Una estrategia económica propia La renta básica siempre ha sido discutida.

Alejandro Quesada 11/05/2020

Hace unas semanas se produjo una pequeña crisis de gobierno a cuenta del Ingreso Mínimo Vital (IMV). Un desajuste temporal, un malentendido, un whatsapp que no hizo doble check entre el Ministerio de Inclusión y Seguridad Social y la Vicepresidencia de Derechos Sociales. Que si lo hacemos puente, que si acueducto o que si obra terminada. El asunto, que es importante y del que evidentemente dependen muchas familias de este país en estos días y en los días que están por venir, goza de consenso entre buena parte de los economistas de prácticamente todas las familias. Ahora es importante para tapar los agujeros que ha dejado la ausencia de ingresos, mañana será importante para darle un empujoncito a la demanda y que la máquina (el capitalismo) no deje de girar.

Hasta ahí, como digo, el consenso es amplio. Diferencias entre el alcance y la cuantía pero no en el fondo de la cuestión. Sin embargo, parece obvio que ese empujoncito de demanda no va a ser suficiente y que, en todo caso, servirá como protección contra la inanición… y poquito más. Por eso las grandes preguntas llegarán un poco después. ¿Cómo se reactiva una economía tras un shock de éste calibre? Y, aunque entraremos en la pregunta en sí más adelante, las propuestas sobre la mesa por parte de la izquierda son prácticamente dos: más Ingreso Mínimo Vital (léase, mayor cuantía y llamarlo Renta Básica) y la propuesta del trabajo garantizado. Y, francamente, ambas profundamente insatisfactorias desde un punto de vista emancipador.

Empezando por la Renta Básica (RB), su razón de ser coyuntural es evidente: meter más dinero en el bolsillo de las personas para activar compras, gasto, inversión, etc. Aquí el debate estará servido porque la RB siempre ha sido discutida a un lado y a otro. Desde la izquierda se ha criticado por ser el caballo de Troya del individualismo y de la retirada del Estado. Es fácil entender que si se da dinero ya se transfiere la responsabilidad a los ciudadanos en lugar de al Estado. Desde la derecha la crítica viene habitualmente a cuenta de que la RB es una distorsión del Estado en la economía y que desincentiva la búsqueda de empleo. Lo bonito de la RB es que es criticada por la izquierda y la derecha porque, a su vez, es apoyada por la derecha y por la izquierda. Centrándonos en el argumento positivo de las corrientes más a la izquierda, la RB es una impugnación del trabajo como medio de vida, es un torpedo en la línea de flotación del sistema productivo porque, si quieres, puedes decidir no trabajar, una suerte de huida del capitalismo. Y esto, suena bien, pero huele fatal. Por varios motivos, pero principalmente porque el problema no es el trabajo sino el trabajo asalariado capitalista y argüir un canto a la vagancia como medida política hiede a idealismo incapaz de comprender que la opresión no la da el trabajo (del cual el ser humano ha demostrado ser capaz de extraer una enorme fuente de progreso social) sino que el fruto de ese trabajo se lo apropie una minoría. Por tanto, es una herramienta que políticamente es estéril y económicamente también (en tanto que, en última instancia, sólo consigue aumentar el nivel de precios aproximadamente por la cuantía de la RB, anulándola). Los mismos efectos económicos y los mismo errores políticos, aunque desde un punto de vista más moderado, tienen otros argumentos a favor de la renta básica como una renta de cuidados o una distribución social del excedente.

¿Por qué no tenemos una propuesta alternativa?

Más miga tiene el trabajo garantizado. Más miga porque últimamente se ha hecho un hueco en la izquierda organizada de este país. Incluso es, entre otras muchas, una de las medidas con más dotación presupuestaria en el reciente Plan de Reconstrucción que ha presentado Izquierda Unida. Sus ejes, resumidamente, son: la creación de empleos socialmente útiles y de baja remuneración donde no haya oferta o ésta no sea suficiente por parte de los sectores privado y público, en áreas como servicios sociales, cuidado al medio ambiente, cuidado de los espacios urbanos y actividades culturales, deportivas y recreativas.

La crisis puede hacer que la “oferta insuficiente privada” sea más amplia pero básicamente nos estaríamos refiriendo a empleos accesorios y poco productivos, aunque necesarios socialmente (aquello del valor de uso y valor de cambio que no coinciden). Esta propuesta, que puede tener sentido en tanto que habrá una amplia capa de la población que no tendrá acceso al trabajo pero que es necesario movilizar (es profundamente absurdo económicamente tener recursos desempleados), adolece de un fallo importante desde un punto de vista marxista: no contribuye, en nada, a acabar con el capitalismo.

Es una medida que puede ser buena para muchos trabajadores, que puede ser útil para poner la maquinaria de nuevo en marcha, pero que no compromete lo más mínimo la dinámica de acumulación privada del capital ni supone ningún tipo de amenaza. Es dar trabajo por dar trabajo sin disputar la propiedad de los medios de producción. Es, en resumen, el clásico cavar hoyos para volver a taparlos de Keynes. Argumentan sus defensores que, al no haber desempleo, la fuerza de los trabajadores aumenta contra los empresarios. Aunque esto es cierto, también es cierto que, como ya demostró Kalecki, estas medidas son políticamente inestables porque mientras no se dispute la propiedad de los medios de producción el poder de los trabajadores (aunque aumente) siempre será batido por la clase capitalista organizada.

¿Por qué no tenemos una propuesta alternativa? ¿Cómo es posible que estemos articulando políticas sin un marco estratégico claro? ¿Cómo podemos estar seguros de que no estamos simplemente gestionando la cotidianidad en lugar de preparando el mañana? Y mañana, cuando todo esto acabe (y realmente empiece), ¿cuál va a ser nuestra propuesta?

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