Clave de sol

Las grandes transnacionales utilizan los campos para los agronegociosArde Brasil Los incendios en el Amazonas no están provocados por la sequía sino por la soja transgéncia, la ganadería y la minería.

Sol Sánchez Maroto 24/09/2019

Hacia finales de los noventa descubrí el MST (movimiento de los trabajadores rurales sin tierra) a través de las impactantes fotografías de Sebastião Salgado, las imágenes de aquellos campesinos brasileños -como suele suceder con la mayor parte de la obras de Salgado que se rechazan o se aman pero a nadie dejan indiferente- me hipnotizaron y conmovieron profundamente. Obviamente no me causaron esa impresión por su perfección y belleza estética (que también) sino por la fuerza de lo que reflejaban. Cientos, miles, blandiendo sus hoces y precarias herramientas de trabajo agrario. Una revuelta organizada, una revolución campesina.

A lo largo de la historia las revueltas y revoluciones campesinas siempre han sido de las más violentamente reprimidas. En Brasil, el 17 de abril de 1996, cientos de familias campesinas en lucha por la reforma agraria y la justicia social ocupaban una carretera del nordeste del país cuando fueron rodeadas y masacradas por la policía militar, murieron al menos 19 personas. Este crimen conocido como la matanza de El Dorado presta su fecha desde entonces al día internacional de las luchas campesinas.

Organizaciones internacionales como Vía Campesina dan voz a comunidades de todos los rincones del planeta, y pocas luchas son tan nítidamente internacionalistas como ésta. La tierra siempre en el centro. Tierra y libertad era ya el grito desde la revolución mexicana. Y algo casi más importante en estos tiempos en que el nacionalismo reaccionario está colonizando tantas cosas; el concepto de soberanía. La soberanía más básica, el derecho de los pueblos a alimentos accesibles, producidos de forma sostenible, ecológica y culturalmente adecuada, y su derecho, por tanto, a decidir su propio sistema productivo. Y ojo ahí, decidir de forma colectiva y soberana el sistema productivo es impugnarlo todo.

Frente a la seguridad alimentaria como objetivo de organizaciones como la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) que solo busca que haya alimentos disponibles, la lucha por la soberanía alimentaria implica la necesidad de derribar el actual sistema agroalimentario capitalista en el que solo importa la rentabilidad, y cuyas cadenas de producción enriquecen a los intermediarios mientras explotan y empobrecen a los y las productoras, contaminan el agua y el suelo, acaparan tierras y generan importantes problemas de salud a productores y consumidores.

Los 71.497 incendios (un 83% más que los que se produjeron en 2018) que humean en el Amazonas no están provocados por la sequía, las altas temperaturas y la mala suerte, como ha tenido la desfachatez de decir Bolsonaro (cuya llegada al poder es directamente responsable de este aumento del fuego) sino por la soja transgénica, la ganadería y la minería. Y no son pequeños productores locales, sino grandes corporaciones transnacionales quienes se quedan con esos campos, tras su traspaso desde la propiedad de las oligarquías locales, y terminan usándolos para los agronegocios, exportando carne o soja a Europa o China.

Los grandes Tratados internacionales de comercio e inversión fomentan estas prácticas desde hace décadas por todo el mundo, aniquilan toda posibilidad de soberanía alimentaria, y soberanías en general de los pueblos, y tienen mucho que ver con el empobrecimiento de esas mayorías sociales de países en desarrollo que recalan sin papeles en nuestras fronteras o se ahogan molestamente –solo si los vemos o los rescatan- en el Mediterráneo.

Precisamente la no firma del acuerdo UE-Mercosur se ha puesto encima de la mesa por parte de Europa como represalia por la evidente connivencia del gobierno brasileño con las llamas que devoran los pulmones del planeta. Casi poético; las expectativas de ese Tratado han sido los sopletes que han avivado los fuegos. Lo que necesitamos son más hoces en pie. Apoyar las luchas justas del campesinado es lo único que puede parar el desastre y evitar que el necrocapitalismo lo termine calcinando todo.

Publicado en el Nº 328 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2019

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