Ángel Alcázar, el Evangelio como primer Manifiesto Comunista

Mariángel Alcázar. Periodista 11/05/2020

Hace unos días, rebuscaba entre sus papeles algún escrito suyo referente a cómo los cristianos progresistas de los años 50 acabaron uniendo su causa a los partidos comunistas en un frente común: la defensa de los derechos de los trabajadores. Un encargo del director de Mundo Obrero le había alegrado el confinamiento y, pulcro y entusiasta como siempre, se disponía a actualizar sus textos para volver a demostrar que el Evangelio era, en realidad, el primer manifiesto comunista. En esas estaba Ángel Alcázar (Tarazona, 1927) cuando sus riñones dijeron hasta aquí hemos llegado y dejó de correr mundo, la expresión que definía su inmensa vitalidad, curiosidad y, sobre todo, su compromiso sindical, político y social.

Ángel Alcázar murió el 8 de mayo, tan vivo como cuando en 1957 entró a formar parte de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), un movimiento fundado diez años antes por Guillermo Rovirosa (a quien la historia parece haber olvidado) que fue el germen de la reconstrucción del movimiento obrero durante el franquismo.

Desde la HOAC y de la mano de sus amigos del barrio de Horta (Barcelona), fueron sumándose más jóvenes como ellos de otros barrios que, desde sus principios cristianos, llegaron a la conclusión de que era mejor empezar a construir en la tierra el prometido reino de la Justicia. De momento montaron, siguiendo un modelo de los sindicatos suecos, una cooperativa de viviendas, en la que ellos mismos trabajaron en las obras, con pisos dignos, zonas verdes, escuela autogestionada y cooperativa de consumo, en unos tiempos de emigración a Barcelona y escasez de viviendas en los que la Obra Sindical del Hogar dominaba el mercado y utilizaba la concesión de pisos premiando a los buenos obreros y dejando fuera a los descarriados.

El PCE y el PSUC en Catalunya se dieron cuenta de que aquellos entusiastas luchadores por los derechos laborales, medio tolerados por el franquismo gracias a su muy católica denominación, eran sus aliados perfectos para pasar a la acción. En una alianza, que a muchos les sigue pareciendo una herejía, los de la HOAC y los del PCE/PSUC empezaron a gestar las Comisiones Obreras. Alcázar siempre se sintió cómodo en la doble militancia y, con su profunda fe y su activismo incansable, se encargó de difundir el mensaje tanto en los ambientes cristianos como en los sindicales. Aprovechando la etapa de estabilización económica, en 1960, coordinó la campaña contra el paro organizada por la HOAC y como responsable acabó convenciendo a los militantes para girar hacia el compromiso sindical y político montando una trama en diferentes centros de trabajo de la que nacieron las primeras Comisiones Obreras.

El 20 de noviembre de 1964, en la iglesia de Sant Medir de Barcelona, se constituyó la primera asamblea de las diferentes comisiones obreras a la que acudieron 300 trabajadores, infiltrados todos en los denominados Jurados de Empresa del sindicato vertical. La comisión gestora formada por Joan Folch, Pere Rica, Luis Moscoso, Joan Navarro, Josep Coscubiela y Ángel Alcazar, por medio del PSUC, divulgó 70.000 manifiestos con la petición de un salario mínimo mensual de 200 pesetas (1,2 euros), libertad sindical y derecho de huelga.

El ideario de CCOO pronto se extendió por los centros laborales y sobre todo en industrias como Seat, Montesa, La Maquinista y otras grandes fábricas, donde empezó a crecer un movimiento reivindicativo que el franquismo cortó de raíz. La comisión obrera central, excepto Folch que logró escapar a Francia, fue detenida y encarcelada, al igual que muchos de los dirigentes de diferentes industrias.

Ángel Alcázar consiguió que le dejaran tener una Biblia en la cárcel Modelo y cuando el funcionario se la entregó le dijo que iría al infierno si se seguía juntando con comunistas pero fue el preso quien finalmente casi convence al carcelero de que si quería ir al cielo mejor se hacía cristiano o comunista.

La prisión no hizo mella en él, al contrario, y siguió militando en la HOAC, en CCOO y en el PSUC y, al tiempo, junto a Antonio Navarro, creó la Escuela de Formación Social de Barcelona, dentro de la Escuela Profesional del Clot, donde, además, ejerció de profesor de Historia del Movimiento Obrero junto con otros miembros de la HOAC y otros luchadores antifranquistas como Jordi Solé Tura, Pasqual Maragall, Alfonso Carlos Comín, Juan N. García Nieto, Manuel Jiménez Villarejo, José Antonio González Casanova y otros. Fue, con apoyo de los jesuitas, un granero de militantes y formó en conciencia social a miles de personas.

Su extrema honradez y su carácter insobornable

Una vez legalizados los sindicatos y los partidos políticos, Ángel Alcázar rechazó formar parte de las listas electorales. No creía que la lucha acabara en un sillón ni que fuera en el Congreso y siguió dando guerra en la calle. Junto a Alfonso Carlos Comín y Juan N. García-Nieto impulsó la creación de Cristianos para el Socialismo, siguiendo los principios de la Teología de la Liberación. El místico, el pensador y el activista se entendían y complementaban pero la muerte temprana de Comín y más tarde la del entrañable Nepo hicieron que Alcázar buscara nuevos aliados y nuevas causas perdidas por las que combatir. Ya jubilado, a finales de los ochenta, impulsó varias entidades como Kairós, el Comité Óscar Romero, Acció Solidaria contra l`Atur y algunas más, porque lo que más le gustaba del mundo eran sus grupetes.

Jamás cedió en sus ideales pero se alejó de la primera línea y se dedicó a sus otras pasiones: la historia y Tarazona, su pueblo natal. Pero como no sabía estarse quieto, en Tarazona creó la Asociación Moshé de Portella para recuperar el legado judío de la ciudad y también, puestos a reivindicar, hasta impulsó una fundación para rescatar la figura de la cupletista Raquel Meller, nacida en Tarazona.

De regreso a Barcelona, después de pasar los primeros años de la jubilación en Tarazona, se enroló en las tertulias políticas de Radio Premià, esta vez dando caña al independentismo y a todo lo que le oliera a mezquindad. Todos los que le conocieron, recuerdan ahora, no solo su compromiso político, sindical y social, sino también su cultura enciclopédica, su entusiasmo por la vida y, además, su capacidad, para revivir la historia y explicar, como si él hubiera estado delante, lo que Abderramán III le dijo a su amada Azhara antes de construirle una medina a las afueras de Córdoba.

Pero si hubo en su vida un rasgo que lo definía por encima de todo era su extrema honradez y su carácter insobornable y a veces airado. Se negó a cobrar las indemnizaciones que el PSOE aprobó para los presos políticos del franquismo y, cuando los de CCOO le llamaron para decirle que se le pasaba el plazo, les contestó que su lucha no tenía precio y que más valía que hicieran un fondo común con las indemnizaciones que correspondían a los viejos militantes y las destinaran a los parados. Una degeneración macular le dejó casi ciego y cuando la ONCE le ofreció, gratis, unos artilugios para que pudiera leer se negó a aceptarlos y los pagó, alegando esta vez que se los dieran a quienes no podían conseguirlos. Eso sin contar que tampoco aceptó la placa de minusválido que le correspondía por la ley de discapacidad, porque su coche lo conducía yo, su hija, y no se fiaba de que un día entrara en un parking y, por falta de plazas, me colocara en la de los minusválidos. Ese era mi padre, a quien muchos compañeros de lucha recordarán como hombre comprometido y en quien yo sigo viendo la imagen con la que él más se identificaba, con palabras prestadas de su amigo el obispo Pere Casaldáliga: El soldado derrotado de una causa invencible.

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