75 aniversario de la derrota del nazi-fascismoLa gran falsificación Demasiados europeos todavía creen que fue Estados Unidos y no la Unión Soviética quien derrotó al nazismo.

Manuel González 09/05/2020

El 8 de mayo de 1945, el alto mando alemán firmaba la rendición ante representantes de la Unión Soviética, Estados Unidos y Gran Bretaña y se ponía fin a la Segunda Guerra Mundial en territorio europeo. Ese día, el primer ministro británico, Winston Churchill, enviaba el siguiente telegrama a Stalin: Las generaciones futuras reconocerán su deuda con el Ejército Rojo en una forma tan franca como lo hacemos nosotros que hemos vivido para presenciar estas pujantes hazañas.

Hoy, la mayoría de la población europea cree que la Segunda Guerra Mundial fue un episodio en el que un puñado de valientes y sacrificados soldados estadounidenses, con la ayuda de algún británico, salvaron a Europa de las garras de Hitler y del nazismo.

Franklin Delano Roosevelt envió a Stalin el siguiente mensaje tras la batalla de Stalingrado en febrero de 1943: En nombre del pueblo de Estados Unidos deseo expresar al Ejército Rojo nuestra profunda admiración por sus magníficos logros, no superados en toda la historia. El Ejército Rojo y el pueblo ruso con toda seguridad han iniciado el camino hacia la derrota definitiva de las fuerzas de Hitler y se han ganado la admiración duradera del pueblo de Estados Unidos.

La criminal matanza de Hiroshima y Nagasaki inició un cambio de rumbo en el que se pasó del reconocimiento del sacrificio soviético a la equiparación entre el comunismo y el nazismo, entre Hitler y Stalin.

La dimensión de la tragedia de la guerra debería haber provocado una reflexión honesta sobre sus causas y haber creado un clima de coexistencia pacífica. Sin embargo, la posesión del arma atómica llevó a Truman y a Churchill a resucitar su vieja aspiración de clase: acabar con el país de los soviets. El aliado de los últimos cuatro años se tenía que convertir en un horrible enemigo. Y había que construir un relato que lo justificara.

La guerra fría cultural de la CIA

En junio de 1947, el general y Secretario de Estado George Marshall anunció el plan de ayuda económica que llevaría su nombre, dirigido a sacar de la crisis a los países de la Europa devastada por la guerra que no estuviesen en la órbita soviética. Una parte importante de estos fondos fueron utilizados en secreto para la guerra psicológica.

Se creó dentro de la CIA la Oficina de Coordinación de Políticas (OPC), un departamento especial para operaciones secretas. Se había organizado un programa de reclutamiento de nazis, a los que se permitía entrar en Estados Unidos blanqueando su pasado a cambio de ayudar en la lucha contra el comunismo. Se movilizaba al mundo cultural, dentro y fuera de Estados Unidos, contra el comunismo. El libro La CIA y la guerra fría cultural, de la historiadora y periodista Frances Stonnor, editado por AKAL, aporta abundantísima documentación sobre esta operación de los servicios secretos. En 1948, el gobierno laborista de Clement Attlee creó el Departamento de Investigación de la Información (IRD). Su misión principal era atacar a la URSS y al comunismo. Lo mismo que su prima hermana, la OPC de la CIA.

El 4 de abril de 1951, Truman creó el Consejo de la Estrategia Psicológica, que tenía como objetivo coordinar las múltiples actividades de la propaganda encubierta. El plan se hizo papel en el documento PSB D-33/2, mantenido en secreto hasta 2005. El anexo B del plan, que trata de los trabajos de la CIA, no se desclasificó hasta 2012. No nos consta que ambos documentos los haya difundido algún medio de comunicación en España. El primer objetivo del plan era crear confusión, dudas y pérdida de confianza mediante estudios objetivos académicos que enfaticen las contradicciones, inconsistencias y vulnerabilidades del comunismo. Fue la base de un bombardeo ideológico, empeñado en equiparar nazismo y comunismo. Contaron para ello con el grueso de la industria de la cultura: el cine, la televisión, la radio, los libros y los periódicos. Todos unidos en resaltar los aspectos negativos, reales o inventados, del comunismo y minimizar o silenciar los positivos.

Setenta y cinco años después, es de mínima justicia reconocer lo que debemos a la Unión Soviética y a los comunistas: la derrota de los nazis, las políticas de bienestar social que se implantaron en Europa tras la guerra y que no haya habido más hongos nucleares como los de Hiroshima y Nagasaki.

En estos momentos en que vuelve a repuntar la histeria anticomunista, me parece oportuno rescatar las palabras del escritor alemán y Premio Nobel de Literatura Thomas Mann, escritas a comienzo de los años cincuenta: Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazifascismo, en la medida en que ambos serían totalitarios, en el mejor de los casos es una superficialidad y en el peor es fascismo. Quien insiste en esta equiparación puede considerarse un demócrata pero en verdad y en el fondo de su corazón es en realidad un fascista y, desde luego, sólo combatirá el fascismo de manera aparente e hipócrita mientras deja todo su odio para el comunismo.

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