Rojos y separatistas

J.M. Mariscal Cifuentes 17/02/2020

Se repiten las palabras, rojos y separatistas, la “antiespaña” es recreada apelando a ese algo telúrico que el franquismo inoculó con sobredosis en el pueblo español: el miedo. Los mismos que tratan de usar el comunismo como insulto son los que nos dicen que estamos acabados, que no existimos, una contradicción que ellos mismos tratan de gestionar ahora que vuelve a haber comunistas en el gobierno de España, si es que no los había antes también, porque para ellos rojos y separatistas son todos los que no piensen como ellos, pues la recta razón les avala y está claro que España para ellos es visigoda, o de los austrias, o de los borbones, qué más da, país de conquistadores, de reconquistadores, y de requeteconquistadores, siempre atentos como vigías de la historia para que nuestro país avance por la senda de la civilización cristiana, aplastando si hace falta a ese enemigo interior que siempre le sale, como ronchas a extirpar, a esta piel de toro.

Se habla de comunismo en las tabernas, en los periódicos, en las radios y en la televisión, en el Congreso de los Diputados, en las tertulias, sobre todo en las tertulias, cómo nos atrevemos a defender el comunismo en voz alta, con los trillones de muertos que tenemos a nuestras espaldas, no como ellos, que conquistaron América con la fe, reconquistaron España con la fe, y la volvieron a reconquistar con la ayuda de Dios, que fue quien envió a la aviación nazi, como hipóstasis del mismísimo Espíritu Santo. “Ni la buena fe ciudadana, ni la obediencia real, ni el perdón cristiano equivale a una amputación de nuestra memoria […] Porque en España hubo una guerra […] y la victoria entonces alcanzada no está en juego […] esto es lo que el gobierno no debe olvidar”. Me pregunto qué pensarán Abascal y Casado de estas palabras, escritas en el ABC el 13 de abril de 1977, no por un falangista, sino por todo un referente de los sectores monárquicos franquistas, Torcuato Luca de Tena. En aquella semana se había legalizado el PCE. España se hundía: “solo servirá para encrespar las pasiones y los ánimos cara a unas elecciones demasiado próximas y que todos deseamos que, a pesar de esta decisión, sean pacíficas”, eso decía el editorial del ABC a la mañana siguiente, seguramente atemperados por ser Domingo de Pascua.

Me pregunto qué pensarán Abascal y Casado, porque resulta digno de admiración la manera en la que, no ya los herederos, sino los vivos representantes de esa manera de entender España hoy, han conseguido apropiarse lo que siempre rechazaron, han conseguido aparecer como los valedores de un consenso que nunca vieron con buenos ojos. Carme Molinero y Pere Ysás acaban de publicar otro gran libro de historia, como nos tienen acostumbrados, titulado “La Transición. Historia y Relatos” (ed. Siglo XXI); su lectura resulta apasionante en este oportuno momento histórico: “Lo más llamativo fue la sorprendente sacralización del consenso efectuada con el paso del tiempo por quienes no solo estuvieron al margen de él, sino que combatieron frontalmente aspectos esenciales del nuevo orden democrático”.

Por ello me congratulo de que el nuevo gobierno haya entendido que no nos pueden robar España, o más bien que es necesario reconstruir colectivamente un imaginario democrático de lo que significa nuestro país. Esta derecha es ahora más sibilina y cita a Machado y a Galdós porque sabe y conoce los pilares sobre los que esa reconstrucción es posible y pretende horadar sus cimientos. No nos indignemos cuando lo hacen, combatamos con la fuerza de nuestra cultura y la sabiduría ancestral de nuestro pueblo trabajador, la que José Luis Cuerda (sit tibi terra levis, maestro) retrató con guasa manchega y ternura infinita.

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Con este número de Mundo Obrero cerrado hemos conocido la muerte de Rogelio Barrero, extremeño de La Serena, emigrante a tierras vascas, que regresó a su tierra, hizo sindicalismo con CCOO del campo, representó al PCE en el ayuntamiento y sobre todo se posicionó siempre y a toda costa con su partido en los momentos más difíciles. Y estudió, sociología y ciencias políticas, y murió, demasiado joven, siendo secretario general del PCE de Extremadura. En el próximo número publicaremos el merecido homenaje que Mundo Obrero debe brindar a este gran camarada y mejor persona.

Publicado en el Nº 332 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2020

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