La crisis detrás del telón Toca enfrentarse con personas que mandan mucho sin presentarse a elecciones, pero es imposible abordar transformaciones profundas sin movilización que las empujen y las sostengan.

Carlos Sánchez Mato. Responsable de Políticas Económicas de Izquierda Unida 13/01/2020

Los economistas tenemos mala fama por muchas y merecidas razones pero principalmente por lo poco que acertamos en nuestras predicciones, especialmente si a lo que nos referimos es a poner fecha a las futuras crisis o recesiones. La crítica parecería que tiene fundamento si nos atenemos a lo que ocurre con las que realizan los economistas más afamados a sueldo del sistema. Aun así, deberíamos tener en cuenta que esas predicciones forman parte de los elementos que sirven como detonante al inicio de las propias crisis.

Para quienes analizamos la economía desde el análisis marxista, decir que vamos hacia la siguiente crisis por la caída de la tasa de ganancia no es ninguna novedad. Se podría decir que “acertamos siempre” y en esta ocasión vuelve a ocurrir. Si hay algo seguro en esta vida, es la caída tendencial de la tasa de ganancia de los países centrales desde la segunda mitad del siglo XIX, lo que hace más sencillo prever que caminamos hacia la siguiente recesión.

El 26,1% de la población española, están en riesgo de pobreza y exclusión social. En la última década, los beneficios empresariales han crecido un 11,3% pero los salarios sólo un 0,08%



Pero, ¿a qué nos referimos cada persona cuando hablamos de “crisis”? Si nuestro criterio para considerar su existencia es únicamente su medición en términos de PIB desde una perspectiva únicamente ortodoxa (decrecimiento de dos trimestres consecutivos), llevamos creciendo desde el segundo trimestre de 2013, aunque es cierto que la tendencia empeora.

La crisis se alarga para los más pobres

No es nuestra tesis porque, en una sociedad en la que más de 12 millones de personas, que suponen el 26,1% de la población española, están en riesgo de pobreza y exclusión social, decir que no estamos sumidos en un profundo abismo, más allá de la consideración técnica de si estamos en crisis o vamos de camino hacia ella, es un insulto a la inteligencia colectiva. Ignorar que la privación material alcanza al 5,4% de la población, el doble de la que sufría esa situación en el año 2008, convierte en herramienta inútil a la ciencia económica. Si la crisis duró tres años para el 50% de la población con mayores ingresos, para el 25% más pobre lleva ya once años porque esa cuarta parte con menos recursos de la población aún no ha recuperado la renta nominal del año 2008.

Y es que está claro que no a todo el mundo le ha ido igual en estos últimos años.

Mientras el peso de sueldos y salarios ha crecido un 0,08% en la última década, los beneficios empresariales, lo han hecho un 11,3%. Es evidente que el reparto de la tarta ha cambiado.

Durante la recesión, las empresas encontraron dos importantes vías de ahorro que permitieron recuperar el terreno perdido y elevar sus beneficios. La primera fueron los salarios, principalmente por la vía de los despidos. La segunda fue la caída de los costes financieros una vez que el Banco Central Europeo (BCE) empezó su política monetaria expansiva. Se trata de un cambio de paradigma para la economía española que consolida el peso de la remuneración del capital por encima del trabajo. En 2008, el conjunto de las personas asalariadas generó 422.811 millones de euros. Es una cifra que solo se ha recuperado una década después. En 2018, el conjunto de asalariados “cobró” 423.888 euros.

El avance de los márgenes empresariales sobre el valor añadido ha sido tan fuerte que las empresas españolas superan ya al conjunto de la eurozona y a los principales países del euro. En 2008, el conjunto de los beneficios ascendió a 477.690 millones de euros y en 2018 la cifra fue de 531.844 millones.

Si la crisis duró tres años para el 50% de la población con mayores ingresos, para el 25% más pobre lleva ya once años



Básicamente la vía de salida para recuperar las ganancias ha sido la de siempre en términos clásicos: más explotación de trabajadoras y trabajadores. Pero hay una diferencia con otros momentos históricos porque la recuperación del beneficio y la destrucción de la capacidad productiva no han sido suficiente.

De hecho, el importante incremento de las ganancias no ha sido destinado a invertir sino que lo han destinado a repartir dividendos, comprar activos financieros y reducir su deuda. Los bajos niveles de inversión que ha tenido España en los últimos años y que suponen un lastre para el crecimiento futuro. En cualquier caso, ¿para qué habría sido necesario incrementar la capacidad instalada si la sobreproducción sigue protagonizando la realidad actual?

Una nueva recesión

Por eso es inevitable asumir que nos enfrentaremos, más pronto que tarde, a una nueva recesión, también desde el punto de vista técnico. Y esa certidumbre va más allá de los elementos que sirven como detonantes y que están multiplicándose en los últimos años. Situaciones como las guerras comerciales o el Brexit “duro” no son más que expresiones de que la crisis lleva tiempo entre nosotros. Que unos países impongan aranceles a otros para proteger sus productos no es otra cosa que la consecuencia de la necesidad de recuperar ganancias para las empresas nacionales e intentar conservar empleos que la dinámica de liberalización comercial tiende a llevarse a otros lugares. Pero ni la subida del precio del petróleo, ni la Expo, ni los Juegos Olímpicos, ni Lehman Brothers fueron los culpables del estallido de las crisis pasadas. Tampoco tendremos crisis económica como consecuencia del Brexit. Más bien estas convulsiones son el resultado de la incapacidad del capitalismo de seguir creciendo de manera sana y equilibrada. Debería generar mucho vértigo el ritmo al que la economía mundial está endeudándose hasta alcanzar cifras récord, impulsado en gran medida por el sector privado.

El peligro de la deuda creciente

La deuda mundial ha alcanzado los 250 billones, el 320% del PIB según el estudio del Instituto Internacional de Finanzas (IIF) y representa un nuevo máximo histórico. Del conjunto de la deuda mundial contabilizada hasta finales de junio de 2019, unos US$61 billones correspondían al sector financiero, mientras que el endeudamiento público sumaba US$68,4 billones, la deuda empresarial US$74,2 billones y la de las familias US$47,2 billones.

No es un efecto casual. Hay explicación a todo ello y tiene relación con las políticas monetarias ultraexpansivas que se han puesto en marcha en estos últimos años. Pero para quien tenga la tentación de pensar que la alternativa habría sido no insuflar oxígeno desde los bancos centrales, solo decir que sin esa “respiración asistida” a la economía global, la crisis ya estaría técnicamente entre nosotras y nosotros. Ahora bien, la forma en que están actuando los bancos centrales está proporcionando grandes incentivos a los excesos financieros y a la creación de las burbujas. La liquidez creada para reactivar la inflación se ha quedado estancada en los mercados, provocando una escalada de precios en los activos financieros. Fue así como la deuda empresarial empezó a dispararse hasta llegar a cifras nunca antes vistas. El montante de bonos de deuda empresarial emitida en mercado superó al cierre de 2018 los 13 billones de dólares, el doble que en 2008, antes del estallido de la crisis, según las estimaciones de la OCDE.

Al inicio de la recuperación, los inversores solo compraban los títulos de mayor calidad, pero a medida que su rentabilidad se iba hundiendo, aceptaban cada vez tramos con más riesgo. Hasta el FMI ha alertado de que existen 19 billones de dólares de bonos corporativos en riesgo de impago si la economía sufre una desaceleración importante. Eso supondría casi el 40% de la deuda total de las ocho principales economías mundiales. En cuanto empiecen a complicarse las cosas, al menos 500.000 millones de deuda pasarían a estar en calificación de ‘bono basura’ en menos de un año, según las últimas estimaciones de la OCDE. Esto significa que obligaría a muchos inversores a vender, provocando así una huida masiva de estos activos, con el consiguiente impacto en los precios y las rentabilidades. Además, a medida que aumenta el tamaño de la deuda corporativa, también se incrementa el riesgo a una recesión provocada por la caída de beneficios empresariales. Así lo ha alertado S&P que no se ha caracterizado habitualmente por predecir los riesgos de la economía mundial.

Si las empresas no generan rentabilidad y liquidez para abonar sus vencimientos, entonces dependerán exclusivamente de la refinanciación de los mercados. Y si se cierran, entonces estarán condenadas.

Y detrás de ellas, caerían (una vez más) los bancos.

Y de nuevo habría que rescatarlos…

Pero de algo tendrá que servir la reciente experiencia y esta vez no debemos permitir que el nuevo batacazo económico sea asumido y pagado por quienes han soportado el coste hasta ahora.

Toca garantizar pan, empleo, techo y servicios públicos a toda la gente y eso pasa por poner la economía al servicio de la sociedad y no al revés. Se trata de hacer que paguen las crisis quienes se sitúan en la cúspide de la pirámide y sueñan con la posibilidad que les abre una nueva recesión.

Toca enfrentarse con personas que mandan mucho sin necesidad de presentarse a las elecciones. Y hay que hacerlo sin caer en el pánico y desde la seguridad de que abordar transformaciones profundas es imposible sin movilización que las empuje y las sostenga frente a todos los ataques.

Es posible. Solo hace falta voluntad política.

Publicado en el Nº 331 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2019 - ene 2020

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