Ni dios ni amo

El campo Antes era el señorito, el terrateniente, a quien veían llevarse el fruto de su trabajo. A él le maldecían porque conocían su rostro. Pero ahora, ¿a quién conocen?

Benito Rabal 02/04/2020

Vivo en lo que se ha dado en llamar la Huerta de Europa. Por las estrechas carreteras que se perfilan entre la línea de costa y la Sierra protectora de los fríos, no cesa el ir y venir de traylers cargados de lechugas, tomates, brócoli, apio, pimientos y todo tipo de alimento cultivado que se pueda ocurrir, con destinos lejanos hacia el Norte, siempre al Norte.

En los campos, que no hace tanto eran desierto, desde el goteo y el invernadero, la tierra descansa poco. Se recoge una cosecha y ya se planta la siguiente. Tras la lechuga, la sandía y el melón; después calabaza. Por eso siempre se ve gente en ellos. Agachados cuando siembran los plantones, agachados cuando colocan el riego, agachados cuando atan las matas, agachados cuando las recogen. Magrebís, senegaleses, mauritanos, saharauis, también murcianos. Siempre agachada gente del Sur, siempre del Sur.

Mis amigos y parientes, a las cuatro de la mañana, se levantan para regar. Para ellos el domingo rara vez existe. Siempre pendientes del tiempo; si lloverá, cómo y cuánto; en invierno que no hiele; en verano, en el invernadero, entre cincuenta y sesenta grados de calor. Y además, la “tuta”, la mosca del tomate, las plagas…

Con ellos he ido a la corrida, el mercado donde se venderá su esfuerzo al mayor. El tomate con suerte, a cuarenta céntimos, la lechuga, a diez. El brócoli, como al día siguiente de recogerlo ya no luce, si el primer corte ha sido bueno, las cámaras frigoríficas de los mayoristas están repletas y ya no vale una mierda. Para las grandes superficies y supermercados todo tiene que tener el mismo peso y tamaño, igual aspecto, perfecto como foto de catálogo, homogéneo. El resto a tirarlo o alimento de ganado.

Les veo por la tarde en el bar comentando a cómo lo han vendido. Comentando a cómo lo venderán. Cómo, tras pasar por múltiples manos, tras perder su sabor por los cambios en la cadena de conservación, aumentará el precio de manera escandalosa. Y entonces piensa alguno que la espinaca se ha pagado bien y que el año que viene plantará espinacas. Y lo piensa alguno y alguno más y alguno más y al año siguiente, la espinaca baja y la esperanza de un buen año se desvanece.

Pero la desesperanza no sirve y mañana habrá que seguir. Entonces las conversaciones giran sobre el mundo que ven en la televisión y a coro cargan contra quienes creen que son la causa de la injusticia. A coro salen de su boca barbaridades contra políticos que rara vez han trabajado en el campo y ecologistas que, a su parecer, solo lo pisan de excursión aunque pretendan darles lecciones de cómo tratar la tierra.

Los mayores piensan que era más fácil antes. Antes era el señorito, el terrateniente, a quien veían llevarse el fruto de su trabajo. A él le maldecían porque conocían su rostro. Pero ahora, ¿a quién conocen?

Y sin embargo, ahí están. Se les ve con su carita de buitre bronceada ocupar las páginas de los periódicos, llenar los restaurantes de lujo, opinar sobre cómo solucionar los problemas que ellos mismos han causado, protestar sobre la situación de crisis mientras tintinean las monedas en sus bolsillos repletos, evaluar sus futuras ganancias cuando deslocalicen sus empresas, cobren subvenciones y despidan a sus empleados, cuando el campo en el que invierten les deje de ser rentable y lo abandonen por otro más lejano, sin controles sanitarios y de costes más reducidos.

Son ellos los nuevos jinetes del Apocalipsis, sin más patria que el dinero, ni más moral que el beneficio.

Para nosotros, curtidos en mil luchas, escultores de un mundo nuevo, son viejos conocidos. Pero anclados en una concepción antigua del campo, se nos ha olvidado mostrárselos.

Publicado en el Nº 333 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2020

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