Ni dios ni amo

Hipocresía Aquí, para bien o para mal se ha hecho borrón y cuenta nueva con el pasado... entonces que sea con el de todos, no sólo con el de algunos.

Benito Rabal 04/10/2019

Llevaba unos días sin ver la televisión, cuando ayer me sorprendió el revuelo causado por una entrevista a Arnaldo Otegui en la Televisión Pública. He de aclarar que ni he visto la entrevista, ni pretendo entrar en consideraciones acerca del dirigente vasco. Lo que si me chirría es el monocorde discurso sobre el asunto, elaborado por quienes están, tanto a favor como en contra, de que ésta se hubiera realizado.

El de los que están en contra era previsible. A su juicio, Otegui es un asesino - aunque no haya matado a nadie -, hace escarnio de las víctimas del terrorismo y se malvierte el dinero de todos los españoles haciéndole una entrevista.

El de los de a favor, desgraciadamente, también. Pertenece a un partido legal, la democracia consiste en que todos puedan expresar sus ideas libremente -a no ser que incumplas la ley mordaza, aún vigente-, respetamos a las víctimas, etc., etc.

Y me llama la atención –aunque ya no debería– que políticos y profesionales de la información, a los que se les supone tanto una formación, como análisis crítico, no aclaren ciertas cosas en vez de caer en lugares comunes, impulsados los unos por una suerte de amnesia interesada, alimento de su histriónico patriotismo rojigualda, y los otros, tal vez, por el miedo a ser alineados con los planteamientos y praxis del mundo abertzale.

El caso es que se me ocurren una serie de puntualizaciones que creo tendrían que haber hecho, dado el saber que se les atribuye. Porque digo yo que, cuando se habla de los muertos de E.T.A., debiera diferenciarse entre quienes lo fueron durante la Dictadura y quienes ya en Democracia. “Matar es muy gordo. ¡Ni con razón!”, decía mi amigo José Luis Coll y no puedo estar más de acuerdo. Pero si ensalzamos a los partisanos que lucharon contra Hitler y Mussolini, no podemos, en justicia, tachar de criminales a quienes lo hicieron contra Franco. ¿O es que vamos a igualar al torturador Melitón Manzanas o al genocida Carrero Blanco, con las víctimas inocentes del Hipercor? ¡Eso sí que me parecería un escarnio!

Pero lo que más me indigna es la discusión sobre si Otegui, debido a su pasado, puede tener cabida en un espacio público. Vamos a ver, ¿Fraga Iribarne no fue ministro del Dictador y firmó penas de muerte y aún así se le considera padre de la Patria y la Constitución? ¿Alguien puso en duda si tenía o no que salir en la televisión de todos? ¿Y el Rey emérito? ¿Es que de repente se nos ha olvidado quién le colocó en el trono? ¿No se enteraba de los asesinatos, encarcelamientos, torturas y violaciones? ¿O es que estaba demasiado ocupado jurando los principios del Movimiento, tan parecidos a los del nazismo? ¿Alguien protesta por su presencia en los medios públicos? Suárez, Martín Villa, los miembros del extinto Tribunal de Orden Público que automáticamente pasaron a ser jueces de la llamada democracia, los cuerpos policiales, el ejército, la Iglesia Católica y tantos otros, tienen una responsabilidad incuestionable con los cientos de miles de muertos, represaliados y exiliados por su colaboración con el Golpe de Estado que asoló al país. También ellos tienen las manos manchadas. Y sin embargo, aparecen de continuo en los medios de comunicación públicos.

Aquí, para bien o para mal, se ha hecho borrón y cuenta nueva con el pasado. Pero eso sí, entonces que sea con el de todos, no sólo con el de algunos. Callar el de unos y proclamar el de otros, aparte un acto de suma hipocresía, no hace sino crear las bases del nuevo fascismo.

Publicado en el Nº 328 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2019

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