Literatura y revolución "...sangrienta e implacable... que deberá cambiar todo de forma radical". [Primera parte]El desafío La literatura rusa y después soviética del siglo XIX y XX está marcada por la revolución. No es posible pensar una sin la otra.

Antonio Fernández Ortiz. Historiador 03/03/2020

Todo tiene un comienzo, y el de este artículo está en un agradable encuentro en Madrid con mis amigos José Manuel Mariscal y Manolo Monereo durante el pasado mes de enero. “Antonio, ¿por qué no preparas un artículo sobre literatura rusa para Mundo Obrero?”, me preguntó Mariscal, como quien no quiere la cosa. Y lo que sigue es la respuesta parcial a su pregunta. Escribo “parcial” porque el tema es amplio y las limitaciones de espacio significativas, así que es esta una primera entrega de otros artículos semejantes que den continuidad a la idea.

La literatura rusa y después soviética del siglo XIX y XX está marcada por la revolución. No es posible pensar una sin la otra. En realidad puede decirse que son un mismo fenómeno. Y para intentar entenderlo conviene, como siempre, para empezar, que tomemos distancia.

I.- ¿Con quién están ustedes, maestros de la cultura?

En el año 1932, el escritor Maxim Gorkii, en un artículo publicado al mismo tiempo en los diarios Pravda y Izvestia de Moscú, dirigiéndose a los corresponsales de prensa norteamericanos, escribió: “Hay todavía una cuestión sobre la que deberían ustedes pensar: ¿consideran que 450 millones de chinos pueden ser convertidos en esclavos del capital europeo-norteamericano, en el momento en el que 300 millones de hindúes ya están empezando a comprender que para ellos el papel de esclavos de Inglaterra no ha sido en absoluto predeterminado por los dioses? Comprendan de una vez: unas cuantas decenas de miles de depredadores aventuristas desean tranquila y eternamente vivir a costa del esfuerzo de millones de trabajadores. ¿Es esto normal? Esto ha sido así. Esto es así. Pero, ¿tienen ustedes valor para afirmar que esto debe seguir siendo así, tal y como ahora es?”.

'Los sirgadores del Volga' (1873), de Ilya Repin. Reflejo de la explotación y opresión social bajo el zarismo


Cien años antes o cien años después de la fecha en la que fue publicado el artículo de Gorki variarán las cifras y quizá tengamos que cambiar el nombre oficial de algunos territorios, pero en lo fundamental, la situación de la periferia del capitalismo ha cambiado poco. Viene entonces a propósito la pregunta que sirve de título al artículo de Gorkii… “¿Con quién están ustedes, maestros de la cultura? Con los obreros … y por la creación de nuevas formas de vida o … por la conservación de esta casta de depredadores irresponsables”. (GORKI, 1932).

Esta es una de las principales preguntas que atormentaron desde sus inicios a la literatura rusa…

II.- Literatura e intelligentsia.

En formas más o menos evidentes, con desigual intensidad, Rusia vive en un continuo estado revolucionario desde principios del siglo XIX. En lo fundamental, el objetivo de este proceso es encontrar un modelo propio de modernidad que a su vez conlleve la solución de las grandes cuestiones de justicia social que atormentan a la humanidad, también desde la propia trayectoria histórica y cultural rusa.

Durante todo el siglo XIX tuvo lugar la eclosión de la cultura y con ella de la conciencia nacional rusa. La literatura, la ciencia, la filosofía, la historia o la economía, se convirtieron en componentes fundamentales del debate sobre el modelo de modernización que Rusia estaba buscando.

Las posiciones y actitudes que se generaron alrededor de este debate se radicalizaron muy pronto y dieron lugar a diferentes corrientes de pensamiento que, aun buscando un fin último, la industrialización y modernización de Rusia, pretendían llegar a este fin desde posiciones y modelos de desarrollo totalmente diferentes y enfrentados que llevaban a su vez implícitos modelos diferentes de construcción social con irreconciliables ideas y proyectos sobre la justicia social.

La cultura rusa está penetrada por un componente religioso muy acentuado al que podemos llamar “energía religiosa”, la cual se trasladó durante el siglo XIX a objetivos de naturaleza social a través del debate literario, filosófico y político. Esta energía religiosa dejó su particular impronta en el carácter nacional ruso y sobre todo en la naturaleza de la revolución: dogmatismo, ascetismo, alta capacidad de sufrimiento y de sacrificio, trascendentalismo, idealismo, fe en el progreso y en un futuro mejor, milenarismo, etc.

La literatura en Rusia está especialmente ligada al fenómeno de la intelligentsia, aunque en ningún caso forman un todo único. Es un fenómeno particular de Rusia y posteriormente de la URSS. Y aunque ya he hablado de este aspecto en otros escritos, conviene volver ahora sobre este asunto para una mejor comprensión de nuestro argumentario posterior.

La intelligentsia no es una clase social, no es un grupo político. En ningún caso puede ser homologada con el concepto “intelectual” presente en la cultura europea occidental. En Rusia, dentro del concepto intelligentsia, podía encontrarse gente que no desarrollaba ningún tipo de trabajo intelectual. Al mismo tiempo, muchos escritores e intelectuales no han querido verse encuadrados o considerados como intelligentsia.

Más que un grupo, el concepto de intelligentsia podría ser definido como una actitud ante la modernización, la cual no se corresponde con un claro perfil ideológico. Se puede ser parte de la intelligentsia desde las posiciones del marxismo más ortodoxo como desde las del capitalismo liberal y monetarista más radical. Nikolai Berdiaev decía que la intelligentsia nos recuerda a una orden monástica o a una secta religiosa con su moral específica, intolerante, con sus particulares criterios sobre moral y ética y con unas formas de comportamientos y costumbres propias (BERDIAEV, 1997). Veamos algunos de sus rasgos fundamentales:

• Ideas radicales de transformación y construcción social, a las que se ha entregado y ha defendido en todo momento con pasión religiosa.

• Defensa a ultranza del concepto de modernización desde una premisa fundamental: la de la imitación de los supuestos modernizadores representados por la experiencia histórica y cultural de Europa occidental. La intelligentsia es occidentalista por definición y en lo fundamental hegeliana. Reniega de la cultura rusa, a la que considera un lastre y a la que supone cargada de un nocivo asiatismo del cual la sociedad rusa deberá desprenderse para poder entrar en el curso de la Historia Universal. Volver a la Civilización Universal y a la Casa Común Europea, decía Gorbachov durante su perestroika, o lo que es lo mismo al seno del capitalismo central.

• Fanatismo e intolerancia. Cada grupo, círculo u organización, sin importar su tamaño o influencia se ha considerado en posesión de la verdad y ha buscado en su aislamiento con respecto a otros grupos u organizaciones la salvaguarda de su propia pureza y esencia revolucionaria. Esta actitud dio lugar a un tipo de persona cuya única especialidad y cuyo único trabajo era la revolución en sí misma, un característico tipo de revolucionario dogmático en lo ideológico y muy intolerante, para el que cualquier idea de transformación social se convertía en un dogma de naturaleza religiosa.

• Actitud cismática. Condicionada por su exacerbado dogmatismo, la intelligentsia ha vivido siempre en un permanente cisma. Primero, con ella misma, lo que se ha manifestado en la existencia de gran cantidad de grupos, círculos, corrientes, y organizaciones de todo tipo. Por otro lado, la intelligentsia, como un todo, ha vivido siempre absorta en sus propios debates, en un permanente cisma con el presente y con la historia. Presente y pasado han sido siempre considerados como atraso y manifestación del mal, encarnado en cada momento histórico por la máxima expresión del poder terrenal: el Estado.

• Antiestatismo. La lucha contra la autoridad, contra el Estado ha sido siempre un factor predominante, ya fuese contra la versión monárquica, soviética o liberal del Estado. Incluso después de la desaparición de la Unión Soviética y tras la instauración de un sistema político supuestamente basado en los principios de las democracias occidentales, la intelligentsia rusa revolucionaria y liberal no ceja ni un instante de considerar al Estado como su gran enemigo.

III.- El juez de conciencia.

Si todo el pensamiento ruso del siglo XIX estuvo ocupado en el debate sobre el vector de modernización que debería seguir Rusia, quizá fue Piotr Yakovlevich Chaadaev (1794-1856) el primero en plantear este debate. Su punto de partida fue la negación de la historia y del presente de Rusia. Negación que se convirtió después en una constante de la intelligentsia rusa occidentalista. La cuestión a dirimir era decidir el camino que debía seguir Rusia: la imitación del modelo occidental o un camino propio marcado por sus propias particularidades históricas.

Chaadaev, argumentando que Rusia no ha aportado nada a la civilización universal, resaltó a la contra que precisamente en esa particularidad reside su potencial. Rusia está llamada a convertirse en la gran esperanza del mundo y el pueblo ruso está llamado a llevar a cabo una gran misión. "De nosotros puede decirse que formamos parte de una excepción entre los pueblos … [que] existen solamente para dar una gran lección al mundo" (CHAADAEV, [1829] 1991, p. 326).

Esta afirmación, realizada en la primera de sus Cartas Filosóficas, fue matizada más tarde: "Considero que nosotros hemos llegado después que otros pueblos, para hacerlo mejor que ellos, para no caer en sus errores, en sus equívocos y supersticiones. ... Es más: yo tengo el profundo convencimiento de que estamos llamados a solucionar la mayor parte de los problemas de tipo social, a llevar a cabo la mayor parte de las ideas que han aparecido en las viejas sociedades, dar respuesta a los más importantes problemas que ocupan a la humanidad. Yo con frecuencia he dicho y con gusto repito: nosotros, por así decirlo, por la propia naturaleza de las cosas, estamos destinados a ser el verdadero juez de conciencia en muchos de los juicios que se debaten ante los grandes tribunales del espíritu humano y de la sociedad humana" (CHAADAEV, [1837] 1991, p. 534).

El desafío planteado por Chaadaev fue asumido por la literatura rusa con toda su crudeza, incorporando desde muy pronto en su narrativa el debate político. En un proceso complejo, los artistas y, sobre todo, los escritores rusos superaron tanto el temor a incluir las cuestiones sociales y en especial la búsqueda de la justicia social en sus obras, como el temor a acercarse en profundidad al misterio de la vida y de la muerte, al misterio de la mente humana y de sus componentes irracionales. En estos asuntos llegaron a sobrepasar en numerosas ocasiones los límites de la creación literaria.

Paralelamente los escritores rusos plantearon también muy temprano el debate sobre la misión social del arte, y en particular de la literatura, y sobre el servicio a la sociedad que debía prestar el artista y el escritor. Los grandes escritores rusos se enfrentaron siempre a la sociedad que les rodeaba y presentaron sus alternativas populares y colectivistas, a través de sus obras.

Para una parte mayoritaria de autores, la literatura se transformó muy pronto en una misión social cuasi religiosa, expresión de la “energía religiosa” de la que hablábamos antes. Autores, como Gogol, Dostoevskii o Tolstoi, por poner como ejemplo a tres de los más grandes autores rusos, vivieron siempre atormentados en ese conflicto religioso, social y político.

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Available at: http://www.hist.msu.ru/ER/Etext/nechaev.htm [Último acceso: 19 01 2018].
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