porque No Hay Alternativa. Y se inventan sueños tristes; desde el cómic al telediario de turno, las series de televisión o los video-juegos: estamos buscando planetas que podamos colonizar cuando nos carguemos éste. El problema fundamental que el capitalismo ha provocado en nuestra existencia es una concepción del tiempo cronológico que obvia por inútiles e intranscendente tanto la memoria como las generaciones. Dice J. Derrida, en Espectros de Marx: “ninguna ética, ninguna política, revolucionaria o no, parece posible, ni pensable, ni justa, si no reconoce como su principio el respeto por esos otros que no son ya o por esos otros que no están todavía ahí, presentemente vivos, tanto si han muerto, como si todavía no han nacido. Un política de la memoria, de la herencia y de las generaciones”.

Y efectivamente, no hay alternativa. No hay “Planeta B”, como bien gritan los y las jóvenes que han propiciado la alerta global por el clima. Y no podemos dejar la hegemonía del movimiento global que despierta, en manos de los defensores de un “capitalismo verde”, nueva versión del “capitalismo de rostro humano” cuya único fundamento se basa en, otra vez como el agua, ocupar los espacios y cooptarlos para el beneficio privado y la especulación de las élites de la energía. La mercantilización extrema de la propia vida. ¿No hay alternativa? A lo que no hay alternativa es a la naturaleza a la que pertenecemos, en la que somos. Y se podrá pensar que esto no es de izquierdas ni de derechas, está bien, pero desde luego es, o debe ser, anticapitalista o no será.

El cambio climático, combinado con la miseria y la explotación irracional de los recursos naturales y del territorio, están provocando catástrofes humanitarias. La propia OCDE, en su análisis sobre migración a sus 16 países entre 1980 y 2015 concluye que el cambio climático es, por encima de la guerra y los factores económicos, el motivo más importante por el que los seres humanos de este planeta abandonan sus tierras de origen y emprenden la marcha hacia otros lugares, ante la imposibilidad de reproducir su propia vida. Mientras tanto, seguimos afrontando el debate sobre la migración sin preguntarnos ¿por qué?, las mafias que trafican con seres humanos hacen su agosto, y la clase propietaria y las élites dirigentes utilizan el esclavismo, literalmente, para rebajar las condiciones de venta de la fuerza de trabajo de toda, toda, la clase obrera. Es hora, también al hilo de las luchas ambientales, en el eje capital-medio, o capital-vida, de recuperar un internacionalismo que supere tanto el cosmopolitismo individualista, que tan buen servicio hace al capital, como la atomización de nuestro devenir histórico, la supuesta imposibilidad de transcender los límites fijados por el régimen global a la acción transformadora.

Los compromisos que se adquieren en “las cumbres” son papel mojado desde el comienzo. No hay esperanza en una mera reforma, en un pintar de verde las esferas de la producción y del consumo. En el ámbito de la producción, existe el riesgo de tratar de corresponsabilizar en sus compromisos contra el calentamiento global a las llamadas economías emergentes, como si la culpa la tuviera el hecho de que los chinos ya no usen tanta bicicleta, y de esa manera utilizar los compromisos de recorte de emisiones contra economías dependientes y periféricas a las que, por otra parte, no se les ofrece una alternativa sostenida y sostenible de desarrollo económico y reparto de la riqueza. Para comprobar esto, no hace falta irse a China, basta con mirar a Asturias.

En el ámbito del consumo, no podemos permitir que se culpabilice a las capas populares del consumo que realizan. El salario, que en teoría debe cubrir la reproducción de la fuerza de trabajo, se adapta a su propia escasez adquiriendo bienes alimenticios baratos en grandes superficies que monopolizan la distribución. Alimentos baratos porque son producidos en condiciones ambientales lamentables. Lo “Gourmet”, que la izquierda pija puede permitirse consumir, pero el obrero y la obrera no, no son más que los tomates que cultivaba mi abuelo en el huerto, a base de buen estiércol de oveja, o la carne de una vaca que pace tranquilamente, sin agobios, sin estrés en las tierras de Castilla. Lo de toda la vida, que ahora es caro e inaccesible para una mayoría.

En definitiva, lo que está en juego el 27 de septiembre, en la movilización global contra el cambio climático, no sólo es el despertar de nuestras generaciones para que atiendan las necesidades de las generaciones venideras, sino el comienzo de una batalla para trocar en sentido común el anticapitalismo.

Publicado en el Nº 328 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2019

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