Director de la Escuela de Trabajo de CCOOJoan Coscubiela: “Los nacionalismos español y catalán expulsan del debate político el conflicto social y la lucha de clases” “Las leyes de desconexión de 2017 fueron un intento clarísimo de construir una sociedad escasamente democrática y muy autoritaria en sus formas”.

J.M. Mariscal Cifuentes. Director de Mundo Obrero 26/11/2019

MUNDO OBRERO: Tú que conoces bien el llamado conflicto catalán, ¿nos podrías explicar cómo hemos llegado hasta aquí?
JOAN COSCUBIELA:
El movimiento independentista en Cataluña es de una fuerte complejidad y lo peor que se puede hacer es analizarlo de manera simplista. Cuenta con factores históricos muy profundos, relacionados con la dificultad de encaje de Cataluña como nación en España, a los que se añade el agotamiento, que no quiere decir fracaso, del modelo autonómico, algo que no solamente afecta a Cataluña. También cuenta con elementos desencadenantes, que son diversos, como el fracaso de la iniciativa del Estatuto de Autonomía en Cataluña, o con elementos más globales, como es una crisis profunda de legitimidad del sistema democrático, así como la crisis y el impacto que tiene en la gente. De la misma manera que en algunos otros sitios se canalizó a través de lo que se ha llamado el 15M, en Cataluña se hizo a través del movimiento independentista, lo que Marina Subirats llama “utopía disponible”, que cuenta con un gran apoyo social y cuya composición es muy compleja. Fundamentalmente se basa en capas medias, es un movimiento de la mesocracia catalana que, a diferencia de otros momentos, no es una mesocracia comercial, sino que tiene más que ver ahora con la función pública, pero sin duda tiene una enorme diversidad, tanto de ascendencia social, cómo generacional o territorial, con una presencia muy distinta en función de clases sociales y también del territorio. Ese es el resumen del diagnóstico de partida, luego la cosa se ha ido a complicando, y al no encontrar una solución, en estos momentos el conflicto ya es eso que los médicos llaman un shock multi-patológico.

M.O.: Me llama mucho la atención el debate sobre la soberanía. Llevamos años hablando de Maastricht, la UE, el euro, la capacidad normativa real de los parlamentos, la distancia entre poder y gobierno y, sin embargo, en un proceso en el cual se utiliza el adjetivo “soberanista” no encuentro nada de eso.
J.C.:
El debate de la soberanía planteando desde el movimiento independentista en Cataluña pone de manifiesto que se trata de la expresión local de una crisis global. El concepto de soberanía ha tenido que ver con el Estado-Nación y con la sociedad industrialista de mercados económicos cerrados, y eso ha saltado por los aires con todos los procesos de globalización y el impacto que ha supuesto en todas las instituciones del Estado-nación. Se trata de una crisis global de la soberanía, que está provocando reacciones de carácter muy distinto, procesos de cerramiento, de volver al útero del Estado-nación, procesos de nacionalismo de Estado como lo que se están produciendo en Hungría y en Polonia, donde los nacionalistas que hoy gobiernan, no sólo reafirman su identidad nacional, sino que ven a Europa como un obstáculo a su régimen autoritario. Las estructuras institucionales que creamos durante dos siglos no están funcionando para gobernar la economía, que es uno de los factores que provoca desigualdad social en Europa y en el mundo, y eso produce reacciones defensivas en los estados. En Cataluña se expresa de una manera curiosa, ya que el planteamiento independentista es querer conseguir en el siglo XXI aquello que no pudo ser en el XIX ni en el XX, es decir, el reconocimiento del Estado ignorando, no solo la globalización, sino una cosa muy importante: En los planteamientos económicos del independentismo se ignora el papel brutal que está teniendo la economía y el mercado como verdaderos reguladores de facto de las relaciones sociales, de la deuda social y de la política económica, por ejemplo, mientras Europa se niega a que los temas laborales formen parte de la capacidad de las instituciones europeas para regularlos de manera armonizada, no hay inconveniente en que esa armonización se produzca a través del mercado y el diseño impuesto por el mercado financiero. Eso es lo que, incomprensiblemente, ignora el independentismo.

M.O.: Pero el independentismo, como sueles insistir, no es un bloque monolítico, aunque esté gente como Torra al frente del gobierno catalán.
J.C.:
Como ya he dicho, el independentismo es muy diverso dentro de sí. No hace falta que dejé claro que para mí es una aspiración absolutamente legítima, aunque yo no la comparto. El intento de demonización y criminalización de una ideas legítimas me parece muy grave en el estatus democrático. En esa diversidad, sin duda existe el componente supremacista que expresan Torra y otra gente, y si se analiza un poco lo que está pasando en Cataluña se verá clarísimamente que, en estos momentos, está produciéndose un proceso de clara confrontación interna, dónde aparece una derecha, incluso una extrema derecha independentista, que es la que puede expresar Torra, pero existen también sectores más progresistas. Esto es importante, yo siempre intento hacer pedagogía cuando hablo, como ahora, para el conjunto de España, creo que a veces se tienen visiones muy simplificadas del independentismo.

M.O.: ¿Qué similitudes existen entre el nacionalismo español y el catalán?
J.C.:
Hay un elemento común al nacionalismo español y al catalán que es la voluntad clara de expulsar del debate político el conflicto social, la lucha de clases, a lo cual ha ayudado el hecho de que el conflicto social y el factor trabajo, como elemento articulador de una sociedad, haya dejado de ser prioritario para buena parte de la izquierda. En el caso de la socialdemocracia es muy evidente, su visión del trabajo es subalterna de los planteamientos neoliberales, pero en el caso de lo que se viene a llamar “nueva política” eso también es muy evidente. El factor trabajo ha desaparecido como categoría política de su discurso, se habla de la gente, de los movimientos sociales, pero el trabajo y el sindicalismo no aparecen por ningún lado. Digo eso porque si el nacionalismo ha podido tener esa hegemonía ideológica es porque lo que ha articulado el conflicto en el siglo XX, que es el conflicto social, ha perdido protagonismo. Eso es una responsabilidad global del conjunto de la izquierda. No me gusta analizar esto en términos judeocristianos, de culpa, sino en términos marxistas, es decir, que hay bases materiales. La globalización supone un desequilibrio de poder entre el capital y el trabajo, y eso se tenía que notar de alguna manera, y la reacción ante eso es el nacionalismo, y existe una parte de responsabilidad de la izquierda, de las izquierdas en su conjunto a nivel español y a nivel europeo, los procesos de primacía del nacionalismo no son específicos de Cataluña, ni de España. En ese sentido el nacionalismo catalán y el español se parecen bastante, incluso en el intento de imponer su concepción de la sociedad al conjunto del país. En la legislatura 2011-2015 vivimos unos procesos de retroceso autoritario, con el Código Penal, que por cierto apoyó CiU, la ley mordaza, etc, y ese mismo sentimiento autoritario es el que puso en marcha el movimiento independentista. Un ejemplo claro son las famosas leyes de desconexión de 2017, un intento clarísimo de construir una sociedad escasamente democrática, muy autoritaria en sus formas y en la división de poderes.

M.O.: ¿Qué parte de responsabilidad tienen entonces las izquierdas en el conflicto político catalán?
J.C.:
No haber tenido la suficiente fuerza como para dejarse ganar la hegemonía ideológica del conflicto nacional por encima del conflicto social, la responsabilidad es la que va pareja con haber perdido la batalla ideológica sabiendo, insisto, que no es una batalla que se haya perdido solo en Cataluña, sino a nivel general. Pero hay otra cosa que yo añadiría aquí, y es la habilidad del movimiento independentista para plantear sus objetivos en términos, llamémosle, de ruptura democrática. Cuando el independentismo plantea el tema del proceso constituyente, el “abajo el régimen del 78” y no sé qué más, consigue, curiosamente, aliados en la izquierda española, algo, desde mi punto de vista, bastante incomprensible, porque el enfoque de lo que supuso la Transición y la Constitución del 78 para la izquierda española no tiene nada que ver con el planteamiento que está haciendo el independentismo en Cataluña. Dicho esto, yo he sido protagonista y, por lo tanto debo tratar de ser prudente, refiriéndome a dos aspectos. En primer lugar, creo que a veces se ha producido un fenómeno de exceso de tacticismo por parte de los nuevos espacios políticos en Cataluña, porque yo, que soy orgullosamente equidistante, y me niego a formar parte del bloque nacionalista catalán o del español, creo que una cosa es la equidistancia y otra no tener criterio, o tener criterio, pero en función de por dónde sopla el viento. Y en segundo lugar, posiblemente el independentismo ha sido capaz de acomplejar a una parte de la izquierda catalana con un argumento claro, o estás conmigo o eres anti-demócrata, y eso ha tenido también alguna ayuda por parte de alguna parte de la izquierda española, me parece que me explico claramente.

M.O.: Y llegados a este punto, ¿Qué solución tiene esto?
J.C.:
Mi opinión en estos momentos es que en el conflicto catalán, ni a corto ni a medio plazo, y el medio plazo es muy largo, hay solución. Las soluciones que, en su momento, teóricamente pudieron existir, el referéndum consultivo convocado por el Estado en Cataluña, y si hiciera falta después una reforma constitucional, que votasen todos los españoles, ha quedado maltrecha después de la fuga hacia ninguna parte del independentismo y la reforma Federal de la Constitución, también. Entre otras cosas porque la Constitución, que es, en cuanto a su contenido, un texto muy abierto, muy elástico, que permite muchas cosas, hasta legislar la propiedad por parte de los trabajadores de los medios de producción en su artículo 129, imagínate si está abierta. Digo que, desde la perspectiva de su reforma es, sin embargo, profundamente rígida. En su momento, el miedo histórico al fracaso y brevedad histórica que habían tenido siempre todas las Constituciones anteriores, llevó a que, después de lo que costó el pacto constitucional, se establecieran unos requisitos de reforma profundamente rígidos y por lo tanto, en estos momentos, es prácticamente imposible de asumir, por sobre todo por la posición carpetovetónica de la derecha española. Por lo tanto, mientras no hay una solución, buscar una salida y esa salida necesariamente pasa, a mí entender, por destensar el ambiente, por buscar espacios de diálogo.

M.O.: La propuesta federal nos parece, a muchos y muchas, la única salida.
J.C.:
El conflicto catalán ha tapado otro mucho más profundo, más amplio, que es el agotamiento del Estado autonómico. Aunque no hubiera existido el conflicto catalán, abordar el Estado autonómico era imprescindible porque, como pasa con otras cosas, también en política los materiales se desgastan, y cuarenta y tantos años después, el Estado autonómico sufre elementos de desgaste. La falta de un proyecto político por parte del conjunto de las fuerzas políticas y la manera en la que se ha producido el conflicto en Cataluña, también dificultan abordar el asunto de las reformas estatutarias, pero hay que abordarlo y, desde mi perspectiva, la propuesta Federal es la propuesta que lo podría resolver. Pero no quiero engañar a nadie, esto es muy complicado, establecer una estructura federal con 17 unidades políticas simétricas entre sí, no sé si es viable. ¿Cómo haces para acompasar la voluntad de autogobierno que se produce en Cataluña, donde el 46% quiere la independencia con lo que se produce en Castilla y León, dónde las encuestas del CIS detectan que una parte muy importante, mayoritaria, de la sociedad de Castilla y León responde que lo que quiere es volver al Estado central, sin comunidades autónomas? ¿Cómo gobiernas un Estado federal con esas voluntades de autogobierno tan diversas, sin establecer un mecanismo de federalismo asimétrico? Efectivamente eso, en estos momentos, no parece viable, pero, sobre todo por las dificultades de articular una reforma constitucional.

M.O.: Y con el fraccionamiento del parlamento elegido el 10N, no parece que sea más fácil.
J.C.: Estas elecciones ponen de manifiesto una cosa que es mucho más profunda, la evidente debilidad del Estado español para ser asumido y para aunar el sentimiento de las realidades tan diversas que se dan en España, es decir, el Estado español ha sido siempre un Estado débil, no ha sido capaz de vincularse emocionalmente con la gente, en los últimos 200 años con unos tintes autoritarios muy importantes, con una incapacidad de vincular emocionalmente a las distintas realidades nacionales que se dan en su seno, y eso se está viendo en estos momentos. Fíjate si es débil que no es capaz de dar respuesta a las demandas programáticas de Teruel. España debe ser el país del mundo con más partidos de matriz territorial en su parlamento. Un Estado en el que cada vez hay más gente que ha roto su consentimiento con él. Y quiero aprovechar para comentar una cosa, hay gente que en el problema de Cataluña sólo tiene una solución, que se aplique la ley. Cuando tú tienes un 47% de la ciudadanía que ha roto su consentimiento, su vínculo emocional con el Estado español, eso no se resuelve sólo con ley, hace falta además de ley, política.

M.O.: Para terminar, ¿qué consejo le darías al próximo gobierno para hacer política en Cataluña?
J.C.:
Consejos, ninguno. Esperanza, una, que la propuesta de coalición, con la cual yo me siento muy feliz, sea fruto de una reflexión profunda y estratégica sobre el carácter absolutamente imprescindible de cooperación entre las izquierdas, porque se quiere avanzar en las políticas de progreso, y no sea por lo tanto fruto de movimientos tácticos. Si es fruto de lo primero, de la reflexión y la estrategia, creo que podemos tener un gobierno muy sólido. La fragmentación política, que se da también en todo el mundo, como expresión de la impotencia de la política para resolver los problemas sociales de la gente y de la crisis de la democracia hace que en España no sea posible hacer avanzar las políticas de progreso, si no es a partir de una cooperación muy fuerte y estratégica entre las izquierdas. Pero si es fruto de uno más de los movimientos tácticos en el que en estos momentos está instalada la política por doquier, me temo que sufriremos mucho.

Publicado en el Nº 330 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2019

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