Ni dios ni amo

Navidad

Benito Rabal 23/12/2019

Pero en manos de quién estamos…? Esta mañana me he levantado con la expresión escapándoseme de los labios, indignado. Bien que a mí, hombre del sur al fin y al cabo, esto del frío y los días sin sol me afectan, pero a mi enfado ayuda la dejadez de tantos y tantos gobernantes, quienes, tras un par de semanitas de cháchara y gin tonics, han concluido la cumbre sobre el cambio climático en una suerte de anuncio publicitario de Iberdrola, Repsol y otras bandas de saqueadores.

No se trataba de que soltaran discursitos y lanzaran globitos de colores al aire, sino de que actuaran, que pusieran freno a tanto desmán, que, de una vez por todas, dejaran de culpar al ser humano de la destrucción del planeta y colocaran en el punto de mira al verdadero culpable, el capitalismo. Claro que, por otra parte, pretender que hubiera pasado lo contrario, era como de cuento de hadas. Al fin y al cabo, hemos puesto a los lobos a cuidar de los corderos.

Entonces uno sale a la calle y al poco cambio la expresión por la de, ¿pero qué manos son éstas que estrecho…? Me explico. Suele pasar que hablando de cualquier cosa con cualquier vecino, éste introduzca en la charla la frase hecha de "si dios quiere", a lo que uno suele responder, "y si no quiere también", dejando claro que su dios nada tiene que ver conmigo y por lo tanto, igual que respeto sus creencias, debería él respetar las mías.

Pero no es así y la frase de marras se introduce varias veces hasta que le contesto, "¿dios…? ¡dios no existe…!", tras lo cual, y, a veces con suerte, a modo de disculpa, el vecino en cuestión justifica su divina insistencia asegurando que se trata de un modo de decir, algo que pertenece a la costumbre y no a la creencia. Y así, según su punto de vista, introduciendo la falta de respeto en el territorio de lo acostumbrado, todos tan contentos.

Igualmente, cada año desde hace muchos, llegadas estas fechas, me he tenido que acercar al colegio de mis hijos para intentar que no monten el belén o al menos solicitarles que, dado que inevitablemente van a cantar villancicos, éstos no tengan contenido religioso, explicándoles que van a la escuela a aprender la razón y no la fe, algo que jamás pertenece a la colectividad sino a lo estrictamente particular. Pero no hay manera. Siempre choco con el mismo muro, el muro de la costumbre.
La machacona repetición de una mentira, cuyo único fin es introducir el miedo en la mente de nuestros hijos, ha acabado por convertirse en costumbre y no por haberla ejercido durante siglos debe mantenerse.

De nada vale ese pretendido respeto a las creencias que figura en la Constitución, mientras los hábitos y símbolos de la religión -¡esa patología de la psique!- sigan presentes. Que la educación religiosa debe desaparecer de los colegios es algo que ninguna persona con un mínimo de entendimiento y auténtico sentido democrático debería rechazar. Ni siquiera la pretendida asignatura de Historia de las Religiones. Si al menos se tratara de mostrar a nuestros jóvenes lo que han hecho las religiones a lo largo de la historia, quiero decir, las torturas, la ablación, las amputaciones de manos y otros miembros, el genocidio, las guerras o las lapidaciones, entonces tendría un pase, pero no, se pretende enseñar aquello que ya está incluido en materias como la literatura o la historia, pero desde un punto de vista que otorga a las creencias una base científica en aras de la costumbre.
La educación religiosa en las escuelas -sea la que sea y de la manera que sea- es, como ha pasado en la Cumbre Climática, meter el lobo entre los corderos. Es reivindicar y mostrar, ante las tiernas y despiertas mentes de nuestros hijos, el pensamiento reaccionario, que prima la obediencia frente a la inteligencia; la sumisión, frente a la libertad. Y si la costumbre colabora con ello, mejor que deje de serlo. Así que lo dicho, ¿Feliz Navidad…? ¡Y una mierda!

Publicado en el Nº 331 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2019 - ene 2020

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