Esta movilización es imparable, el gobierno caeráRebelión en Iraq contra la herencia de la ocupación de EEUU La destrucción de las infraestructuras, el desmantelamiento de los servicios públicos, junto al saqueo constante de las riquezas petrolíferas llevaron a una situación de desastre humanitario.

Manuel García Morales 29/01/2020

En 2003, la ocupación del ejército de EEUU de Iraq, trajo consigo la ruina y la muerte para el país y sembró el germen para la desestabilización de todo el Oriente Próximo. EEUU alimentó la construcción de un estado basado en la representación política a través de cuotas religiosas y sectarias siguiendo el modelo de Líbano. El cemento del nuevo estado fue la corrupción a niveles increíbles que alimentaron los aparatos políticos y los grupos paramilitares al servicio de los nuevos partidos. La ocupación proyectada por EEUU, una república bananera al servicio de sus intereses estratégicos, fracasó; por un lado, la resistencia político y militar de amplia base popular hizo insostenible la ocupación de Iraq, por otro, los partidos chiítas ultra-religiosos que la ocupación estadounidense aupó al poder, se alinearon abiertamente con el peor enemigo de EEUU en la región, el Estado Islámico de Irán.

La destrucción de las infraestructuras de Iraq, golpeadas por las bombas norteamericanas, el desmantelamiento de los servicios públicos de sanidad, educación y asistencia social junto al saqueo constante de las riquezas petrolíferas por los distintos gobiernos y partidos en el poder, calculado en un billón de dólares desde 2003, llevaron a una situación de desastre humanitario. Con graves carencias de energía eléctrica, de agua potable, de saneamientos y eliminación de basuras, las rebeliones populares no han dejado de estallar.

Hasta 2011, el conflicto social había estado sobre-determinado por la ocupación de las tropas de EEUU, y por los conflictos interreligiosos promocionados por esa propia ocupación, pero en 2011, cientos de miles de manifestantes se rebelaron contra el sistema, superando las divisiones sectarias y religiosas desde Basora en el sur hasta Mosul en el norte, incluyendo a los Kurdos, que en su región autónoma también protestaron contra la corrupción y el caciquismo del clan Barzani. Una feroz represión frenó el movimiento, pero este rebrotó en 2013 en la zona del Ambar; nueva represión y cientos de manifestantes muertos desde Hawiya hasta Mosul, demostraron que el gobierno no iba a respetar las protestas pacíficas de masas y mucho menos iba a introducir cambios en el sistema.

La proclamación, a finales de junio de 2014, del Estado Islámico por al Baghdadi, después de la toma de Mosul, una ciudad de más de 2 millones de habitantes, más allá de que esta organización estuviera propiciada por los servicios secretos para mover el agua a los intereses de EEUU, demostró que amplias masas, de religión suní, vieron en su desesperación, el nuevo proyecto político de construcción de estado islámico suní como la mejor alternativa al gobierno de Maliki.

La derrota del Ejército Islámico en Siria e Iraq, propició la reanudación de protestas; a mediados de 2018, después de las elecciones de mayo y durante tres meses se sucedieron manifestaciones en Basora; nuevamente, decenas de manifestantes fueron asesinados. El pasado 1 de octubre volvieron las manifestaciones a la calle y desde entonces han aumentado su apoyo popular a la par que han aumentado los cientos de asesinados y los miles de personas heridas por la represión.

Ahora, la gran mayoría de la población desposeída, de religión chiíta, se está movilizada contra la oligarquía dominante también de religión chiíta. Es esa movilización la que ha hecho saltar por los aires la alianza gestada después de las elecciones de 2018, entre partidos chiítas que nombró como primer ministro a Adel Abdul Mahdi.

La coalición Sairoon, liderada por Muqtada al-Sadr y apoyada por el Partido Comunista que obtuvo el mayor número de actas electorales en las elecciones, apoyan las movilizaciones populares, la caída del gobierno y un nuevo proceso electoral; este bloque chiíta es claramente nacionalista y está enfrentado tanto a la influencia de EEUU como la de Irán. El bloque de Al-Fath, con gran influencia en las milicias Al-Hashad Al-Shabi y los grupos chiítas de Nuri al Maliki y Amar al-Hakim, son aliados estratégicos de Irán, apoyan al gobierno, pero están divididos y no tienen una táctica común. El grupo chiíta del ministro saliente el Abadi más ligado al gobierno de EEUU, también quiere un cambio del gobierno pero que no venga de la mano de la movilización popular con medidas democratizadoras y de lucha contra la corrupción. Pero esta movilización es ya imparable, el gobierno caerá y una nueva oportunidad de futuro se abrirá para el pueblo iraquí.

Publicado en el Nº 330 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2019

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