En el centenario del PCEContra la guerra y la dominación colonial El centenario debe ser una oportunidad para la lucha de ideas, para el avance de las propuestas políticas que el PCE defiende y que están en la raíz de su configuración y que forman parte de su programa.

Mauricio Valiente Ots. Responsable de la Comisión Preparatoria del Centenario del PCE (1921 / 2021) 21/04/2020

El 15 de abril se anunció la comisión que preparará las actividades del Centenario del PCE. La fecha elegida fue la del aniversario de la fundación del Partido Comunista Español, conocido como el de los cien niños por su origen en las Juventudes Socialistas. Un año más tarde se crearía un segundo destacamento, el Partido Comunista Obrero Español, que, tras la intervención de la Internacional Comunista para unir a los dos partidos, daría como resultado el Partido Comunista de España el 14 de noviembre de 1921.



El centenario no quiere ser sólo un ejercicio de memoria histórica, en el que se recuerden los hitos de la lucha del PCE desde la época de la Restauración hasta el momento actual, a través de regímenes como la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, el franquismo o el de la Constitución de 1978. El Grupo de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas lo hará con su reconocida competencia en forma de conferencias, artículos y libros. Un ejercicio necesario, de mucho interés sin duda, pero no suficiente para un partido vivo que aspira a transformar la sociedad.

Por la razón que acabo de señalar, el centenario debe ser una oportunidad para la lucha de ideas, para el avance de las propuestas políticas que el PCE defiende y que están en la raíz de su configuración y que forman parte de su programa. El centenario será, además de un acontecimiento histórico, un elemento más de la coyuntura en la que nos desenvolvemos, cuando la derecha vuelve a acudir a su viejo lema del peligro del comunismo.

Movimiento por la paz

Uno de los principios rectores que debe destacar el centenario es la importancia de la defensa de la paz, la cooperación internacional, la resistencia contra las guerras imperialistas y la denuncia de las prácticas coloniales que, una vez abandonada la dominación directa por las grandes potencias capitalistas, adoptó formas no por más sutiles menos perniciosas, que se arrastran hasta nuestros días.

Muchos de los que militamos en el PCE actual, al menos los que son de mi generación, tuvimos como escenario de nuestra primera experiencia de movilización masiva la lucha contra la entrada de España en la OTAN, por la retirada de las bases militares y en defensa de una neutralidad activa, la mejor contribución que nuestro país podía hacer para frenar la carrera armamentista y generar un orden internacional basado en la cooperación y el respeto a la soberanía de los pueblos. Izquierda Unida fue conformada, en gran medida, gracias al espíritu unitario que presidió la masiva protesta social de esos años de felipismo atlantista, con figuras tan lamentables en el panorama internacional como Ronald Reagan y Margaret Tatcher.

Años más tarde, las movilizaciones contra las guerras del Golfo demostraron la relevancia del movimiento por la paz en nuestro país y su capacidad para echar por tierra las mentiras de los belicistas, como ese trío de las Azores con un Aznar pletórico en su papel de comparsa de las grandes potencias.

Pues bien, nos debemos preguntar si el papel tan activo del PCE fue fruto de un momento coyuntural o si respondía a las señas de identidad del movimiento comunista, tal y como se cristalizó en la década de los veinte del siglo pasado. Es una pregunta pertinente porque una de las artimañas ideológicas que han utilizado los defensores del capitalismo para intentar desacreditar al movimiento comunista ha sido calificarlo como defensor de una violencia irracional, perturbador de una supuesta paz y tranquilidad preexistentes, generador de desórdenes y guerras.

Sin embargo, el dato decisivo, la cruda realidad, es que el movimiento comunista internacional en su versión contemporánea surge de la bancarrota de la Segunda Internacional, cuando sus principales partidos votaron a favor de los créditos de guerra en lo que se denominó la Unión Sagrada con quienes ejercían el poder en sus países (Alemania, Francia, Reino Unido), al abandonar los intereses de la mayoría social trabajadora frente a la dinámica belicista y el chovinismo exacerbado. Sin duda que hubo más factores que determinaron la disyuntiva que atravesó por esos años a todos los partidos obreros pero no se puede negar que el detonante fue la posición mantenida ante el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Porque no todos cedieron ante una locura que provocaría cientos de millones de muertos y marcaría el resto del siglo XX con secuelas y nuevos conflictos. Hubo quienes alzaron su voz y lo pagaron caro, como el dirigente socialista francés Jean Jaurès que sería asesinado a los pocos días del estallido de la guerra. Tampoco se entendería el triunfo bolchevique en el imperio zarista sin el hartazgo ante la guerra y la posición tajante de Lenin sobre la necesidad de poner fin al conflicto, una decisión nada fácil y que provocó la intervención directa en el suelo de la Rusia soviética de las principales potencias capitalistas.

Una de nuestras señas de identidad

Tanto repetir los defensores del capitalismo sobre los millones de muertos provocados por el comunismo, un discurso interesado para justificar medidas como la resolución de 19 de septiembre de 2019 del Parlamento Europeo, y ni una sola referencia autocrítica a una de las peores carnicerías que provocaron la codicia de los grandes Estados y sus burguesías dominantes en todo el siglo XX. Codicia provocada en gran medida por su ambición de control territorial y la agresión colonial que llevaron hasta el último extremo del planeta, un pequeño detalle que a veces se les olvida a estos demócratas sin tacha. Parece claro que, si se pretende desacreditar al movimiento comunista con este tipo de relatos, es porque sigue siendo la única alternativa a su hegemonía.

Este fue el contexto en el que surgió el PCE y esta es una de nuestras señas de identidad: desolación ante la barbarie bélica, necesidad de desenmascarar lo que ocultan quienes promueven las guerras, articulación de un movimiento por la paz y la soberanía de los pueblos. En España, en los años veinte, todavía reinaba en los ambientes intelectuales el pesimismo por el desastre de 1898, con la pérdida de las últimas colonias a manos de los Estados Unidos, incluso entre sectores progresistas. Pocos señalaron que el verdadero desastre era el colonialismo y sus crímenes que están en el origen de la acumulación primitiva del capitalismo.

Es cierto que el debate en España tuvo sus matices con respecto al que se produjo en otros países, al no participar de forma directa en la guerra y producirse un agudo conflicto entre aliadófilos y germanófilos, que correspondía al eje izquierda/derecha. Pero no cabe duda de que el PCE fue de los pocos partidos que se opuso sin medias tintas a la guerra colonial en Marruecos, agravada con el final del conflicto bélico en Europa. Una locura criminal que llevó a la muerte a decenas de miles de reclutas españoles y a acciones como la utilización de armamento químico en el Rif para intentar frenar la rebelión de Abd-el-Krim. Una posición que le llevó a ser una de las organizaciones más perseguidas en los últimos años de la Restauración y durante todo el régimen de Primo de Rivera.

Este elemento, que como vemos ha estado presente desde la fundación del PCE, sigue siendo hoy más necesario que nunca. El capitalismo no ha cambiado de naturaleza, necesita las guerras para mantener su hegemonía. Lo estamos viendo cuando, en el actual contexto de crisis provocada por el Covid-19, el gobierno de los Estados Unidos aprovecha para estrechar el cerco a Cuba y amenaza a Venezuela con la intervención armada.

Celebraremos nuestro centenario recordando nuestra historia y sin dejar de construir el movimiento contra la guerra que tanto necesitamos.

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