Veterinaria de campo y escritoraMaría Sánchez: "El reconocimiento de las mujeres del campo no tiene que ver con los límites de la palabra, sino que es una cuestión de clase" No debemos exigir el mismo ritmo ni la misma forma que el feminismo urbano al feminismo rural.

J.M. Mariscal Cifuentes 03/01/2020

Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo ruralMaría SánchezSeix Barral

María Sánchez (Córdoba, 1989) es veterinaria de campo y escritora. Por su oficio conoce de primera mano los campos donde lo femenino tiene asignado el enquistado rol que con su escritura nos desvela. Su objetivo, iluminar con un foco de palabras luminosas y húmedas el barro que pisan las mujeres del campo. ¿Cuántas ni siquiera se podían plantear estudiar? ¿Qué independencia han tenido? Para ello, María Sánchez retrató las historias de su propia familia, del propio entorno vital donde trabaja, para darnos algunas claves importantes para entender los conflictos que atraviesan nuestro país: la despoblación, la ausencia de servicios públicos, la explotación de los recursos naturales y energéticos, el transporte, todos los problemas de la llamada España Vaciada. No hay ni un sólo resquicio del estilo del romanticismo, en el que los urbanitas cosmopolitas nos describían con postales idílicas la vida en el campo. Al contrario, en su escritura se siente la hondura de las arrugas de las manos de las que trabajan en el campo, el peso de silencios ancestrales, el calor de las caricias, de los abrazos y de los cuerpos de los animales; el ritmo de las estaciones, la vida, la dura vida real que se relaciona con la naturaleza de igual a igual, porque forma parte de la misma. Autora del libro de poemas Cuaderno de campo (ed. La Bella Varsovia) y de Tierra de mujeres (de. Seix Barral), escribe habitualmente en un blog que no os podéis perder (maria-sanchez.es)

MUNDO OBRERO: Te queremos felicitar porque has conseguido algo precioso como es llamar la atención y haber contribuido al arranque de un debate sobre el abandono del mundo rural, a través de la palabra escrita, poética, que al nombrar hace aparecer cosas que eran invisibles, estando delante de nuestros ojos. ¿Qué papel (y que límites) tiene la palabra, narrativa y poética, en las luchas por el reconocimiento, en este caso, de las mujeres de los pueblos y los campos de España?
MARÍA SÁNCHEZ:
Muchas gracias por vuestras palabras. Creo que la palabra en sí no es la que tiene límites ni la que se topa con muros ni puertas cerradas. Tiene que ver más con una cuestión de clase, con un hecho que para mí considero decisivo, sobre todo en la narrativa rural, y es un hecho que no deja de ser una cuestión que me gusta siempre lanzar en los encuentros y en las entrevistas. ¿quiénes son los que han escrito de nosotros y nosotras? ¿Desde qué clase social? ¿Desde qué género? ¿Desde qué lugar? Siempre pregunto por escritores que hayan tratado este tema en sus libro y siempre vienen nombres masculinos, de origen urbano, de una determinada clase social concreta y, en su mayoría, con la vida resuelta. Ojo, no quiero decir que solo escriban del campo la gente del campo, pero es necesario cuestionarnos quiénes y cómo han construido narrativas sobre nosotros y nosotras.

El vaciamiento comenzó con las políticas forestales franquistas



M.O.: En tus textos has logrado, así mismo, unir dos conflictos que protagonizan gran parte de la agenda social en nuestro país, tanto el renacimiento del feminismo en torno al 8M (y sus diversas expresiones locales), como las movilizaciones de la llamada España vaciada. Incluso insinúas una hipótesis por la que la despoblación puede tener su origen, o al menos una de sus raíces, en la discriminación hacia las mujeres de nuestros pueblos. ¿Cómo se entrelazan a tu entender ambos conflictos?
M.S.:
Se entrelazan porque no se entienden el uno sin el otro. Las mujeres del medio rural han sido doblemente discriminadas por ser mujer y por proceder del rural. Triplemente discriminadas las mujeres migrantes, las trabajadoras de la fresa por ejemplo. Si ya de por sí, pienso en la época de mi madre, que nació en los 60, y como cuento en el libro tuvo que dejar el colegio para trabajar en la aceituna con 14 años. O como mis tías abuelas, que tuvieron que irse a la periferia de Barcelona a vivir limpiando casas en el centro. Ese vaciamiento impulsado por las políticas forestales franquistas también fue algo atroz en este tema. Quizás sus vidas hubieran sido diferentes si no hubieran nacido en un pueblo. Tenían menos opciones, menos posibilidades. Y también está la falta de servicios básicos, una discriminación brutal que siguen sufriendo los medios rurales.

M.O.: Hay diferencias de ritmos y formas entre lo que llamas el feminismo urbano y el que puede estar naciendo en el espacio rural. ¿En qué medida uno puede o debe contribuir al crecimiento y consolidación del otro?
M.S.:
Claro, porque las formas de vida y de relación en las comunidades son muy diferentes. Creo que no debemos caer ni en el clasismo ni en el paternalismo, no debemos exigir el mismo ritmo ni la misma forma al feminismo rural. Y eso se ha hecho, creo que de forma inconsciente y sin mala idea desde algunos feminismos urbanos. Nos necesitamos, y creo que el diálogo y el apoyo es fundamental. Como lo es sentirse reconocida y respaldada.

Nuestros medios rurales están llenos de cultura y patrimonio vivo



M.O.: Hay algo sobre lo que llamas la atención de manera expresa en tu obra y tu pensamiento, yo lo llamaría un neo-romaticismo bucólico que tiene su base precisamente en la visión del mundo rural desde los espacios urbanos “progres”. Tu apelas a un diálogo entre el campo y la ciudad, pero sobre nuevas bases que propicien que el diálogo no sea de sordos y haya entendimiento. ¿Cuáles serían esas bases?
M.S.:
Yo estoy cansada de enfrentar medios urbanos y rurales, porque nos necesitamos. Pero es muy complicado cuidar, valorar y proteger algo si no se conoce, y más, si lo poco que se sabe o se entiende de él se articula desde una postal simple y plana (hasta hace poco a los medios rurales se nos enmarcaba en dos extremos: o los santos inocentes o la cabaña de walden) Creo que es importantísimo sentarse a hablar el mismo idioma, sin paternalismos ninguno. Con ganas sinceras de escuchar y aprender del otro, porque desde lo rural al urbano también nos encontramos con esos paternalismos muchas veces.

M.O.: Están esos sectores del progresismo urbanita, que estigmatizan como inculto, iletrado o falto de experiencias cosmopolitas a los habitantes del mundo rural, lo que hace que incluso cuando votan, votan mal.
M.S.:
Acabo de comentártelo, y enlazo con lo que te contaba al principio. La importancia del relato, de la imagen impuesta sobre nosotros. Plana, simple, absurda, ignorante.

M.O.: Para terminar, también te refieres y demuestras que los derechos de los habitantes de los pueblos son, en la práctica, distintos y menos fuertes, tanto en su enunciación como en sus garantías, de los derechos de los habitantes de las grandes urbes. Podríamos hablar de los derechos sociales (el centro de salud, el colegio, el instituto, el transporte público, etc..) pero nos gustaría que te parases a valorar en concreto el derecho a la cultura (bibliotecas, eventos, lecturas, etc.). ¿no hay en este ámbito una ruptura total?
M.S.:
Sí, hay una ruptura grande, pero debemos tener en cuenta varias cosas. Una, es que nuestros medios rurales están llenos de cultura y patrimonio vivo: lenguas no oficiales, palabras que ni siquiera aparecen ya en el diccionario, canciones, oficios... Cultura de todos, no solo de los que viven en los pueblos. Y otra, es que en la grietas, la luz traspasa y llega, y te asombrarías de los proyectos culturales, muchos autogestionados y maravillosos que ocurren en nuestros pueblos, y que no solo tienen una parte cultural, sino una parte social esencial y muy fuerte que vertebra y une a la comunidad. Pero claro, de nuevo la imagen sesgada que tenemos de ellos. Hay que cambiar de una vez la forma de mirar.

Publicado en el Nº 331 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2019 - ene 2020

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