Nació en una familia de la burguesía catalana. A los 14 años ya quería ser actrizLa Balaguer Mis padres tenían más en común que lo que la diferencia de clases podía hacer suponer. Los dos habían roto con su destino. A pesar de todo, eran libres.

Benito Rabal 16/01/2020

“Principe…” –así me llamaba siempre el gran poeta cubano Pablo Armando Fernández– “Todo el mundo dice que tu madre es una santa... ¡No les creas! ¡Tu madre es diabólica! Las Santas siempre fueron muy aburridas”.

La verdad, no creo que mi madre llegara a ser diabólica, pero desde luego aburrida no lo fue nunca. Ni lo fue, ni aceptó el tener que serlo, aunque, por origen, ese fuera su destino.

Nació en Manresa, en 1925, en el seno de una familia de la burguesía catalana y, como cualquier otra persona en su situación, habría pasado sus días dedicada a cuidar de una retahíla de hijos y a soportar un marido, con suerte buena persona, asistiendo a eventos cansinos y, si acaso, a obras de caridad. Pero no fue su caso. Desde bien niña decidió que quería ser actriz, lo que, en aquella época, a ojos de la sociedad, también significaba ser puta. A su propósito ayudó la lectura de los libros que atesoraban sus hermanos mayores desde que llegó la República y el carácter de su madre. Siempre la animó a ser una mujer libre, a no dejarse llevar por las convenciones, a hacer realidad sus sueños. “Yo haré lo que mi padre quiera, si a mi madre no le importa y a mí no me incomoda”, la repetía una y otra vez como norma de conducta. No quería que su hija sufriera su misma vida.

A mis abuelos les casaron como a dos gatos, un matrimonio de conveniencia. No había amor en la casa. Tal vez por eso mi madre, la Balaguer, hizo del amor su bandera. Amor a su oficio, a su familia, a la humanidad…

Con catorce años entró en el Instituto del Teatro en Barcelona compaginando su vocación con los estudios de bachiller. No tardó mucho tiempo en llamar la atención de una Compañía catalana con la que marchó de gira, venciendo, gracias a su madre, la obstinada oposición de sus hermanos que le auguraban todo tipo de catástrofes y desgracias. La vida que se le abría ante sí, distinta y deseada, se truncó rápidamente. La culpa la tuvo un perro afectado de rabia que mordió a la primera actriz y la compañía tuvo que disolverse. Volvió a Barcelona y, acabado el bachillerato, entró en la Facultad de Filosofía y Letras. Cualquier cosa le iba bien, excepto quedarse en su casa esperando al príncipe azul. Digo yo que intuía que los príncipes, con el tiempo, destiñen.

Fue Tamayo, un inquieto joven granadino quién la rescató de su empecinado destino. Venía del Teatro Universitario y estaba formando la compañía Lope de Vega con actores y actrices jóvenes que compartirían escenario junto a grandes glorias como Don Alfonso Muñoz o Carlos Lemos y quería que mi madre se les uniera como primera dama joven. Había comenzado la tétrica noche de la Dictadura y para viajar, muerto su padre, necesitaba el permiso de sus hermanos. Las mujeres habían adquirido una eterna minoría de edad, así que mi madre aceptó la custodia de una vecina de Manresa, católica y de confianza, que la acompañaría en su periplo teatral. El tiro les salió por la culata, porque la vecina, católica y de confianza, aparte de hacerle la vida imposible, acabó por enamorarse de ella, con lo que la situación, por más que mi madre estuviera más que feliz, viajando, cumpliendo su vocación y cosechando éxitos, se hacía insostenible.

A librarse de ella le ayudó un joven actor de nombre Paco Rabal que había entrado en la compañía hacía poco más de un año sustituyendo a otro, encargado de hacer papeles secundarios, que había partido en busca de triunfos mayores. El primer encuentro de mis padres no pudo ser más desastroso. Paco, queriendo resultarle simpático a aquella joven actriz a la que admiraba, hizo un desafortunado chiste sobre los catalanes, con lo que mi madre, catalana hasta la médula, se dio la vuelta y dejó de hablarle. Sin embargo, poco a poco, se fue fijando en él. Y no sólo por su buen hacer como actor, que pronto le hizo abandonar los papeles menores y encargarse de los protagónicos, sino por su inteligencia, simpatía y, sobre todo, el amor a su familia a quienes escribía a diario. Además, mientras los compañeros se quejaban de las pensiones o de la escasa comida, Paco estaba feliz. Venía de una familia pobre y para él dormir en una cama, por miserable que fuera, o comer todos los días, era un lujo. ¿De cuándo el hijo de un minero iba a poder viajar y realizar su vocación en esa España gris, más parecida a una comisaría que a un país? Tenían más en común que lo que la diferencia de clases podía hacer suponer. Los dos habían roto con su destino. A pesar de todo, eran libres. Y como no podía ser de otra manera, acabaron por enamorarse.

Lo primero que aprendió junto a mi padre es que había otro mundo distinto al que ella, hasta entonces, había conocido. Las carencias no significaban que no pudieras elegir, sino el poder llevarse un trozo de pan a la boca. El día en que mi padre fue presentado a la familia, no pudo comer. La gran cantidad de canelones que mis tíos devoraban era demasiado para su poco acostumbrado estómago y se puso enfermo solo de verlos. Igualmente cuando se casaron, mi madre rechazó los grandes preparativos y el traje blanco de novia. No quería humillar a su nueva familia que sabía que acudirían con el gastado vestuario de un domingo cualquiera. Y no lo hizo solo por amor a su compañero, sino porque poco a poco iba tomando conciencia de un mundo del que era urgente desterrar la injusticia. Y en eso, de una u otra manera, empeñó su existencia.

Antes de decidir juntar sus vidas, habían llegado a un acuerdo propio de personas cuya relación partía del respeto y la mutua admiración. La Compañía había emprendido una gira por América Latina y coincidió que a mi padre le ofrecieron su primera película, así que pensaron que si la aventura del cine le iba bien, Asunción regresaba a España y se casaban. Si por el contrario, Paco se reincorporaría al elenco y se casarían en América. La primera película de mi padre fue un éxito y mi madre volvió al país con el alma ensanchada por los aires de libertad que había respirado a lo largo del continente americano, convencida que una vida alejada de la pacatería que imperaba, se abriría ante ellos.

Ese acuerdo de juventud fue la norma que les condujo. En contra de lo que muchos aseguran, mi madre no dejó el teatro para cuidar de su marido y de sus hijos, de mi hermana y de mí. ¿Cómo es posible abandonar una vocación tan arraigada en lo más profundo de uno mismo? Aunque en realidad nunca dejó de trabajar, sino que lo hizo más espaciadamente, era consciente que en la época que le tocó vivir, no iba a poder desarrollarse con la plenitud que ella sentía. Con lo que, más bien, eligió vivir la carrera de mi padre como la suya propia.

Juntos, porque me es imposible hablar de ellos por separado, vivieron una vida más rica de la que hubieran podido imaginar. Viajaron por el mundo entero, conocieron y gozaron de la amistad tanto de grandes personajes como de los más humildes, hicieron siempre lo que les dictaba su conciencia y nunca perdieron la ilusión por su trabajo, la dignidad.

Pero a pesar que su vocación fuera el motor de su vida, ésta nunca se convirtió en una suerte de jaula de cristal que la apartara del mundo. Siempre estuvo alineada con los desfavorecidos. Jamás se escondió cuando había que dar la cara, ni dejó de luchar hasta el fin de sus días por los derechos que, por nacimiento, le corresponden a la Humanidad, ya fuera desde la Unión de Actores, el Partido Comunista o allá donde fuera. Sabía que el peor de los sacrificios era la vergüenza del silencio.

Me falta espacio para compartir tantos recuerdos que tengo de ella, no sólo como madre, sino como la amiga y compañera que fue. Si acaso hay uno que tengo cincelado en la memoria. Tenía yo diecinueve años cuando vinieron a detenerme. El asesino Billy el Niño y sus compinches se hicieron pasar por amigos míos, pero mi madre, nada más abrir la puerta, les caló y, como la excelente actriz que era, les convenció que ella no era más que una pobre mujer sometida e ignorante de la vida de su hijo, con lo que consiguió el tiempo necesario para mandarme aviso al Estudio en el que yo estaba rodando. En la casa de mis padres teníamos escondidas varias cosas, el aparato de propaganda y otras más que no vienen al caso detallar, pero que de haberlas encontrado de nada les hubiera valido ser personajes de fama mundial para dar largamente con sus huesos en la cárcel. Yo, en mi inocente juventud, pensaba que mi madre lo desconocía, pero cuando días más tarde pude acudir a “limpiar” la casa –y ahí está la imagen de mi recuerdo-, sentada en la escalera, viéndonos ir y venir con lo oculto, mi madre nos pasaba la lista de lo que teníamos escondido e incluso nos advertía que tal cosa la había cambiado de sitio porque el que habíamos elegido no era seguro.

Era la vida de su hijo lo que estaba en juego, por supuesto que sí. Pero también la libertad. ¿Y había algo más importante que la libertad?

Por enseñármelo, por tanto amor y tantas cosas que has dado, por tu ejemplo y generosidad, gracias Balaguer, muchas gracias.

Publicado en el Nº 331 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2019 - ene 2020

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