Ni dios ni amo

En el Parlamento se ponen parches, se logran pequeños avances paro ahí no se derrota a quien ha declarado la guerra a la HumanidadPactos

Benito Rabal 29/11/2019

No quisiera resultar pesado, pero insisto de nuevo en la frase de Emma Goldman: “Si el voto sirviera para algo, estaría prohibido”, la cual no se refiere al beneficio de la abstención generalizada, sino a que la Revolución no se hace a través de la democracia burguesa, sino en las barricadas, con la lucha diaria. Y eso es algo que, a veces, deberían de recordar nuestros representantes electos en esa especie de ejercicio de consolación que significan las urnas.

Y lo digo desde el hartazgo y un poco de vergüenza, al contemplar ese empeño estéril en asaltar los cielos desde un escaño del Parlamento. Ellos y ellas, jóvenes curtidos en asambleas, doctos doctores en las más diversas materias, gente de bien; solidarios, soñadores como hay que serlo, militantes de la esperanza, constructores de la bondad en un mundo futuro, deberían de saber que en el Parlamento no hay barricadas, por mucho que lo parezca.

En las barricadas no te hacen entrevistas, te parten la cara; sangras o mueres víctima de un disparo, no de un tuiter; te encarcelan sin consultarte; pasas hambre, que quiere decir pasar hambre, no quedarse sin comer o cenar; te escondes cuando hay que hacerlo; pones el pecho a las balas cuando hay que ponerlo.

En las barricadas te juegas la vida, el todo por el todo. En el Parlamento no, al menos aquí y ahora. Se ponen parches, se logran pequeños avances que hagan la vida algo más fácil. Y son importantes, por supuesto que sí. Pero ahí no se vence al enemigo. Ahí no se derrota a quien ha declarado la guerra a la Humanidad. Ahí, por así decirlo, se construyen treguas, porque eso es lo que son la subida del salario mínimo, las pensiones, la defensa de los servicios públicos…

Más vale estar que no estar. Pero no confundamos. Esto no es un capítulo de “Juego de Tronos”. Menos aún en un país como este nuestro, donde la incultura campa a sus anchas, los arcaicos rituales religiosos o la monarquía ni se cuestionan y los iconos sociales se escogen entre el esperpento, atendiendo más a la abultada billetera que a su conducta ejemplar. A lo largo de cientos de años, al menos desde los genocidas Reyes Católicos y salvando escasos periodos de nuestra historia, el empeño en convertir España en un páramo de incultura ha surtido efecto. Eso es lo que hay y los dirigentes políticos tienen que ser conscientes de ello. También que el voto, desgraciadamente, puede decidirlo una machacona presencia en los medios de comunicación o un aluvión de bulos dejados caer en las redes sociales y no solo el acertado discurso político.

Así que pisemos la tierra. Sin empecinamientos. Conociendo la fuerza de aquellos a quienes combatimos. No quiero decir conformarse, sino saber cuál es el campo de batalla en donde luchamos.

Tal vez parezcan cosas de viejo. Empiezo a serlo. Pero que quede claro. Si se trata de dar por cerrado el juego y echarnos al monte, yo vuelvo a echarme. Eso sí, nos echamos, sin medias tintas y sin tuiter.

Publicado en el Nº 329 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2019

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