Clave de sol

Los grandes hombres de Melanesia: “Cerdos para los antepasados”Bandas, tribus y jefaturas II Los “grandes hombres” trataban de hacer crecer de forma obsesiva su reputación, estableciendo relaciones personales de compulsión o reciprocidad con otros “grandes hombres”. Su ambición laminaba las formas igualitarias de distribución de poder.

Sol Sánchez Maroto 25/03/2020

Entre los primeros -por lo precario de su autoridad- de esos jefes de los que hablaba aquí mismo el mes pasado al referirme a los eslabones (Bandas, tribus y jefaturas) que llevan de la organización igualitaria a la centralización del poder, están los conocidos como “grandes hombres” que dominaron durante mucho tiempo en lugares de Melanesia, como Papúa Nueva Guinea o las Islas Solomon.

Por aquellos lugares algunos individuos alcanzaban autoridad política -similar a la de un cacique- dependiendo de su capacidad para ganar seguidores con donaciones y préstamos. Podríamos comparar su talante con la de un burgués que combina un público y aparente interés por el bienestar de la comunidad, con acciones más profundas de astucia y cálculo económico siempre en su propio beneficio, porque en realidad cada una de sus acciones (que atraían a su alrededor un séquito de hombres de menor rango) buscaban mostrar, a través de la competición y la comparación individual con otros, una posición superior producto de sus cualidades personales.

Dentro de su facción, cada uno de estos líderes melanesios tenía una verdadera capacidad de mando; fuera de ella, sin embargo, solo influencia indirecta en el mejor de los casos. Esta fragmentación competitiva de la autoridad impedía organizar a mucha gente para lograr fines colectivos, lo que irremediablemente acababa generando problemas para el conjunto de la comunidad. Para superarlos, los “grandes hombres” melanesios trataban de hacer crecer de forma obsesiva su reputación, estableciendo relaciones personales de compulsión o reciprocidad con otros “grandes hombres” u hombres-centro.

Así, lo político se convertía en una especie de tejemaneje personal, y tanto la extensión de las facciones como la importancia de los líderes eran siempre decididas en la pura competición entre hombres ambiciosos, ya que la sociedad en su conjunto no les atribuía la autoridad, sino que su liderazgo era una mera creación de sus seguidores.

Esos seguidores mantenían diversas relaciones con el líder y su obediencia y lealtad, que debían ser continuamente reforzadas, resultaban de las motivaciones que sostenían esas relaciones particulares, la mayoría de ellas, construidas sobre la reciprocidad económica inicial entre un hombre centro y sus seguidores que al final siempre se convertía en contradictoria porque las competiciones con otros “grandes hombres” se medían por la capacidad de dar a extraños más de lo que la facción habitualmente se podía permitir.

En una obra ya clásica de la antropología, Cerdos para los antepasados, Roy Rappaport describía a finales de los 60 el ritual del kaiko de los tsembaga maring, un pueblo de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea. La intención de Rappaport iba encaminada a dar una explicación funcional entre los rituales y la ecología social, pero por el camino nos regaló una valiosa descripción etnográfica que retrataba cómo los aspirantes a “grandes hombres” debían desplegar todo tipo de artimañas para conseguir mujeres que cuidaran de sus cerdos, suficiente tierra –en un lugar muy árido- donde cultivar los tubérculos que los alimentasen, y por supuesto muchos cerdos que sacrificar en el kaiko que era una fiesta ritual que en realidad duraba un año y finalizaba con la matanza de cerdos y la distribución de carne. Y en lo opulento de esos banquetes, por encima de sus posibilidades, se daba la competición que encumbraba y arruinaba a los hombres centro.

Esos “grandes hombres” en realidad tan pequeños, pioneros de las redes clientelares que hoy todavía nos resultan tan familiares, y cuya ambición laminaba las formas igualitarias de distribución de poder y a la vez paralizaban avances hacía otras, no dejan de resultarnos todavía muy cercanos. Esas formas de organización donde parece que todo está a punto de despegar y pasar a la siguiente fase, y repentinamente vuelven a la casilla de salida, probablemente tengan mucho más que ver con los tsembaga maring y con sus cerdos para los antepasados de lo que inicialmente podríamos haber sospechado.

Publicado en el Nº 333 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2020

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