Sin generosidad ni agilidad para responder a la emergenciaLa Unión Europea retrasa de nuevo la respuesta a la crisis de la pandemia La inexistente generosidad y la falta de agilidad para responder a la emergencia, está mostrando muy a las claras que la Unión Europea no es una unión de los pueblos de Europa.

Manu Pineda. Responsable de Internacional del PCE y eurodiputado de IU 24/04/2020

El Consejo de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea volvió a cerrarse sin un acuerdo claro que ponga las bases para evitar los graves perjuicios sociales y económicos que ya está dejando ver la pandemia del coronavirus. Una vez más, y es la cuarta desde que comenzó esta crisis, Alemania y Holanda nos enseñaron que el único concepto de solidaridad que entienden es uno en el que solo salen ganando ellos. Lo peor de todo es que se pactó no pactar más que lo que llevamos esperando semanas: una respuesta conjunta.

Y se le encargó a la Comisión Europea que ponga el nombre, cuánto dinero vamos a necesitar y las reglas del juego. Unas reglas que está cada vez más claro que quedan muy lejos de la propuesta del gobierno de España de establecer un programa de 1,5 billones de euros, prácticamente a fondo perdido, para que países como el nuestro puedan hacer frente en las mejores condiciones a la gran recesión que todos los organismos internacionales están pronosticando.

Así pues, hasta mayo no sabremos en qué consiste. Pero no habrá -o al menos no será total- lo que se ha denominado mutualización de la deuda. Es decir, que todos los países paguen la reconstrucción de los otros, sin importar el dinero que hayan aportado a ese fondo. Es lo menos que se podía esperar de una Unión que dice defender los derechos humanos y unos valores que parecen ser mejores a los del resto del mundo.

Un club dirigido por Alemania

La inexistente generosidad y la falta de agilidad para responder a la emergencia, está mostrando muy a las claras que la Unión Europea no es una unión de los pueblos de Europa. La UE, tal y como está concebida, y lo hemos denunciado siempre, es un club en el que la mayoría de sus miembros han cedido soberanía para ponerla al servicio de los intereses de las grandes multinacionales y la banca. Un club dirigido por Alemania, que marca el ritmo económico gracias a una capacidad industrial construida sobre las cenizas del tejido productivo de los países del Sur. Y en el que Holanda se enriquece gracias a aplicar unas normas que se asemejan a las de un paraíso fiscal. Mientras, los Estados de la periferia, como España, Italia o Grecia, son condenados a malvivir del sector servicios, convirtiéndose así en los más vulnerables a cualquier crisis.

España, que es consciente de lo que se juega, llevaba una propuesta coherente y bien construida en torno a esa idea de solidaridad y de unión de pueblos. Con una cifra concreta, 1,5 billones de euros, y un funcionamiento que permitiría que no paguemos el pato los de siempre: repartir los fondos en función de las necesidades de las
economías de cada país y que la deuda la asumamos entre todas y todos los miembros de la UE.

No es necesario insistir en las consecuencias que tuvo la línea austericida que, con Alemania al frente, se impuso a nuestros países tras la crisis financiera de 2008. Esta vez quizá sea más suave y los hombres de negro se transformen en hombres de gris que vengan a ver las cuentas de nuestro gobierno y se vayan con un informe para Bruselas. Pero corremos el riesgo de que esos mismos mandatarios no hayan aprendido nada y nos impongan nuevos recortes en los servicios públicos.

La solidaridad, hasta ahora, nos ha llegado a algunos desde fuera. China, Rusia y Cuba tuvieron que acudir al rescate de Italia mientras Alemania miraba hacia otro lado. Los dirigentes de la Unión Europea deberían ser capaces de entender que, mientras esos países envían médicos y ayuda sanitaria y económica, la Unión Europea se ahoga en la insolidaridad, en peleas entre Estados y miserables imposiciones a los países más desfavorecidos y a la población con menos recursos. Mientras Estados Unidos y la OTAN envían soldados y recurren a sanciones económicas e imposiciones políticas.

En la Europa que anhelamos no cabe el egoísmo. Sus dirigentes y sus organismos deberían ser conscientes de las consecuencias, probablemente irreparables, que tendrá para la población del continente recurrir a las mismas fórmulas de ayer. Tendrían que evitar recrearse de nuevo en el fracaso, renunciar a imponer la pobreza y la asfixia a millones de europeos. Deberían reflexionar sobre el alarmante futuro que quieren reservar a buena parte de los países de la Unión.

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