RelatoGranada 1970

Rosa María Ildefonso 03/12/2019

Si el pasado mes publicábamos el relato ganador del certamen convocado por El Mono Azul, este mes nos toca el relato finalista. Rosa María Ildefonso, militante del PCE del núcleo de Albolote (Granada) nos cuenta que se animó a escribir porque convocamos el certamen, y eso da pleno sentido a la iniciativa, máxime cuando, como en esta ocasión, Rosa M. nos traslada con belleza lo que le sucedió a su propio tío en la heroica huelga de la construcción de Granada de 1970. A pesar de su extensión, publicamos este fragmento y os invitamos encarecidamente a que completéis su maravillosa lectura en nuestra web.
Ese martes no tuvo que sonar el despertador, un despertador que no era otro que un tiento suave en la pierna que mi madre me daba a diario apurándome para tomar el café de cebada y un bollo de manteca antes de salir para el tajo. Sabía que ella ese día no me iba a avisar que, como quien olvida un pequeño detalle sin importancia, saldría por la puerta sigilosa, a la calle polvorienta, para caminar a los campos de la vega a echar un jornal y regresar a casa a la hora del almuerzo.

Aquella noche no pude soñar. Llevaban en el interior de mi cabeza repiqueteando constantemente multitud de fragmentos de conversaciones en voz baja con los compañeros, consignas de los que se subían en lo alto de una silla o tarima improvisada, palabras de advertencia que el patrón dejaba caer cada vez que en nuestras caras se dibujaban sonrisas cómplices. Y es que varios meses antes el ambiente se había recrudecido a pié de obra, en toda la provincia de Granada y especialmente en los pueblos de su área metropolitana.

Yo había empezado ayudando en las obras de amigos y vecinos del pueblo siendo sólo un niño y en cuanto cumplí los dieciséis, ya era peón de albañil como tantos y tantos jóvenes que no teníamos la opción de estudiar, ni siquiera la educación básica que impartían las monjas a los más pequeños. Todas las manos eran necesarias para sacar adelante la economía de una familia trabajadora, tanto las de los hijos como las de las hijas.

En mi casa teníamos la desventaja de que mi padre no podía realizar los trabajos más duros pero mejor pagados a los que un hombre sin formación alguna tenía acceso; el campo y la obra. Una úlcera de estómago mal tratada le impedía realizar esfuerzos físicos y con frecuencia sufría crisis incompatibles con ir a diario a un trabajo. Por eso, Antonio “el Melchor” se buscó un carro de madera que trasformó en un escaparate móvil y se hizo vendedor de todo tipo de enseres, ropas y dulces por las calles de Granada y de los pueblos cercanos. Buscaba mercancías de saldo en los almacenes de género de ropa y hogar, compraba tortas y bollos en los obradores y de forma artesanal preparaba por las tardes caramelos de azúcar y canela sobre una piedra de mármol.

Antes del amanecer tenía cargado el carro hasta el borde de las angarillas de madera y comenzaba a tirar de él, porque el yugo no descansaba sobre los lomos de ningún animal sino que la tracción a sangre era la de su propia fuerza. Las mujeres salían a los portales, a las placetas y a los descampados al escuchar la voz que anunciaba “Tortas! Bollos! Sostenes! Bragas! Combinaciones!...! y es que, en aquel ordenado y reducido espacio, se podían encontrar desde un mantel para la mesa, una faja que “asujete” bien o reduzca el dolor de espalda hasta un pan de aceite con pasas para la merienda de los niños. Unos días las ventas eran buenas y el carro volvía liviano a su zaguán y otros días en mi casa se desayunaba con lo no vendido el día de antes,…por eso a mí me decían cariñosamente “El Bollos”.

Mi infancia había sido breve y muy rápida pero a la vez llena de felicidad junto a mis dos hermanas, Rosita y Sole, menores que yo, aunque no siempre fui el hermano mayor. Otros dos hermanos varones habían nacido con anterioridad, pero las enfermedades se los llevaron demasiado pronto. La falta de recursos hicieron que mis padres no pudieran darles una adecuada atención sanitaria. La mortalidad infantil era algo normal que se sobrellevaba en los humildes hogares como una especie de suerte aleatoria que provocaba que, incluso no se inscribiese a los chiquillos en el registro hasta pasado un buen tiempo desde su nacimiento. Las madres sabían, por experiencias ajenas o propias, que era mal asunto cogerle cariño a la criatura, que el destino divino podía arrebatarte por una repentina fiebre alta, por unas toses de origen desconocido o por algún mal sin nombre, a esa pequeña vida. Realmente siempre me sorprendió la entereza y ausencia de luto en estos casos, era como si la maternidad y paternidad fuese a prueba, una oportunidad tan frágil que se era muy consciente del permanente riesgo y de que la vida real no tenía más remedio que seguir adelante.

Quizá esas circunstancias hicieron que yo tomase el papel de hombre de la casa, al tener mi padre su enfermedad, haber sobrevivido siendo el único varón y ser el que velaba por mis hermanas más pequeñas. El trabajo que yo hacía era imprescindible para sostener la economía de la familia, tenía claro que sin formación ni otra cualificación profesional específica mi lugar estaba en la obra, un sitio que necesitaba siempre de fuertes jóvenes para levantar tantos bloques y pisos que se estaban comenzando en La Virgencica, Cartuja, el Camino de Ronda, la Chana… etc.

Las cuadrillas cambiaban cada poco y eso me permitía ir conociendo cada vez a un mayor número de trabajadores de mi pueblo, Maracena y también de los pueblos vecinos. Solíamos compartir al final de la jornada un chato de vino en la taberna, o quedábamos en fin de semana con las respectivas novias para ir a ver escaparates a Granada o bien hacer barbacoa dominguera en lugares campestres como el pantano del Cubillas.

Al principio los temas de conversación versaban sobre nuestras aficiones más comunes, como el fútbol, las motos y coches, en ocasiones sobre amores y desamores, casi siempre en tono jocoso y superficial. Sólo al transcurrir de bastante tiempo y a través de discretos comentarios de unos pocos compañeros empecé a oír hablar de los representantes que teníamos en el sindicato, de las penosas condiciones laborales a las que nos enfrentábamos cada lunes al ir a trabajar, de los conflictos que se produjeron en otras ciudades cercanas como Sevilla y el Puerto de Santa María, en definitiva, de política.

Me daba cuenta de que tenían toda la razón cuando se quejaban de los horarios interminables, de que nos contrataban de viva voz sin un papel de por medio, de que no teníamos protección social alguna, de que el destajo provocaba no pocos accidentes laborales, de que el salario que nos daban no estaba proporcionado a nuestro esfuerzo ni era suficiente para afrontar los gastos de la vida. Condiciones que todos conocíamos de sobra pero que los patrones de la construcción imponían con la típica frase de “esto es lo que hay, si no te interesa, ya vendrá otro que lo hará”.

Sobre el mes de noviembre mi amigo Juan, que estaba en una cuadrilla construyendo las viviendas sociales de Cartuja, me refirió atónito como casi cuatrocientos trabajadores se habían reunido, primero en la iglesia del barrio de la Virgencica y luego en la Central Lechera. Tenían el propósito de crear una plataforma para negociar un convenio de la construcción. Él desconocía de quienes o cómo había surgido esa propuesta, pero me alentaba con ilusión a acompañarle a las siguientes reuniones que hubiese:

“Antoñito, que estos compañeros quieren lo que nosotros queremos, acabar con tantos problemas que tenemos en el tajo, que nos paguen mejor y que levantemos cabeza! A ver si se le bajan los humos a los patrones, que ya les falta ponernos el pie en el pescuezo.”

Incluso me decía que había un cura que los apoyaba, que estaba con los trabajadores y que se llamaba como yo. A mí todo aquello me parecían exageraciones: cómo era posible juntar a tanta gente, cómo lo iba a permitir la policía que aparecía en cuanto quedábamos más de cuatro, quién se atrevía a dejar una nave, un local o un sitio para reunirse, parecía un relato fantasioso.

Muchas preguntas me surgieron que solamente fui capaz de ir despejando cuando, a principios de año, mi amigo Juan me presentó a varios compañeros que eran del sindicato Comisiones Obreras, militantes clandestinos del PCE y cristianos de la HOAC, todos ellos participantes en la plataforma negociadora que, en aquellos momentos, lanzaba una especie de encuesta entre los trabajadores para redactar un borrador de convenio y presentarlo a unos empresarios que hasta el momento se habían mostrado reacios al dialogo y firmes en sus posiciones de poder.

Hablábamos de que la situación tenía que dar un cambio drástico, la dictadura de Franco estaba ya mostrando signos de agotamiento, tanto ostracismo y represión aislaba a nuestro país de los vecinos europeos, pero en Granada la clase dirigente y empresarial parecía estar de espaldas a los vientos de apertura que llegaban a otras zonas de España. Esa actitud cerril y retrógrada hacía que la lucha por un convenio colectivo no pudiera avanzar.

En primavera llegó a mis oídos que se estaba preparando una acción reivindicativa, una llamada de atención a la sociedad granadina para que fuese tomando conciencia de la falta de libertad y de democracia. Lo que no me esperaba era que el día elegido sería justo el jueves santo, el día en que sale en procesión la patrona de la ciudad, la Virgen de las Angustias. La semana santa se vio plagada de octavillas en las calles y también, por desgracia, de detenciones de jóvenes comunistas que las repartían aprovechando la masiva afluencia de gente a los actos religiosos.

Más tarde nos enteramos que lo estaban pasando mal en las comisarías y calabozos y que, ya fuesen mayores o menores de edad, los mandaron a la cárcel en la que permanecían detenidos a la espera de que el Tribunal de Orden Público los juzgase por delitos de asociación ilícita y propaganda ilegales.

Estos hechos no desanimaron a los principales líderes sindicalistas y políticos de la izquierda para seguir presionando a favor de un convenio sino que, muy al contrario, aquellos que no estábamos implicados ni militando directamente, tuvimos clara la idea de secundar las propuestas que vendrían para defender nuestros derechos. Vimos con nuestros propios ojos que los compañeros estaban pagando con su libertad, su trabajo y el sufrimiento de sus familias aquella lucha obrera. No era posible dejarlos a su suerte ni defraudar la causa.

Así llegó el mes de junio y en el edificio de los sindicatos, en la Avenida Calvo Sotelo, muchos fuimos acercándonos a las reuniones informativas convocadas por Comisiones Obreras. A principios de julio llegábamos al millar de albañiles y, aunque las pretensiones iniciales de los trabajadores se fueron rebajando con la idea de llegar a algún acuerdo, la patronal no se movía ni un ápice. Yo no podía entender cómo aquellos ricos y acomodados señores que se había hecho de oro con la expansión urbana de la ciudad, con tantísima nueva vivienda, no quisieran repartir nada de la gran tarta y seguir pagando sueldos de miseria. Los ánimos estaban muy caldeados.

Avisaron de una próxima reunión para el día 20 de julio ya que otra prevista cuatro días antes se tuvo que retrasar. En las escaleras del edificio de los sindicatos, en el bulevar y alrededores, cientos de compañeros esperábamos alguna respuesta de nuestros representantes sindicales. Creía que alguna cesión, aunque fuese mínima, hubiesen podido arañar en el seno de la comisión negociadora. No obstante, al salir con serio semblante informaron: “no aceptan nada, las negociaciones se han roto”.

La decepción entre todos los congregados se tornó en un sentimiento de rabia e indignación. Unos se negaban a irse a sus casas y proponían permanecer allí mismo concentrados hasta que se encontrase una solución, otros empezaban a gritar con fuerza: ¡Huelga! ¡Huelga! ¡Huelga!

Fueron momentos de confusión y nerviosismo. Se realizó una votación a mano alzada. Al día siguiente, 21 de julio, comenzaría la huelga de la construcción en Granada. Una decisión de la gran mayoría que yo pensé que era la única vía para desbloquear la situación. Agotados estábamos de que no se nos escuchara, cansados de que se ninguneara a todo un sector de la producción de la provincia. Sentí un pálpito extraño en el pecho, una sensación nueva. Tenía en parte un poco de miedo a lo desconocido y a la vez, unas ganas tremendas de que llegase el siguiente amanecer, acudir a la ciudad para hacer piña con los compañeros, parar todas las obras y gritar por fin: Basta ya!

Necesitaba airearme así que cogí mi Montesa a pesar de que hacía ya bastante de la puesta de sol y me dirigí a Atarfe por los caminos de la vega con la luna llena como acompañante. Allí pensaba aprovechar un descuido de sus padres y ver a mi novia Lucy a quien quería contarle lo que había pasado y hacerla partícipe de la emoción que me abrumaba por lo que vendría al día siguiente. La verdad es que en el poco rato que estuvimos juntos me olvidé de muchos detalles que hubiese deseado decirle y como siempre, me quedé absorto con su simple presencia, era tan guapa y tan especial que cogiendo su mano, acariciando su suave piel y mirando aquellos ojos profundos y oscuros…casi ni hablamos y nos despedimos pasada la media noche.

Ahora ya ha llegado el momento. Es martes, 21 de julio, el día señalado. Subo hacia el camino de Albolote para coger el tranvía bien temprano con la fresquita, recogiendo por las calles a otros muchachos que también están inquietos, que hablan mucho y rápido, que están tan excitados como yo. Meto mi mano en el bolsillo del pantalón y me doy cuenta de que me he dejado la cartera encima del aparador de la cocinilla. No es cuestión de volverse, con unas cuantas monedas sueltas que noto al tacto me sobra para pagar el billete de ida, para la vuelta ya me apañaré con algún amigo en su moto o coche. También palpo el llavero, una miniatura en cristal de una botella de gaseosa, por lo que sigo subiendo por las calles cuesta arriba.

Durante el bamboleante trayecto en el tranvía empieza a subir la temperatura. Hoy creo que tiene pinta de ser una jornada como la de ayer, de asfixiante calor; quizá ese sofoco también venga provocado por atisbar a lo lejos nuestra parada e ir viendo que ya hay numerosos grupos de albañiles repartidos por todo el ancho del bulevar. Allí han logrado aparcar sus motillos y sus bicicletas, algunos van con el mono de la obra, la mayoría en mangas de camisa y todos con cara de expectación, levantando la mirada hacia la entrada del edifico de los sindicatos, la Central Nacional Sindical. Somos multitud, miles y miles.

De boca a boca se corre la consigna de que vamos a ir en piquete hacia el Camino de Ronda dónde por lo visto hay obras que no han parado aún y se las vamos a hacer parar, estamos de huelga, que demonios. De repente quedamos bloqueados, la policía se cruza en nuestra trayectoria entre la Facultad de Ciencias y el Instituto Padre Manjón y, ante la determinación de continuar con la marcha, carga contra los compañeros que van en primera fila. Escucho gritos, palabras que no logro distinguir, veo algunos brazos lanzando piedras, oigo golpes secos: retrocedemos hacia el punto de partida.

El pulso lo tengo muy acelerado y me arden las mejillas, es una situación extraña que me asusta pero a la vez me da fuerza, una potente fuerza que sale desde el estómago y transmite tensión a cada músculo y nervio de mi cuerpo. No parece que vaya andando, las piernas me llevan solas, liviano, jaleado el ánimo con el roce de tantos cuerpos y las voces de tantas gargantas, todos a una.

De nuevo estamos como al inicio, frente a la Central Nacional Sindical. Se escucha un mensaje por megáfono desde lo alto de la escalinata que recomienda que nos disolvamos. El clamor de los albañiles es claro de entender, de irnos ni hablar. Los integrantes de la comisión negociadora vuelven a entrar al edificio y esperamos.

Pasa el tiempo y estamos confusos, no queremos que este esfuerzo colectivo quede en una rendición, hay que seguir con la huelga. La policía cada vez está más inquieta y los albañiles que están a mi lado dicen algo sobre unos toques de corneta…no sé si escucho una especie de pitido. Siento una fuerte sacudida y caigo al suelo. Intento levantarme pero un repentino dolor me hace llevarme la mano al costado y me deja inmóvil. Estalla una estampida humana, me pisan, me golpean, me arrollan. Pasan unos segundos, me quedo solo y miro mi mano que está mojada y roja, es mi propia sangre. Me doy cuenta de que debo haber recibido un disparo. No entiendo nada, no he visto ningún arma, no he visto a ningún gris cerca, estaba rodeado de compañeros, creo que me han disparado desde arriba, desde alguna azotea o balcón. De repente aúllo de dolor cuando unos fuertes brazos me cogen y tiran de mí hacia arriba para ponerme en pie. No puedo, mi cuerpo no responde y me mareo, cierro los ojos pero veo unas luces verdes y rojas que van cambiando de intensidad, dejo de oír y todo se va volviendo negro.

Abro los ojos y ya no me duele nada, tengo una gran sensación de cansancio y también mucho frío. Sentado en una incómoda silla compruebo que a mi lado derecho no hay nadie, tampoco a mi izquierdo. No estoy en la calle ¿dónde estoy? La luz es tan fuerte que tengo que entornar los párpados, estoy rodeado de paredes blancas que tienen un friso de madera a un metro del suelo de granito, oigo lejanas sirenas de ambulancias, pasos apresurados por pasillos cercanos y puertas que se cierran de golpe. Creo que debo estar en el Clínico, huele a sala de hospital. Por un acto reflejo me llevo la mano al pantalón, palpo por encima la forma de una pequeña botella. No he perdido las llaves, en cuanto me atiendan los médicos podré volver a casa. Mis padres y mis hermanas se van a preocupar si no aviso que llegaré tarde…vuelvo a intentar echar un vistazo a mi alrededor y avisar a alguien pero no veo bien, parece que esas luces se están yendo.

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NOTA: Este relato quiere ser un pequeño reconocimiento a todos los trabajadores que participaron en la Huelga de la Construcción de Granada en 1970. A los fallecidos, heridos, represaliados y tantos otros que sufrieron sus terribles consecuencias. Aunque yo no había nacido cuando la policía franquista asesinó a mi tío materno y protagonista del relato, Antonio Huertas Remigio, he intentado imaginar cómo fueron esos meses previos a la huelga y el día de los trágicos sucesos para un muchacho de tan sólo 21 años teniendo en cuenta su entorno familiar, numerosos libros, reseñas, artículos publicados sobre el tema y el testimonio de camaradas que sobrevivieron. Tito, me habría encantado conocerte.

Publicado en el Nº 330 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2019

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