Fiesta PCE 201980 aniversario de la retirada Homenaje sobre el exilio republicano español

Julián Sanz Hoya. Sección de Historia de la FIM 27/09/2019

La derrota de la democracia en la guerra civil supuso el exilio masivo de una parte de los combatientes y partidarios de la República, forzados a salir de España para salvar sus vidas de la represión sistemática impuesta por los sublevados. La caída de Cataluña en febrero de 1939 nos ha legado las imágenes más conocidas del exilio, con la salida por los Pirineos de medio millón de personas, tanto combatientes como familias enteras, que en muchos casos fueron a parar a los campos de concentración en playas como Argelès-sur-Mer, en pésimas condiciones. Sin embargo, el exilio había comenzado antes, con la salida de alrededor de 150.000 personas desde la costa cantábrica a Francia, conforme los rebeldes fueron tomando Guipúzcoa, Vizcaya, Cantabria y Asturias entre agosto de 1936 y octubre de 1937; a los que deben sumarse 25.000 del Alto Aragón en la primavera de 1938. Por último, el derrumbe de marzo de 1939 originó las terribles escenas del intento de decenas de miles de personas de huir por los puertos de Alicante, Cartagena o Valencia, aunque sólo 12.000 consiguieron llegar a Orán y otros puntos del litoral norteafricano. En total –sin tener en cuenta a los exiliados posteriores a 1939– salieron de España unas 700.000 personas, de las que una parte importante volvió en los años siguientes, mientras que entre 140.000 y 180.000 se quedaron en Francia (Dreyfus-Armand, 1999), 30.000 consiguieron llegar a América –especialmente a México– y cantidades menores se establecieron en la Unión Soviética, Bélgica o Gran Bretaña.

Para todos ellos y ellas, el exilio supuso una dolorosa experiencia, por el alejamiento forzado de la patria, las raíces, las amistades o la familia, así como por el peso de la derrota y el dolor por la situación de España bajo la dictadura. Con frecuencia se vieron obligados a pasar por circunstancias muy difíciles: los campos de concentración de refugiados en Francia o Argelia, los batallones de trabajo, los campos de concentración alemanes (7.200 acabaron en Mathausen, donde fallecieron 5.000, otros fueron enviados a Dachau, Buchenwald, Ravensbrück, Auschwitz…). Una parte de los antiguos combatientes republicanos no dudaron en volverse a alistar para continuar la lucha contra el fascismo, combatiendo encuadrados en la Francia Libre, la Resistencia –el peso de los españoles fue enorme entre los resistentes del sur francés– o en el Ejército Rojo, y algunos participaron en la reactivación de la resistencia armada a la dictadura en España, incorporándose a la guerrilla o en la ocupación del valle de Arán. Estos empeñados luchadores, como tantas otras personas que se implicaron en las organizaciones del exilio republicano (de la Unión Nacional Española a la Junta Española de Liberación, pasando por los diferentes partidos y sindicatos), fueron y se sintieron los depositarios de la España auténtica, libre, de la legitimidad democrática y popular encarnada por la República frente a los gobernantes que usurpaban el poder por la fuerza, al margen del mandato de las urnas y aplastando las libertades civiles. Por ello, son necesarios homenajes como estos que recuerden y pongan en valor la experiencia y los ideales que marcaron la vida de los exiliados y las exiliadas antifascistas.

Publicado en el Nº 328 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2019

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