Picaso, itinerario fotográfico Picasso quería que fotografiaran su vida y su obra. Doisneau, Man Ray, Barassaï, Capa, Cartier-Bresson y Dora Maar, entre otros, dejaron obras casi canónicas.

Higinio Polo 19/02/2020

Cuando los herederos de Picasso donaron a Francia los archivos del artista, apareció un gran número de fotografías, algunas de las cuales mostró ya su primera estudiosa, Anne Baldassari, en una exposición en París realizada hace veinticinco años. El pintor guardó tantas cosas (¡doscientos mil documentos y cartas, y casi veinte mil fotografías!), que sus archivos personales siguen ofreciendo novedades sobre su trabajo, documentan sus obras y exposiciones, y retratan a Picasso, su familia y sus amigos, Sabartés, Cocteau, Apollinaire, Max Jacob, Kahnweiler, Braque y tantos otros.

La exposición que ha abierto el Museu Picasso de Barcelona muestra las diferentes etapas de las fotografías conservadas, centradas en sus múltiples talleres, en Barcelona y, sobre todo, en París y, después, en el sur de Francia. Los talleres, sus obras, la vida en familia: con Olga y su hijo Paulo, o las de Françoise Gilot y el hijo de ambos, Claude, que toma Robert Capa en la playa. Cuando Picasso dispone sus lienzos, en una galería o en uno de sus talleres, parece forzar la representación, crear una nueva obra, una imagen que contiene sus pinturas. Antes, apenas se había registrado pintando, pero las películas que, en los años cincuenta, lo registran trabajando, muestran su inagotable energía creadora, que no se detendrá hasta su muerte. Algunas de esas fotografías han pasado a ser singulares emblemas del siglo XX, como su famosa imagen con camiseta de rayas, de marinero francés, que se toma cuando el pintor tiene ya casi sesenta años; diez años después, Doisneau capta otra fotografía del pintor, en Vallauris, con ese atuendo marinero y las manos apoyadas en los vidrios de la ventana, que se hará muy popular, casi canónica en nuestros días por la difusión que le dio ser portada de Life en diciembre de 1968.

Muy joven, Picasso se compra una cámara, y él mismo revela las fotografías, guarda las placas de vidrio, documenta su taller del Bateau Lavoir en los años de efervescencia del cubismo. Cargado con esa cámara se va a Horta de Sant Joan, en 1909, cuando era un joven cubista, acompañado de su novia Fernande Olivier, para dar cuenta de su trabajo y enviar las placas a París, a Gertrude Stein y su hermano, que oficiaban de marchantes. Entonces, Picasso tomaba sus imágenes, pero una década después ya cuenta con innumerables fotógrafos que recogen su actividad, su obra, del progreso de su pintura, que devora París y después el mundo. Fotografías en su taller del boulevard de Clichy, desde 1910, aunque poco antes de la guerra porque otros empiezan a registrar su vida y sus obras, seguro de su papel central en el arte contemporáneo. Después de la gran guerra, Picasso, fotógrafo aficionado, aparece con Olga Jojlova, la bailarina rusa con quien se casó, y con quien la vemos en las conocidas fotografías tomadas en los balcones del hotel Ranzini de Barcelona, frente al puerto viejo, en los inicios de su relación, y en la terraza del hotel Minerva de Roma, en 1917, ambos sonrientes, con un raro Picasso con corbata. Pero la pasión cede, y en 1930 Picasso adquiere el castillo de Boisgeloup, en Normandía, que será el escenario de su relación con la joven Marie-Thérèse Walter, francesa de origen sueco. Su descendencia con Olga Jojlova tendrá un aciago destino: Paulo, el hijo de ambos, morirá alcohólico, y Pablo, hijo de Paulo y nieto de Picasso, acabará suicidándose, el mismo día de la muerte del pintor, con solo veinticuatro años.

Picasso colaboró con Brassaï, y con Dora Maar, quienes, junto con Man Ray, se encuentran entre sus influencias en la fotografía, y, muchos años después, trabaja con André Villers. Picasso utiliza la fotografía, acoge a fotógrafos, se convierte en aficionado a esa disciplina. Muchos lo fotografiaron: Capa y Brassaï, Doisneau y Cartier-Bresson, Man Ray y Dora Maar, André Villers, por citar algunos. Picasso quería que documentasen sus obras, su trabajo, y se fija incluso en los menores detalles: ¡llega a indicar a Brassaï que, en la fotografía que hace, ha movido sus zapatillas de sitio, por lo que la imagen ya no será un “documento”!

A partir de 1922, y durante toda la década de los treinta, Man Ray realiza varias fotografías de Picasso, como después Brassaï de manera intermitente. Cuando aparece Dora Maar en la vida del pintor, acapara por un tiempo esa función. En 1937, el pintor se traslada a un espacioso taller en la rue des Grands-Augustins, en Saint-Germain-des-Prés: allí pintará el Guernica en tres semanas de un torturado mayo, por encargo de Josep Renau y del gobierno republicano español después del bombardeo nazi de la ciudad, y Dora Maar se encargará de ir fotografiando las etapas de la creación. Cuando el Guernica se exhibe en el pabellón español de la Exposición Internacional de Artes y Técnicas, en París, aún no tiene nombre. Después, durante la Segunda Guerra Mundial, Picasso colabora con Brassaï para que fotografíe sus esculturas, y en los años cincuenta, es requerido por múltiples fotógrafos, sus imágenes en su entorno aparecen en muchos medios de comunicación, en Europa o América, y él no rehúye a los fotoperiodistas: Picasso utiliza su propia celebridad para dar también relevancia a cuestiones políticas, desde su militancia en el Partido Comunista hasta sus telas relacionadas con hechos políticos, como su Masacre en Corea, obra inspirada en Goya, para denunciar las matanzas norteamericanas en la península.

En esa época empieza a trabajar la cerámica, gracias a la intervención del escultor Michel Sima. Después, se instala en Cannes, en La Californie, en una casa de tres plantas que convierte en domicilio y taller, y que se llena de visitantes, hasta el punto de que, a veces, le resulta difícil trabajar: muchos fotógrafos (desde Edward Quinn hasta André Villers, pasando por Lucien Clergue) tomarán allí miles de fotografías, aunque Picasso muchas veces no permite que le fotografíen mientras pinta. No hay fotografías de la elaboración de la serie Las Meninas, por ejemplo, que pintó en esa casa de Cannes. En esos años colabora con el joven Villers, jugando con el papel sensible que expone a la luz, mientras Picasso sigue retorciendo, recortando las fotografías, algunas de las cuales se publicarán con texto de Jacques Prévert.

En 1958, se instala en el castillo de Vauvenargues, para evitar el agobio de las constantes visitas que recibía en La Californie. Su celebridad mundial es tan abrumadora que, paradójicamente, le condena a la soledad, aunque sigue recibiendo amigos. A partir de 1961, Picasso vive ya en Mougins. Más recluido, sigue pintando con más de ochenta años, y no aparece en tantas fotografías como antes. Aún alcanzará a ser nonagenario, sin abandonar la pintura, aunque no llegará a ver el final de la dictadura franquista, difuminado ese intenso itinerario fotográfico donde, en 1973, los ojos que había captado Man Ray en 1932 ya estaban cansados, y Braque, con uniforme militar y mandolina, era ya un lejano recuerdo.

Publicado en el Nº 328 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2019

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