Cuelgamuros, y ahora, ¿qué...? Habría que eliminar todos los obstáculos para una gestión estatal de Patrimonio Nacional y convertirlo en un espacio de memoria laico, pedagógico y democrático.

Javier Ruiz 26/02/2020

La exhumación del cadáver de Franco del mausoleo en que se convirtió el complejo de Cuelgamuros tras su fallecimiento en 1975, no debe ser sino un primer paso a la reconversión, o resignificación, de un lugar convertido en la mayor fosa común existente en nuestro país, donde reposan los restos de más de 30.000 personas procedentes de fosas comunes diseminadas por la mayoría del país y reinhumadas allí desde 1959, incluidos también los del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera.

Considerando el estado en que se encuentra el conjunto -del deterioro estructural de la iglesia y sus criptas al buen estado de conservación continua que luce la parte del monasterio- sería conveniente modificar, en un primer momento el estatuto jurídico que lo regula; es decir, disolver la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, creada por el Decreto Ley de 23 de agosto de 1957, y eliminar obstáculos para la gestión directa de Patrimonio Nacional, que es de quien depende el complejo desde su inauguración. Esta es una promesa realizada por Pedro Sánchez de cara a las elecciones legislativas de noviembre e inserta en la propuesta de modificación de la Ley de Memoria registrada en el Congreso de los Diputados el pasado agosto, que de hacerse realidad nos llevaría a un paso de avance más: la salida de los monjes benedictinos del lugar y la transparencia en las cuentas de las diversas fuentes de ingreso que allí existen, fundamentalmente la hospedería y las entradas del público.

Y una vez conseguido esto, o en paralelo, la modificación o cambio de la iconografía expuesta, tanto la religiosa como la franquista. Es decir, caminar hacia un espacio de memoria laico, pedagógico y democrático de gestión netamente estatal. Vayamos por partes.

¿Qué pasa con los restos de los allí inhumados?

Indudablemente hay que sacarlos de allí y darles un lugar digno en cuanto a condiciones de conservación y acceso de familiares, atendiendo a los que no sean reclamados por sus familias y a los no identificados hasta el momento. Un buen lugar sería el propio monasterio, ya que las criptas donde actualmente se hallan, se encuentran en un estado deplorable debido, sobre todo, a la humedad que rezuma de la piedra madre del risco donde fue excavada. Lo hemos comprobado con el estado de la caja que contenía los restos del dictador, de infinita mejor calidad que el resto.

Igual tratamiento para el cadáver de José Antonio: entregarlo a su familia, si así lo consideran, y vaciar la abadía de restos humanos. No participamos de lo afirmado por Carmen Calvo en otorgarle un sitio, no preeminente, ya que no vemos el lugar como cementerio por lo ya expuesto. Además, no es equiparable a lo que representan la mayoría de las personas allí ubicadas, unas por ser damnificados de combates durante la contienda y otras por ser víctimas de la represión durante el franquismo. El líder de la Falange debemos considerarlo, para esta cuestión, como un elemento activo más en la preparación del golpe militar que propició la guerra y fue el propio conflicto quien aceleró su muerte. Otro asunto es el cómo aquello lo reescribiera después el régimen para sí y la utilización de su figura como icono y mártir.

Derrumbe no contemplado

Ya se ha escrito suficiente sobre el proceso destructivo que genera el agua, la nieve y el frío sobre el risco, llamado de La Nava, que sustenta la cruz y en cuyas entrañas está socavada la basílica. 200.000 toneladas de piedra que tuvieron que extraer los obreros que allí trabajaron -presos políticos muchos de ellos, recordemos- para horadar la roca sin tenerse en cuenta las vías de drenaje natural que el agua busca siempre para discurrir. El granito obtenido sirvió para la fábrica de las edificaciones: paredes de fachadas, interiores, revestimiento de la cruz y, lo que ha significado como más peligroso de todo, la composición del mortero que se empleó en muchas de estas actuaciones, incluyendo las gigantescas esculturas diseñadas por Juan de Ávalos que refuerzan el carácter católico del recinto y que coronan la entrada de la iglesia y la base-mirador de la cruz.

Este mortero, y su reacción química ante el agua, produce el efecto contrario al buscado: deteriora, rompe las placas y hace que su relleno granítico se deshaga. La última vez que se abordó la restauración de una de esas piezas, la de la Piedad dispuesta en el eje central de la fachada, supuso una inversión superior a los doscientos mil euros, que salió, además, del erario público.

Posibles alternativas

La inviable plastificación de la totalidad del Risco de la Nava nos lleva a buscar una salida en su desmantelamiento, cruz incluida, y en la recuperación como espacio natural de la vertiente sur de la peña. Evidentemente habría que verificar el valor artístico de cuanto orna el conjunto para su recuperación y traslado de lugar.

La zona abacial, la única utilizable, debería servir de base para un espacio de memoria de lo que significó el franquismo ante la aspiración de un Estado de Derecho, democrático, y donde, entre otras cosas, sea muestra de la construcción del complejo, de su documentación, de las condiciones de quienes allí trabajaron -obreros libres, presos políticos, empresas concesionarias…- y de las obras accesorias del mismo, de un centro de interpretación, biblioteca y archivo que consoliden lo ya existente en el monasterio, así como de auditorios y otras instalaciones que conformen y complementen su actividad. Y para mantener la memoria eclesial de lo que en su día fue aquello, habría que conservar el pequeño cementerio de monjes y la ermita que se construyó en el entorno, porque es importante hacer pedagogía del papel que mantuvo la Iglesia durante la dictadura, en general, y en este recinto en particular.

Publicado en el Nº 330 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2019

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