Las movilizaciones populares logran abrir un proceso constituyenteJaque al modelo neoliberal en Chile Chile sufre un modelo neoliberal extremo. El coste de la vida es similar al de España, pero la mitad de los trabajadores ganan menos de 500 euros, las pensiones son irrisorias y la salud pública muy precaria. Mientras, el 1% acapara el 30% de la riqueza.

Mario Amorós. Historiador y periodista. Su último libro es Pinochet. Biografía militar y política. 02/01/2020

En 2022 Chile tendrá, por primera vez en más de doscientos años de historia republicana, una Constitución elaborada y aprobada democráticamente. Este es el primer fruto de las masivas movilizaciones desarrolladas a lo largo de su angosta geografía desde mediados de octubre; las mayores desde 1988, cuando las fuerzas democráticas lograron derrotar a Augusto Pinochet en el plebiscito y abrir el camino para el relevo de la dictadura. Chile, presentado por sus elites como el modelo de estabilidad política y rigor económico para la región, exaltado como el “oasis” (según la expresión reciente del presidente Sebastián Piñera) de un subcontinente casi siempre azotado por las turbulencias, vive un momento histórico.

La razón de fondo de esta auténtica rebelión popular es el profundo malestar con el modelo neoliberal que el general Pinochet impuso, como un tratamiento de shock, a partir de abril de 1975 (con la asesoría de Milton Friedman y Arnold Harberger) y que desde 1990 asumieron todos los gobiernos democráticos, a excepción de la presidenta Michelle Bachelet, quien intentó introducir reformas estructurales, con el apoyo del Partido Comunista, en su segundo mandato (2014-2018).

El malestar ya se había expresado en las movilizaciones del pueblo mapuche desde los años 90, de los grupos ecologistas (en un país donde los recursos naturales son esquilmados por las transnacionales), de los estudiantes secundarios (2006) y universitarios (2011), del masivo “mayo feminista” de 2018, de los obreros portuarios, de los maestros o de los trabajadores de la minería del cobre, así como en el movimiento social de rechazo al sistema de pensiones privado (No + AFP). A pesar de la sensible reducción de la pobreza desde 1990, Chile es uno de los diez países más desiguales y esa brecha lacerante es la faz sumergida del iceberg, la arista del modelo neoliberal invisible para intelectuales como Mario Vargas Llosa, quien ha confesado su perplejidad ante lo sucedido en las últimas semanas.

Este modelo neoliberal extremo, horizonte utópico para la derecha política y económica de medio mundo, impone unos salarios muy reducidos, unas pensiones irrisorias, un sistema tributario absolutamente regresivo, la educación superior más cara de América Latina o una sanidad pública muy precaria. Así, en un país donde el coste de la vida es similar al de España, la mitad de los trabajadores tiene ingresos mensuales inferiores a 500 euros y el 80% de las familias debe endeudarse para llegar a fin de mes. Por el contrario, el 1% de los más ricos acapara el 30% de la riqueza y el 0,25% de los contribuyentes más acaudalados concentran un patrimonio financiero de 210.000 millones de dólares, el triple del presupuesto nacional. En definitiva, una vida precaria para las grandes mayorías y unos beneficios desorbitados para una minoría, que además controla los principales medios de comunicación y, por tanto, el debate en el espacio público. Y este modelo tan poco modélico se apoya en una Constitución, impuesta en 1980 por la dictadura y reformada en 1989 y 2005, que niega al Estado cualquier rol en la economía y le concede tan solo un carácter subsidiario.

En este contexto, una subida mínima del precio del billete de metro de Santiago de Chile fue la chispa que encendió la indignación social. La masividad de las protestas pacíficas y la aparición temprana, al mismo tiempo, de graves hechos de vandalismo y violencia irracional por parte de grupos cuya identidad y motivaciones se desconocen y que han causado cuantiosos daños sorprendieron al gobierno de Piñera.

A lo largo de estas semanas, la derecha chilena ha exhibido su adn autoritario. Se trata de una derecha refundada en la lucha contrarrevolucionaria contra el gobierno del presidente Salvador Allende, que apoyó el golpe de Estado, sustentó la dictadura y fue indiferente ante la represión de la izquierda, cuando no la alentó. Inicialmente, Piñera reaccionó con unas medidas desproporcionadas (declaración del estado de emergencia en la mayor parte del territorio nacional y, por tanto, cesión del control del país a los militares) y un discurso belicista (“estamos en guerra”, afirmó el 20 de octubre en un discurso por el que tuvo que pedir “perdón” dos días después) que fijarán su imagen en la Historia. Y días después su esposa, Cecilia Morel, confesaba a una amiga, en un mensaje de audio privado, que enfrentaban algo similar a una “invasión alienígena” y que ya no tendrían más remedio que “compartir nuestros privilegios”.

La brutalidad de la represión de las Fuerzas Armadas y del cuerpo de Carabineros ha ocasionado miles de personas detenidas y heridas; entre estas, por el tipo de armamento empleado, más de doscientas han perdido la visión en un ojo. Diferentes organismos internacionales, como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que dirige la expresidenta Bachelet, han expresado su preocupación por los hechos acontecidos, que incluyen casos de torturas y violencia sexual por parte de las fuerzas de seguridad, además de 22 personas muertas. En España, Unidas Podemos organizó el 6 de noviembre un acto solidario junto con la comunidad chilena en el Congreso de los Diputados, que contó con la participación de Gloria Elizo, Enrique Santiago, Baltasar Garzón y Joan Garcés.

Han sido millones los ciudadanos que han salido a las calles en movilizaciones masivas y pacíficas, llenas de alegría y esperanza, con un protagonismo notable de unas generaciones más jóvenes ajenas al miedo que durante tres lustros inoculó la dictadura, acompañadas por todas las banderas, desde la enseña del pueblo mapuche a las del movimiento obrero o la diversidad sexual. Y, de mil maneras, han vuelto a atronar bellas canciones de lucha, singularmente “El derecho de vivir en paz”, que Víctor Jara compusiera en homenaje a Ho Chi Minh y el combate heroico del pueblo vietnamita.

Ninguna de las medidas anunciadas por el presidente Piñera, apenas un tenue maquillaje del modelo neoliberal, lograron detener las movilizaciones, mientras crecía el clamor por su renuncia en tanto que máximo responsable de la represión. Finalmente, la derecha ha tenido que aceptar, en un acuerdo cupular alcanzado en la madrugada del 15 de noviembre en el Congreso Nacional, someter a plebiscito en abril la elaboración de una nueva Constitución a través dos instancias posibles (por una “convención constitucional” -integrada solo por personas elegidas para esta tarea- o por una “convención mixta”, compuesta por un 50% de diputados y senadores y un 50% de personas elegidas para ello) y comprometerse a votar a favor de esta iniciativa. Esta ha sido, de momento, la tabla de salvación para Piñera, un mandatario finiquitado políticamente cuando ni siquiera ha alcanzado el ecuador de su segundo mandato.

No obstante, la derecha ha logrado imponer un elevado quórum (dos tercios) en el apoyo mínimo exigido para la definición de cualquier contenido de la nueva Constitución; es decir, si en octubre de 2020 lograra un tercio de los representantes en el organismo finalmente encargado de elaborar la nueva Carta Magna, podrá neutralizar los contenidos más avanzados. A partir de entonces, el organismo constituyente tendrá entre nueve y doce meses para sus trabajos y el texto resultante será sometido a un nuevo plebiscito, con sufragio obligatorio, y posteriormente será ratificado por el Congreso Nacional.

Chile ha despertado, proclaman las infinitas voces de esta rebelión, que se expresa también en la celebración de numerosos cabildos ciudadanos donde se debaten los contornos de un nuevo país. La esperanza es que florezca un movimiento político y social amplio y unitario capaz de articular un programa para la superación del modelo neoliberal. No será sencillo: a lo largo de dos siglos de historia, la derecha chilena ha demostrado, cuando ha sido “necesario”, que sabe defender sus privilegios de clase. Pero Armando López Salinas solía decir que “el mañana no está escrito”. Nunca lo estuvo y el pueblo chileno nos lo ha demostrado con su conciencia y su valor.

---

PC de Chile: “Es un paso adelante”

El Partido Comunista, parte muy activa de esta rebelión popular desde la Mesa de Unidad Social, que agrupa a más de 200 organizaciones, decidió marginarse del acuerdo suscrito por once fuerzas políticas que abrió paso al proceso constituyente. La exclusión de los representantes de los movimientos sociales, por ejemplo de la Central Unitaria de Trabajadores, que en las últimas semanas ha convocado varias huelgas generales ampliamente seguidas, y la imposición de una minoría de bloqueo muy elevada justificaron esta decisión. No obstante, su presidente, el diputado Guillermo Teillier, ha resaltado la disposición de los comunistas a participar en el proceso constituyente y a intentar incrementar sus garantías: “Es un paso adelante innegable”. “La lucha no ha terminado, la lucha sigue. Esta tiene que darse en todos los ámbitos, también en lo referido a la situación de los trabajadores, los bajos salarios, las bajas pensiones, los problemas de la sanidad o de las personas mayores”.

Publicado en el Nº 330 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2019

En esta sección

Pierre Laurent: “La cólera social y política contra el gobierno está llevando a la convergencia de lucha en Francia”Europa ante el reto de frenar la ofensiva imperialistaMario Amorós: “Hoy Pinochet y Franco se pudren en el estercolero de la Historia”Jaque al modelo neoliberal en ChileHeinz Bierbaum (Die Linke, Alemania), nuevo presidente del Partido de la Izquierda Europea

Del autor/a

Jaque al modelo neoliberal en ChileEspaña en el corazón: Pablo Neruda y la gesta del WinnipegSalvador Allende, un revolucionario para el siglo XXIRecordar a Salvador AllendeDaniel Monzó: Un siglo de comunismo en Novelda