Clave de sol

Las luchas ecologistas terminan poniendo encima de la mesa la discusión sobre las formas de propiedadGreta, Marx y la Tierra A pesar de que el ecologismo corra el riesgo de ser absorbido por el capitalismo y convertido en una mercancía más, es un arma muy poderosa que implica la impugnación del sistema económico.

Sol Sánchez Maroto 29/11/2019

A veces las cosas no salen como las habíamos planeado, es más; casi nunca lo hacen.

Desde nuestra perspectiva vemos tan claro que la precarización de toda una generación, la falta de trabajo digno, la imposibilidad de acceso a una vivienda para poder desarrollar un proyecto de vida propio, las barreras a continuar la formación académica con subidas exponenciales de matrículas, tasas, ciclos de máster y el práctico exterminio de las becas, y un largo suma y sigue de derechos robados y expectativas cercenadas son motivos más que suficientes para levantar una rebelión juvenil contra el sistema que los causa. Y sin embargo de momento no ha sido así, movilizaciones y reivindicaciones sí, pero inconexas y puntuales.

Y de repente una ola de gente joven se pone de acuerdo para manifestarse en todo el mundo contra el cambio climático, convirtiéndose en lo que a todas luces parece un fenómeno global. Para más inri, una más que sospechosa niña sueca de 16 años se erige en icono del movimiento y es paseada por platós de televisión, convenciones internacionales e incluso por la ONU, trocada en objeto de consumo de masas en tan solo unos meses, y con todas las papeletas de convertirse en una muñeca rota en unos años. Algo que tampoco debería sorprender a nadie que tenga conciencia de cómo el sistema capitalista convierte en producto cualquier cosa. No pocas veces durante movilizaciones importantes, hasta la publicidad hacía guiños a las proclamas de la calle para vendernos el último modelo de coche o de pantalones vaqueros.

El capitalismo tiene estas cosas, y es evidente que hay un cierto ecologismo pop que compone una buena campaña de marketing dándole una pátina verde al capitalismo de siempre, las líneas sostenibles y verdes de Iberdrola o Enel, ese que pivota la culpa en los consumidores, deslizando la idea de que las soluciones a los problemas medioambientales procederán de decisiones individuales, y de cambios en costumbres particulares.

La culpa es tuya, pobre desgraciado que no tienes dinero para comprar un coche no contaminante, y encima vienes cada día de Parla al centro de Madrid, porque es en el único lugar en el que podías acceder a una vivienda a un precio que -si no asequible- al menos te permite comer casi todo el mes…

No, este ecologismo no promete nada bueno, más bien todo lo contrario. Pero ¿es esto todo lo que hay? De hecho ¿es siquiera mayoritario? Y otra vez la respuesta es no.

La lucha contra el cambio climático implica la impugnación del actual sistema económico, trasciende fronteras y por tanto lleva el germen de la solidaridad de los pueblos que nuestra tradición llama internacionalismo, e inevitablemente, las luchas ecologistas terminan poniendo encima de la mesa la discusión sobre las formas de propiedad. Así que a pesar de que como todas las cosas bajo el capitalismo, el ecologismo corra el riesgo de ser absorbido y convertido en una mercancía más, seríamos unos irresponsables si ignorásemos que es un arma muy poderosa, y puede serlo aún mucho más con lo incontestable de aquel que lucha por la vida ¿Acaso hay algo más material?

Y si el propio Marx indica literalmente en El Capital que el socialismo está destinado a establecer la viabilidad ecológica de nuestra especie, y no pocas veces utilizó el término metabolismo -concepto hoy central para el ecologismo- amén de que la riqueza para él, además obviamente de del trabajo, procedía de la propia tierra… Poco más hay que decir, y mucho, muchísimo nos queda por hacer.

Publicado en el Nº 329 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2019

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