El tren de la memoria

Dos mujeres Angelita Grimau y Asunción Balaguer nos han dejado en el tramo final del año que termina... la coincidencia de su fallecimiento les trae a esta columna de la mano, así juntas pero distintas.

Mariano Asenjo Pajares 16/01/2020

“Necesito silencio, estar sola y salir,
y buscar una hora para considerar
lo que le ha sucedido a mi mundo,
lo que la muerte ha hecho en mi mundo”

(‘Virginia Woolf’)

Dos mujeres extraordinarias nos han dejado en el tramo final del año que termina. Angelita Grimau y Asunción Balaguer. Si la ciencia humana hubiese concebido una suerte de mecanismo para acumular emociones y recuerdos, aquellos ingenios que guardasen los emanados de biografías tan intensas como las de Angelita y Asunción habrían de tener una colosal capacidad en su “sistema límbico” para soportar tal volumen de información.

Ignoro si se conocieron personalmente, si sus pasos se cruzaron alguna vez por esas conexiones de la vida que, en último extremo, llamamos coincidencias. En realidad sus vidas fueron diferentes, hasta vivieron muchos años en países distintos, sus mundos fueron distintos, cercanos en algunos aspectos pero distintos. Solo la… coincidencia en el año de su fallecimiento les trae a esta columna de la mano, así juntas pero distintas.

Con Angelita coincidí una vez en casa de Domingo Malagón y Esco, su compañera. Era una de esas tardes en que yo me acercaba hasta Parla durante la elaboración del libro sobre el falsificador del PCE. Aquellas visitas, tras el trabajo con Domingo, siempre terminaban en una familiar tertulia al calor de unas pastas y un vino ‘Málaga virgen’. Esco y Angelita habían vivido muchas cosas juntas en París. Se habían ayudado mutuamente en el no sencillo oficio de sacar sus familias adelante en medio de la clandestinidad. ¡Tantas cosas! No recuerdo de qué se habló aquella tarde, quizá de la política del momento, quizá de –a pesar de todo- los momentos agradables del pasado, quizá de los nietos, quizá de los años y los achaques. No recuerdo de qué se habló pero nos reímos. Había familiaridad en el ambiente.

Muchos años después, a raíz de la muerte de Angelita he tratado de ensamblar aquellos recuerdos aislados con algunas cosas que he leído acerca de ella. Siempre es un ejercicio arriesgado, tal vez inabarcable, pero a veces nos empeñamos en trazar esbozos de lo que fue toda una vida, ¡y qué vida! Vivió el fusilamiento de su padre en 1936, cuando tenía seis años. Después, en 1939, llegaría la fuga a Francia, los campos de acogida, los chinches y el hambre, la ocupación nazi, el miedo a ser entregada junto a su madre a las autoridades franquistas. Su trabajo clandestino comenzó a los 16 años. ¡Imaginémonos las condiciones! Y llegaría en 1963 el fusilamiento de su marido, Julián Grimau, cuando ella tenía 33 años. En París sacó adelante a sus hijas trabajando en una farmacia. Y guardó silencio. Volvió a España hacia 1978. Y guardó silencio. Pero yo la vi reír por encima de todo. Hoy la recuerdo aquí con admiración y respeto.

Con Asunción Balaguer el contacto que llegué a tener fue meramente telefónico. En Mundo Obrero queríamos localizar a Paco Rabal para una entrevista, ya que por aquel entonces se había estrenado ‘El hombre que perdió su sombra’, una película dirigida por Alain Tanner y protagonizada por Rabal, allá por 1991. “Yo se lo diré a Paco –me aseguró Asunción-, pero ya sabéis que os tiene miedo a los camaradas, no quiere meter la pata y decir algo que siente mal”. Y se hizo la entrevista.

Nacida en Manresa (Barcelona) en 1925 en una familia acomodada, Balaguer recordaba perfectamente la llegada de la Segunda República. Se subió a un escenario por primera vez en plena Guerra Civil, con 13 años. Estudió en el Institut del Teatre y en la facultad de Filosofía y Letras. En 1951 contrajo matrimonio en Barcelona, con el actor Paco Rabal. Poco después abandonaron la compañía de teatro de Tamayo (ella era la actriz principal), para montar una compañía propia. Al cabo, Balaguer interrumpió su actividad artística para atender a su familia.

Durante su más de medio siglo de matrimonio relegó en parte su faceta interpretativa, pero cuando enviudó en 2001 a los 75 años, retomó la vida artística y escribió sus mejores páginas como actriz e incluso desplegó una actividad frenética fuera de las tablas, como la que realizó en la entidad de gestión de actores y bailarines AISGE, donde fue la socia número 3 y estuvo al pie del cañón con sus compañeros de oficio.

“Siempre ha sido una actriz como la copa de cinco pinos”, resumía en el documental ‘Una mujer sin sombra’ (2014) su íntima amiga Pilar Bardem, “aunque bastante gente la conociera solo por ser la mujer de Rabal”. La propia Asunción resumía así su vida: “Me han pasado muchas cosas, pero de todo he salido”.

Publicado en el Nº 331 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2019 - ene 2020

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