Entrevista sociólogo e investigadorGuillermo Fernández-Vázquez: “Integrar la cuestión de la familia como salvaguarda frente al mercado sería el acto antifascista por excelencia” “Le Pen defiende el Estado Social francés no porque sea justo, sino porque es francés”

J.M. Mariscal Cifuentes 12/11/2019

Qué hacer con la extrema derecha en EuropaGuillermo Fernández-VázquezLengua de Trapo

Mundo Obrero: En tu libro señalas que habría que tomarse en serio, política e intelectualmente, a la extrema derecha. ¿Qué quieres decir con eso?
Guillermo Fernández:
Porque para combatirla no sirve de nada cierto folklore alarmista, hemos tendido a moralizar, demonizando simplemente la cuestión. Esto tiene dos problemas, uno que te lleva a la lógica de Macron como adalid antifascista y dos es no entender cuáles son los resortes por los que le está yendo bien. Al igual que hacemos con cualquier fuerza política, habría que hacerse la pregunta, con el mismo carácter aséptico, de cuáles son los motivos del crecimiento de la extrema derecha en Europa, en Francia o en España. Por supuesto que muchos, o todos los calificativos morales que reprochamos a la extrema derecha son justos, antes de comenzar a hablar de VOX hay que decir lo malos que son, pero eso es una cuestión que va de suyo. Pero más allá de todo eso, que sabemos lo que son y que son el enemigo, es necesario mucho más análisis político y menos juicio moral.

M.O.: ¿Podría convertirse este modo de “antifascismo” en un mecanismo de apuntalamiento del régimen ordoliberal?
G.F.:
Podemos caer en ese riesgo, cuando en 2014 el Frente Nacional queda en primer lugar en las elecciones europeas, al día siguiente se convoca una manifestación de estudiantes contra el fascismo a la que asisten 4000 personas, contra el Frente del Odio, de nuevo moralizaban la cuestión, los que asistieron seguramente se sentirían muy bien como la vanguardia de la lucha antifascista, al igual que las manifestaciones que hubo en Andalucía tras las elecciones autonómicas de diciembre, pero al FN le habían votado 4 millones de personas, algo está fallando, hasta qué punto no nos estamos contentando con ser algo así como la vanguardia antifascista de lo que representa el polo anti Frente Nacional,que en este caso estaba hegemonizado por Macron. Me pregunto, ¿hasta qué punto esa posición no apuntala el enfrentamiento que quiere la extrema derecha, entre neoliberales-mundialistas y nacionalistas?

M.O.: ¿Pero aquellos que enarbolan de una manera más sobreactuada la bandera antifascista, desde los medios de comunicación biempensantes hasta determinados “progres”, no son los mismos que han venido aplaudiendo las medidas políticas, económicas y sociales que nos han traído hasta aquí?
G.F.:
Claro, eso te da pie a sospechar que hay algo detrás. Melenchon fue muy criticado, pero me pareció inteligente que en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales llamara a la libertad de voto, él dijo entonces, “Macron es la causa, Le Pen la consecuencia”, no quiso entrar en ese juego y fue valiente. Nuestro objetivo, decía, es tratar de revertir la situación que provoca que millones de franceses, que incluso biográficamente se pueden sentir vinculados a la izquierda, en un momento dado puedan sentir que el Frente Nacional es la fuerza que mejor le representa. Apuntarse de una manera acrítica al antifascismo de postal de Macron no ayuda demasiado, sobre todo porque además da argumentos a ese discurso de la extrema derecha que básicamente dice que la izquierda es el último guardián del sistema. Una de las cosas que más me sorprendió hablando con militantes de la extrema derecha francesa, es que me decían “en último extremo la izquierda no se atreve a hacer tanto como nosotros”. Es cuestionable lo que voy a decir, pero es posible que al final para el sistema sea más útil Tsipras que Orban. Ellos se preguntaban que habría ocurrido en el supuesto de que la segunda vuelta se hubiera disputado entre Marine Le Pen y Melenchon, ¿qué opción habría apoyado el sistema? Creo que Melenchon habría vencido, pero tengo dudas de qué hubiera apoyado un medio como Le Monde.

M.O.: Lo que algunos como Monereo han llamado el “momento Polanyi”, ese deseo pendular de seguridad, comunidad, identidad y cohesión social frente al mercado extremo ha llevado a que la extrema derecha realice, con la feliz expresión que utilizas en tu libro, OPAs semánticas a la izquierda.
G.F.:
Una de las motivaciones por las que me puse a estudiar por pasión al Frente Nacional era precisamente porque me parecía que nos podía enseñar cosas, me preguntaba cómo un partido que estaba arrinconado y marginalizado en la extrema derecha se convierte en el partido de oposición a los consensos dominantes de la V República, cómo logra apropiarse y resignificar conceptos y palabras asociadas a la izquierda, republicanismo, defensa de la mujer, del estado social. Claro, cuando lo hace la izquierda dice “mienten, engañan”. Vale, es cierto, pero mientras tanto resignifican. Cuando usan el feminismo o el estado del bienestar no están defendiendo lo mismo que tú y que yo, pero está integrando la defensa del Estado del bienestar en su visión nacionalista excluyente, defiende el estado social frances no porque sea justo, sino porque es francés, porque forma parte de la identidad francesa. Lo interesante ahí es ver cómo lo han hecho y pensar a continuación qué casos parecidos podemos tener en España, es decir qué conceptos podemos tratar de resignificar y apropiarnos de un lenguaje que quizás no nos pertenece o quizás no hemos usado habitualmente. Por ejemplo, seguridad, si usásemos la seguridad la extrema derecha diría “mienten, engañan”, y serían ellos quienes se pusieran a la defensiva, pero por qué no resignificar la “seguridad” hacia la seguridad vital, seguridad en el empleo y, por qué no, seguridad en las calles, a todos nos interesa poder pasear tranquilamente. Otro ejemplo, la familia, cuando la extrema derecha habla de familia lo hace respecto a un único tipo de familia, pero defender las unidades familiares, en sus diversas expresiones, como una salvaguarda frente al mercado me parecería adecuado. Hay un sufrimiento social, podemos dar voz a ese sufrimiento social resignificandolo, llevándolo a nuestros intereses, no podemos dejar la explotación de ese sufrimiento a VOX para que le de una expresión nacional-católica. Por fortuna, VOX es aún de la parte torpe de la extrema derecha europea y piensa, por ejemplo, junto con los alemanes de la AfD, que el ecologismo es el caballo de Troya del mundialismo, pero el FN ha integrado el discurso ecologista, la reivindicación medioambiental ligada a la defensa de la tierra, el paisaje y el medio rural frente a las multinacionales, apelando a un nacionalismo exclusivista. ¿Qué problema hay en que la izquierda contra ataque y hablemos de familia, de seguridad, de banderas y de patria? podíamos tomar ese ejemplo para ver nosotros la cuestión de la familia, como la integramos, creo que eso sería el acto antifascista por excelencia.

M.O.: Otro de los asuntos que has estudiado en profundidad, in situ, han sido las movilizaciones de los chalecos amarillos. ¿Qué enseñanzas para la España vaciada podríamos obtener?
G.F.:
Este es uno de los temas en los que se puede declinar ese Estado fuerte, planificador y protector, que reclamaba el FN hasta 2017. Ellos cogieron el tema de la despoblación de la Francia interior y nombraron el problema, lo politizaron y se lo apropiaron. Nos sonará si digo que se cierran escuelas en muchos municipios, centros de salud, oficinas de correos, cajeros automáticos, nos sonará si digo que el estado francés ha dejado de estar presente en muchos territorios. Este es un discurso que perfectamente podría tener la izquierda española, esto no es un discurso de extrema derecha, cuándo lo hace Vox lo hace apelando a las tradiciones del mundo rural, la caza, la pesca, los toros, con un cierto éxito, pues seas taurino o no, la persona del medio rural siente que están hablando de sus problemas. Creo que esta cuestión denota una falta de coraje y de imaginación por parte de la izquierda, el poder hablar y centrarse en este tema y no tomarlo como algo secundario. Los chalecos amarillos han sido una expresión movilizadora de la división entre dentro y fuera, entre los espacios conectados con el capitalismo global o europeo, donde se dan unas determinadas condiciones de explotación de la fuerza laboral y los espacios territoriales que sobran, simplemente dejan de existir y eso produce una rebelión. La movilización de los chalecos amarillos en España, bajo ese criterio, es necesaria y será posible cuando maduren las condiciones. En Francia, a modo de guasa, decían que era la primera revolución que ocurría todos los sábados. Y no ha sido la movilización de un partido, fue increíble como durante tantos meses se sostuvo una movilización con la salvaje represión,es la denuncia de unos ciudadanos que cogen un símbolo, hasta ahora completamente apolítico, el chaleco reflectante del coche y de pronto lo convierten en un símbolo político, de gente que simplemente quiere ser vista, esa es la fuerza, sirve para que te vean y no te atropellen. Lo curioso del movimiento es que es que, aun partiendo de posiciones conservadoras, críticas con el impuesto a los carburantes, las asambleas del movimiento acaban llevándolo a posiciones más cercanas a la izquierda y eso también da que pensar, porque la izquierda francesa no ha conseguido ningún crédito político de este movimiento. Pero para que ello ocurra en España es necesario revertir la creencia enquistada en la izquierda española de que no vale la pena invertir energía política en la España vaciada porque el cambio político sólo puede venir de las grandes ciudades.

M.O.: Hablemos de Francia Insumisa, la organización política de Melenchon, que parece que intentó reaccionar a las OPAs semánticas de la extrema derecha pero que, sin embargo, no parece que levante cabeza en lo electoral.
G.F.:
Hay dos vertientes, por un lado el trabajo comunicativo y organizativo de las campañas, en las que la Francia insumisa ha hecho un trabajo excepcional. En lo que ha fracasado estrepitosamente es en hacer, en construir organización. Aunque hay sectores vinculados a la Francia Insumisa que achacan la situación de crisis en la que actualmente se encuentra Melenchon a una incoherencia que no es otra que haber abierto la puerta de la transversalidad durante la campaña y posteriormente haber regresado al eje izquierda-derecha. Una de las enseñanzas de este ciclo desde el 15M o desde la aparición fulgurante de Podemos en 2014 tiene que ver con la comunicación y supone una revolución en cierto sentido, una de las cosas que hace muy bien Pablo Iglesias, la importancia de la comunicación política, y ese cambio de paradigma o de perspectiva para la izquierda fue muy beneficioso. Ahora bien, creo que ese paradigma está demostrando sus límites, no todo es comunicar, imagen y que un partido sea una especie de co-working de personas que lanzan un mensaje, un partido tiene que tener organización, eso está faltando y ese es el punto en el que quizás tenemos que invertir tiempo y esfuerzo. Sería absurdo desdeñar lo comunicacional, por supuesto que es muy importante, y todo lo que hemos hablado hasta ahora tiene que ver con eso, las OPAs semánticas van de eso. Pero por supuesto que hay que hacer un trabajo en los territorios, un trabajo de militancia.

M.O.: Pero se aduce que la sociedad, y es cierto, ha cambiado mucho, o al menos lo suficiente como para replantearnos las formas tradicionales de militancia, no es fácil sacar tiempo para militar, en el sentido clásico.
G.F.:
Estoy de acuerdo en que tiene que haber, necesariamente, formas mas laxas de militancia, pero la militancia no puede ser simplemente darle click a un tweet. Una de las grandes cuestiones que el feminismo ha puesto sobre la mesa es que la militancia tradicional, con sus organizaciones, sin horarios, todo voluntad y compromiso y tiempo, es incompatible, hasta cierto punto, con trabajos y tareas que normalmente la mujer se ve obligada a ocupar, y que tiene que ver con los cuidados, digamos que es más fácil militar a la vieja usanza si tienes en casa a alguien que te prepare la cena y que cuide de tus hijos. Una cosa es reformular el concepto de militancia y otra, bien distinta, prescindir de ella.

M.O.: Una de las cuestiones que centran el discurso de la extrema derecha francesa y en general de la europea es la inmigración. Y tengo la sensación de que desde la izquierda no terminamos de entrar de frente a esta cuestión, que se trata de un tema tabú.
G.F.:
Mira lo que pasa en Italia, parece una distopía. Por un lado, un ministro del Interior, como ha sido Salvini, que es antiinmigración, en un sentido fuerte pero que consigue politizar constantemente la cuestión, mientras por otro lado la oposición, o la voz de la izquierda en esa cuestión, en manos de las ONGs, con un discurso fundamentalmente moral. Para mí este el peor de los mundos posibles, porque es hacer exactamente el juego al que ellos quieren jugar, dejando tu posición en alquiler a las ONGs. Coonsidero necesario tener un discurso propio, el problema es que cuando algunos lo planteamos enseguida se trata de criticar y se nos acusa de querer copiar a Salvini. Pues no, eso no sería tener un discurso propio, sería comprarle el discurso. El punto débil de los discursos de extrema derecha lo puso muy bien de manifiesto Melenchon en la campaña de 2017, en el famoso discurso que hace en Marsella, emocionante y vibrante, de espaldas al mar mediterraneo, recordando a los seres humanos que perecen en sus aguas, recordando que Francia es una sociedad multicultural y de orígenes muy diversos, el propio Melenchon es nieto de españoles, y denunciando que, por lo tanto, el discurso de la extrema derecha conduce a una suerte de guerra civil en el seno del pueblo trabajador francés. Es ese un punto débil, nadie quiere un enfrentamiento civil, tampoco entre ciudadanos españoles de diferentes orígenes o ciudadanos españoles y ciudadanos que no tiene nacionalidad española. Insisto, es necesario tener un discurso propio, por ejemplo en uno de los asuntos tangenciales a la inmigración como es el papel de las mafias o respecto del origen y causas de la inmigración, cuál es nuestra relación con los países emisores, etc. Ahí hay un discurso internacionalista y de solidaridad que podemos desarrollar, al mismo tiempo que decimos que sería iluso pensar que todo el planeta se puede alojar en Europa, debemos pensar en cómo vamos a hacer para responder a la crisis climática o a evitar los conflictos bélicos que se están provocando en ciertos lugares. ¿Por qué hablamos tanto del derecho a la libre circulación de personas pero no abordamos el derecho de esas personas a quedarse en su país, en su tierra, con su familia, con su gente. Pensemos en el discurso de Izquierda Unida o de Podemos en 2014, en un momento en el que muchos jóvenes se están yendo al extranjero, decían que no se podía consentir eso, que se trataba de una vergüenza que un país prescindiera del talento de miles de jóvenes que se vieron y se ven obligados a emigrar fuera de España para poder vivir, y que eso era malo para un país. Si hemos hecho ese discurso con respecto a España, ¿por qué no lo hacemos respecto de Senegal o Nigeria?

M.O.: ¿Tú que crees?
G.F.:
Sinceramente, quizás es porque no nos tomamos Senegal o Nigeria en serio, así de simple, caricaturizamos lo que significa Senegal o Nigeria o Eritrea o el Chad. Porque si nos tomásemos a esos países y esas realidades en serio, ejerceríamos la solidaridad internacionalista denunciando las situaciones que fuerzan a muchos jóvenes de allí a salir de sus casas y de su país. Claro que siempre habrá gente que quiera salir de su país, pero una cosa es salir porque quieres ver mundo o porque te han hecho una oferta de trabajo en otro país y otra cosa es porque no hay oportunidades de empleo y desarrollo en tu propio país. Lo que no tiene sentido es haber hecho ese discurso en España, para luego no aplicarlo a Marruecos. A principios de los años 2000 se produce la gran migración de ecuatorianos a España, y lo primero que hace un gobierno de izquierdas en Ecuador, el de Correa, es poner en marcha el programa de retorno, porque entiende que ha sido una indignidad prescindir del talento y el trabajo y provocar el sufrimiento, lejos de sus familias, de miles de compatriotas. El problema cuando hablamos de inmigración es que ponemos el piloto automático y sólo pensamos en “la pena” que nos da ver a “esos pobres” tratando de alcanzar la valla de Melilla, y eso es absolutamente insuficiente si queremos abordar la cuestión.

M.O.: El personaje de tu libro que más ha llamado mi atención es, sin duda, la figura de Philippot.
G.F.:
Todo un personaje. Su estrategia fue clara, tratar de reagrupar en torno a Marine Le Pen a todo el bloque que expresó su rechazo en el referéndum sobre la Constitución Europea de mayo de 2005. Philippot ha sido a su vez víctima propiciatoria del fracaso de Marine Le Pen ya que da cuenta de la división interna que existe en el seno de la extrema derecha francesa entre los que son partidarios de renovar el discurso conservador en el eje izquierda derecha y los que apuestan, como Philippot y Marine Le Pen en la campaña de hace dos años por un discurso transversal que agrupe en torno al eje nacionalismo soberanista frente globalismo cosmopolitista. Él ha sido una figura muy extraña dentro de la extrema derecha, procedía de la izquierda soberanista francesa, del partido de Chevenement, que a su vez era disidente del Partido Socialista. Philippot llegó a afirmar que nunca antes había votado al FN y que además no le interesaba el viejo partido de Jean-Marie Le Pen, el padre de Marine, lo que provocó una tormenta en el partido. Tras las elecciones de mayo, en las que el resultado no fue el esperado, Philippot desaparece y triunfa internamente el ala conservadora tradicionalista, representada por Marion-Maréchal, sobrina de Marine y nieta de Jean-Marie, tras un debate profundo en un partido que, aparentemente, no parece estar estar acostumbrado a una discusión interna de ese calibre. Lo digo porque Unidas Podemos no ha tenido aún debate interno alguno tras las elecciones de junio de 2016.

Publicado en el Nº 329 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2019

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