RelatoCamper

Miguel Ángel Ortiz 18/02/2020

Miguel Ángel Ortiz. Nacido en 1982 en Ciudad del Cabo aunque se crió en Medina del Pomar (Burgos). Licenciado en Filología Inglesa. Durante un tiempo trabajó como recepcionista de noche en un hotel de Barcelona. Actualmente se desempeña como vendedor en una librería. En 2013 publicó su primera novela Fuera de juego en la editorial Caballo de troya, en 2014. Literatura Random House edita su segunda novela La inmensa minoría con la que ganaría el premio Mandarache de novela. Su último libro publicado, Poesía y patadas (Roca Editorial), gira alrededor del mundo del fútbol. Es colaborador habitual de las revistas Contexto y Panenka.

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Los domingos tenía que ir a misa. En las cuatro casas del pueblo todo se sabía, y mi abuela me dejaba sin los cinco duros de paga si no iba. Me daba otros cinco para el cepillo, pero nunca pensé en quedármelos. Un bofetón con las manos agrietadas del abuelo daba más miedo que el infierno. En cuanto acababa el sermón, volvía corriendo a casa de los abuelos. En la parte trasera tenían un nogal donde anidaban decenas de gorriones. Era el lugar donde gastaba algo que me gustaba más que el dinero: el tiempo.

El último domingo de septiembre, me crucé a la abuela cuando iba a misa. Me había gastado los cinco duros en la tragaperras del bar, y llegaba tarde. Me costó reconocerla. Iba con el vestido negro, que no se ponía desde el entierro de mis padres. Habían muerto en un accidente de coche, tres años antes. Desde entonces, yo vivía con los abuelos. Y no creía en Dios.

La abuela arrastraba las zapatillas de andar por casa. La cachaba restañaba contra el empedrado, a cada paso. Camper la seguía. Me escondí en la sombra del campanario, detrás del pilón y entre los juncos del río. Al llegar al puente, Camper se detuvo y olfateó el aire. No me vio. Estaba ciego desde hace años y, aunque la abuela le limpiaba las legañas todas las mañanas, antes de comer ya tenía los ojos cubiertos de una gelatina amarilla.

Vamos, dijo la abuela.

Camper alzó una oreja, pero no se movió. Bajo ellos, corría un hilillo de agua cristalina. Estoy seguro de que sabía que ya nunca volvería a cruzar ese puente.

Desde lejos, los hermanos Crespo parecían los Dalton. Fer, el mayor, llevaba el lanzapostas en la mano como si fuera un revólver. La montura de las gafas de Rodri, el mediano, chispeaba al sol. Y Varo, el más bajito, caminaba por el borde del sendero sin camiseta. Venían de las eras. De tirar a las piquirrojas. Esa mañana, no traían presas.

Los esperé en medio del camino, entre las sombras alargadas de los chopos. Con la punta de playera, intenté desenterrar una piedra incrustada en la huella reseca de un tractor.

Pacheca te busca, dijo Rodri, nos la hemos cruzado ahí atrás.

¿No tendrías que estar en misa?, preguntó Varo.

Ellos no pisaban la iglesia desde el bautizo de Rodri. Su padre se había liado a mamporros con un vecino, y después con el cura por meterse dónde no le llamaban.

¿De dónde vienes?, preguntó Fer. Pacheca ha matado a Camper, solté.

¿No jodas?, dijo Varo. ¿Cómo?

Con una piedra.

¿A pedradas?

¿Cómo va ser a pedradas, anormal?, dijo Rodri. Se la ha atado a las patas, dije.

Joder con Pacheca, dijo Fer. ¿Lo has visto?

Dije que sí con la cabeza.

¿Camper se ha revuelto?

No, dije. Le lamía las manos. Es su dueña, dijo Fer.

Era, dijo Varo.

Rodri le soltó una colleja.

¡Puto abusón de mierda! ¡Gafoso!

¿Quieres otra?

Estaros quietos, dijo Fer. Me miró: ¿Dónde ha sido?

En el recodo.

¡Vamos a sacarlo!, dijo Varo. Calla, retrasado, dijo Rodri.

¿Para qué?, preguntó Fer. Para enterrarle, dijo Varo.

Me miraron, pero yo no podía dejar de mirar el globo morado del lanzapostas: colgaba de la botella de Coca-Cola como la lengua de un animal muerto.

Unos zancudos arañaban la superficie del agua. En medio del recodo, asomaba una pata de Camper. Cada vez que la miraba, se me llenaba la cabeza de burbujas.

¡La pezuña!, gritó Varo. ¡Se ve la pezuña! Trinca un palo y subimos al peñasco, dijo Fer.

¿Vamos?, me preguntó Rodri.

No contesté. Se quedó conmigo en el sendero mientras sus hermanos partían una rama arqueada entre la maleza. Un rato antes, cuando Camper ya no pataleaba y la abuela rezaba un padrenuestro, quise salir de mi escondrijo y matarla. Me vi ahogándola con su rosario. Pero, en vez de eso, salí corriendo. Luego solo recordaba sus gritos, cada vez más lejos.

¡Rodri!, llamó Fer.

¡Ayúdanos!, ordenó Varo.

Entre los dos, levantaron la rama y la lanzaron al agua como una caña de pescar. Con la punta, sacudieron la pezuña de Camper.

¡Parece que saluda!, gritó Varo. ¡Dice adiós con la pata!

¡Camper vive!

Las carcajadas resonaron entre los chopos como en los soportales de la iglesia. De la risa, Fer resbaló del peñasco y metió una playera al agua.

¡Joder! ¡Qué puto asco!

A Rodri se le escapó una sonrisa.

¡Hijos de perra!, grité. Y eché a correr.

Espera, dijo Rodri, pero no escuché sus pisadas persiguiéndome.

Resquilé al nogal sin que el abuelo me viese. Cortaba leña en la parte trasera. Los mordiscos del hacha resonaban en el huerto monótonamente. El filo se hundía en la madera, el abuelo pisaba el leño y desclavaba el hacha con un gruñido. Los hachazos habían espantado a los gorriones.

Cuando las campanas de la iglesia dieron las once, se sentó en el poyo, junto al botijo, escupió el palillo y dio un largo trago de agua. Luego se quedó mirando la cadena oxidada de Camper, tirada en la puerta de la caseta de hormigón hasta que llegó la abuela.

¿Has vito al crío?, preguntó.

El abuelo se secó el sudor de la frente. Aquí no ha venido.

Me ha visto. Dónde.

Dónde va ser, dijo la abuela. Con el perro. He recorrido todo el pueblo, y nada.

Me cago en…

No cagues tan alto, que algún día lloverá mierda. Y qué hago.

Explicarle las cosas. No entenderá.

La abuela clavó la cachaba. El crío es fuerte, dijo.

El crío es crío.

La hierba que les separaba estaba cubierta de astillas como si algo muy grande se hubiera hecho añicos entre ellos. La abuela miró la ventana de la cocina.

Tengo que hacer la comida, dijo. Deja la leña, y vete a buscarlo.

Un guijarro pasó silbando entre los amentos. Me asomé: era Rodri. Sacudí una rama. Rodri bordeó las tomateras y trepó al nogal por las tablillas.

Cipri te anda buscando, dijo. Ya.

Durante un rato, miramos en silencio la carretera bacheada que salía del pueblo.
¿Ha pasado alguno guapo?, preguntó.

Nada.

¿Ni el Renault?

No.

Las campanas llamaron a misa de doce. Los montes azules devolvieron el eco, cada vez más bajo hasta que volvió el silencio. Rodri miraba cómo el asfalto se cocinaba al sol.

Huele a lentejas, dijo. Olfateó: Con mucha panceta.

Sonreí sin ganas.

Se remangó el mugriento calcetín, y enseñó la cicatriz rosada que le atravesaba el tobillo.

¿Te acuerdas?, dijo. Se me enganchó, y no soltó hasta que Cipri le castigó los lomos.

Me acordaba del sol de aquella tarde quemándome las mejillas, del sabor a fresa de un polo que se derretía entre los dedos, de los botes del balón de plástico en la gravilla de la plaza. Y de los gemidos de Camper cuando el abuelo lo corrió a palos hasta casa.

Lo pasó peor Cipri que el perro, dijo Rodri.

El Renault 19 verde enfiló la carretera, y lo seguimos hasta que se desdibujó en las ondas de la carretera.

¿Y tus hermanos?, pregunté. En el recodo.

¿Lo han…?

No van a poder.

Entonces está enterrado.

Falta una cosa, dijo Rodri. Sacó la cheira de Fer del bolsillo del pantalón corto. La abrió. Se la he birlado.

Se abrazó a la rama, clavó la punta en la madera y lentamente escribió Camper con una letra espantosa. Sopló el filo de la cheira.

Ahora está enterrado, dijo. Y la guardó en el bolsillo.

Publicado en el Nº 326 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2019

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