Movilandia En la privatización del espacio público se confunde la opinión pública con la publicación sobrerrepresentada de quienes tienen el poder de imponer su discurso.

Francisco Sierra 25/09/2019

La fantasía electrónica del 5G nos emociona porque promete lo que no vendrá: la revolución cultural. Como Disney, el secreto no está en la masa sino en la caja negra del deseo frustrado. Así, a fuerza de movernos en red, terminamos enredados. En la era del teléfono inteligente, hemos terminado pendejos. Todo lo más ha cambiado el modo de consumir y proyectar nuestras identidades. El problema es que estas transformaciones no han ido acompañadas de un marco normativo que regule y proteja los derechos ciudadanos en función de la necesaria participación igualitaria con transparencia y acceso verdaderamente democrático de todos los grupos y corrientes de opinión. Prevalece, antes bien, en Movilandia, una suerte de lógica de No Man's land, un vacío o territorio de nadie, en el que se impone la disputa sin reglas por varias facciones al asumir la supuesta incapacidad de controlar efectivamente el campo virtual donde la tecnopolítica impone una peligrosa dinámica que socava la legitimidad democrática. Es sabido que allí donde no existe protección legal, donde no quedan claramente definidas derechos y obligaciones, impera la ley del más fuerte, la de aquellos que disponen de bots, agencias y recursos para imponer su voz en lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas hace tiempo definió como privatización del espacio público por la que se confunde la opinión pública con la publicación sobrerrepresentada de quienes tienen el poder de imponer su discurso. A veces de forma virulenta, y no hablamos de la dialéctica propia de la guerra fría entre Estados Unidos y Rusia, como insiste en contar El País, sino más bien como cabe analizar en la guerra silenciosa entre la Casa Blanca y Pekín. En esta y otros conflictos difusos, se constata que la galaxia Internet es la era del Big Data y del Poder de Comando Informacional. Un tiempo marcado por la lucha o disputa por el código que afecta al conflicto en Cataluña tanto como a los golpes mediáticos a lo largo y ancho de América Latina, como hemos visto con la censura de la página del presidente Rafael Correa por Facebook.

Si el problema de la comunicación y la cultura en nuestro tiempo es la lucha por el código, objeto a su vez de un intensivo intercambio, el reconocimiento y valoración de las diversas formas de control democrático de la red es un problema fundamental del sistema político en nuestro tiempo. No habrá confianza ni legitimidad democrática en un espacio privatizado, tóxico y sujeto a la manipulación de intereses inconfesables que se valen de la opacidad del algoritmo para imponer, de Brasil a Estados Unidos, de Hungría a España, la lógica sectaria de grupos de poder contrarios a la propia exigencia de escrutinio y diálogo público como parte de la cultura deliberativa que, desde las revoluciones liberales, han distinguido a nuestras democracias. La estrategia final del populismo neofascista en la réplica del guasap es, como sabemos, de acuerdo a declaraciones de The Movement, socavar la propia democracia y, así, acabar con el proyecto autónomo de la UE, una aspiración largamente acariciada hace tiempo por la Casa Blanca en su estrategia geopolítica internacional. ¿Dejaremos que eso suceda por una idea periclitada de que la mejor ley de comunicación es la que no existe? Espero que no, con independencia del caso Huawei.

Publicado en el Nº 328 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2019

En esta sección

Homenaje a Joaquín CarbonellJornadas centradas en la figura de Sánchez VázquezLa FIM rinde homenaje el filósofo español Adolfo Sánchez VázquezMi primera tareaEsto es una historia de amor

Del autor/a

La tasa GoogleImagen y políticaTelestesiaLa caverna mediáticaEcología de la comunicación