Un escritor que se fue de la norma, si es que alguna vez estuvo en ellaMuere Zúñiga, 101 años de escritor secreto Maestro, no expuesto en los escaparates, del relato pausado, de la lentitud sabia, del rechazo del espectáculo, del desdén hacia el turismo histórico sobre la guerra civil y la posguerra de los best sellers.

Felipe Alcaraz Masats 25/02/2020

Ha muerto Juan Eduardo Zúñiga, un escritor que se fue de la norma, si es que alguna vez estuvo en ella, fuera de la sociedad literaria, fuera de la rabiosa actualidad y de la sociedad del espectáculo. “Los escritores no debemos darnos en espectáculo”, nos dijo un día. Un escritor lento, de gran aplomo, de prosa enjuta, como él y su cuerpo. Un olvidado. Tan olvidado que cuando se acordaron de él para hacerle un homenaje en su centenario, no pudo asistir por desplome de los metales. Un gran escritor que no aceptó el realismo socialista, a pesar de su adscripción comunista durante una etapa, y que tampoco aceptó la lógica galdosiana, apuntándose desde el principio a la cadencia minuciosa y austera de los escritores rusos, sobre todo de Chejov.

Quizás estemos ante el cuentista (o novelista: sus cuentos constituyen el cuerpo de una gran novela a contrapunto) que mejores relatos ha hecho con respecto a la guerra civil y a la posguerra. Lo que pasa es que no supo ni quiso venderse. Austero y secreto, tardío, olvidado y no actual, dejó de participar desde el principio en la competitividad de los premios y las estatuas. De hecho, el premio Cervantes perdió con él la oportunidad de constituirse en una herramienta cabal a la hora de reconocer la gran literatura de la etapa señalada.

Clandestino comunista, militante del PCE entre mediados de los cincuenta y de los sesenta, no era un seguidor obediente, como se ha dicho, del aura propagandista del realismo socialista. Nos dejó dicho que su compromiso era político, sí, pero entendido como compromiso con la población, con los acorralados y perseguidos por la pobreza y la injusticia.

No existe de hecho (para lo publicado) hasta 1980, cuando hace públicos los relatos sobre un largo noviembre en Madrid, o exalta la cotidianidad antiheroica en “Capital de la gloria”, o cierra la trilogía prodigiosa (1980.2003) con “La tierra será un paraíso”. Son 34 cuentos impagables, transcritos sin prisa después de poner el oído en el olor, el color y la respiración de los perdedores, de los que saben que en caso de ser héroes, lo serán de desahucio; de los que saben que nunca serán ejemplares, sino simples existentes en un mar de remordimientos y tormentas cotidianas. No son esos héroes que, tras rellenarlos, prepararon sus siembras en los cráteres de las bombas, sino que esperaron, y se arrastraron por el tiempo, hasta que sobre los cráteres se pavimentaron las calles tristes de la posguerra.

Y finalmente en el 2019, en tono de memorias, nos habló de sus recuerdos de la vida; es decir, de los pobres, de las mujeres demediadas, del destino de las gentes humildes que pululan sobre el asfalto, una vez olvidadas las bombas, de las tertulias permanentes del bucle interminable de los intelectuales y escritores dados a la tertulia de siempre en España.

101 años de soledad y secreto de un escritor oculto de culto, que ni supo ni quiso quejarse, que ni siquiera pudo ni, quizás, quiso asistir al homenaje de su centenario. Quien escribiera lo mejor (no lo más vendido) sobre la guerra civil, sin afán de prolongar a Galdós. Simplemente el traductor de ruinas y trayectos, como el cuento dedicado a Gerda Taro. Maestro, no expuesto en los escaparates, del relato pausado, de la lentitud sabia, del rechazo del espectáculo, del desdén hacia el turismo histórico sobre la guerra civil y la posguerra de los best sellers. Su mejor retrato es el que hizo su hija que, con motivo del centenario, depositó en el Instituto Cervantes, una pipa, una visera negra que se ponía para escribir, a modo de fetiche, y el manuscrito de un cuento. Va por tu esquiva lentitud y tu conciencia de clase, Juan Eduardo.

Publicado en el Nº 333 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2020

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