El Joker La revolución, según El Joker, no es más que un estallido de locura colectiva... que no persigue construir un nuevo orden sino destruir al anterior.

Jack el Decorador 14/01/2020

No me interesan las películas de superhéroes de los últimos tiempos. Me aburren brutalmente y me alejan del cine que amé siempre. Además de que pecan de insustanciales, sosas, vacuas y planas (y esto en el mejor de los casos), degradan la naturaleza del cine en su dimensión más profunda: la de contar historias interesantes a través de imágenes y palabras.

Por si esto fuera poco, estos subproductos colesterolados ejercen y se erigen en poderosas armas ideológicas de un sistema que nos aboca al mero consumo y a la evasión como forma de alienación (que es, por cierto, todo lo contrario al entretenimiento). La narración es engullida por el marketing y el resultado cinematográfico (la película) por el producto.

Hace poco, y en esa línea, una voz mucho más autorizada que la de este decorador se alzó contra la plaga que invade las salas mundiales.

La voz, nada menos, de Martin Scorsese, que llegó a la conclusión de que los productos Marvel tenían más que ver con los parques de atracciones que con el séptimo arte.

A su opinión se unieron, con mayor o menor dureza, cineastas como Sofia Coppola o Ken Loach. La polémica estaba servida...

Y, en medio de todo ese clima bélico intelectual, apareció El Joker, película que a priori se encuadraba en el género que tan vistosos combates dialécticos estaba protagonizando actualmente.

Nada más lejos. Respiren aliviados.

El Joker no es la enésima horterada insustancial de la factoría Marvel y sucedáneos. Porque es una historia (sí, una historia) con cosas tan antiguas pero tan necesarias como el arco de personajes, la estructura dramática y la vocación narrativa.

Además, está realmente bien dirigida y tiene un montaje eficaz y solvente, excelentemente apoyado por una banda sonora seleccionada con inteligencia y sentido del ritmo audiovisual, que incurre en el relato como potenciador de sabores y sostén de tensión. El guión es sólido, aunque demasiado encorsetado y centrado en el protagonista absolutísimo, que carga sobre sus espaldas y en exclusiva todo el peso de la trama. El personaje, es cierto, puede solo con esa ardua tarea, pero la introducción de alguna subtrama de alivio no hubiera venido mal para evitar una cierta sensación de empacho que queda como regusto al concluir el film.

Y así llegamos al punto fuerte de nuestro menú de hoy: la interpretación de Joaquin Phoenix, que va a ganar el Óscar y un sinnúmero de premios más. El muchacho está soberbio, las cosas como son.

Cierto es que parte de un notable regalo, una pera en dulce de papel que todo actor o actriz sueña como guinda del pastel de su carrera. Todo eso es cierto, sí... pero no lo es menos que Phoenix eleva esa guinda a los límites de la sublimidad. Y conste que uno iba un tanto predispuesto a la contra de este tipo de papeles, a los que son tan dadas las supuestas producciones independientes de Hollywood. Justo es reconocer que me equivocaba y que Phoenix despliega una extensa gama de sutiles contradicciones y detalles realmente exquisitos. Compone un Joker humano e inhumano, loco y cuerdo, brutal y tierno, con toda la dificultad que esa empresa entraña.

El Joker es, pues, una película más de antihéroes que de superhéroes, más sobre la salud mental que sobre la fuerza, la cara B de la ramplonería insuficiente y hueca de la factoría Marvel. Merece la pena verla, a pesar de sus defectos, que son superados ampliamente por sus aciertos.

Ahora bien, y para terminar, este crítico no comparte la dimensión social que se ha querido entrever en sus escenas. Como ocurriera en aquella excelente trilogía sobre Batman de Christopher Nolan, bajo el evidente colapso de un sistema capitalista corrupto e incivilizado, se esconde una lectura profundamente reaccionaria de la salida a ese colapso. La revolución, según El Joker, no es más que un estallido de locura colectiva, de histeria popular que se define por su frustración y no por su necesidad. Que no persigue construir un nuevo orden sino simplemente destruir al anterior. Tampoco es que esto importe demasiado, pero conviene señalarlo.

Publicado en el Nº 330 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2019

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