No soportaba la admiración acrítica. Quería militantes críticos y cultosJulio Anguita: el maestro calmado, el revolucionario Fue un radical, siempre. Un buen radical, en el sentido hondo del término.

José Sarrión Andaluz 16/05/2020

La sensación de orfandad colectiva hoy es inmensa.

Se nos va el maestro calmado, el revolucionario, el líder en el sentido pleno de la palabra.

Practicó la política como una labor educativa. Nunca entendió la arena política como una pugna por privilegios o fama, sino como una tribuna desde donde poder ofrecer una voz distinta a la que machaconamente nos imponen todos los días. Alguna vez definió sus mítines como clases encendidas. Se diría que nunca dejó de ser un maestro, la profesión de la que vino y a la que volvió después de la política, dejándonos esa eterna lección de dignidad, renunciando a su pensión vitalicia y jubilándose conforme a su oficio.

No soportaba la admiración acrítica. Cuando le pedían una foto, respondía: ¿se ha creído usted que soy un futbolista? Su hacer político fue siempre un hacer intelectual y moral. Predicaba con su ejemplo personal, con su propia coherencia en la austeridad. Hilaba ideas complejas con palabras sencillas, y le entendía tanto el agricultor como el erudito.

Sufrió el momento histórico más difícil para ser comunista. Tomó el liderazgo de un PCE al borde de la desaparición, en pleno auge del neoliberalismo más duro y el PSOE más derechista y corrupto, y dejó a Izquierda Unida en sus mejores resultados históricos. Mientras la izquierda mundial se hundía durante la caída del bloque socialista, en España la izquierda anguitista se fortalecía.

Fue un radical, siempre. Un buen radical, en el sentido hondo del término. Su inteligencia política le permitía comunicar desde el sentido común, contra el sentido común imperante. Hilvanó con cuidado el feminismo y la ecología junto al movimiento obrero. Supo plantar cara a los grandes poderes financieros y políticos. Combatió Maastricht casi en solitario. En el momento de mayor histeria europeísta advirtió que un país sin soberanía económica estaba desprotegido ante las crisis. Recuperó el republicanismo como eje central de la izquierda. No tuvo ningún miedo a denunciar la corrupción de Felipe González, y advirtió contra la "casa común" con su teoría de las dos orillas. La izquierda no es una palabra hueca, sino un programa, decía. Denunció un capitalismo insostenible social y ecológicamente, aprendiendo las mejores lecciones de Berlinguer sobre la Austeridad. Advirtió que el único modo de que todos tuviéramos un empleo digno era trabajando menos, porque aumentar la productividad es un absurdo que el planeta no puede soportar, y encabezó un movimiento por la reducción de la jornada laboral a las 35 horas. En 2020 vemos estas lecciones con mucha más claridad que cuando las formuló hace 30 años, y aún así seguimos sin aprenderlas. Julio nos enseñaba a pensar con sus palabras. De sus discursos salíamos mejores personas, más capaces, con más sabiduría.

Pero, por encima de todo, fue un hombre valiente. No temía a nada. Por eso, por su honestidad y por su brillantez, le admirábamos hasta el exceso, a veces hasta la adulación que él odiaba. Quería militantes críticos y cultos (que no tiene nada que ver con licenciados, como apostilló más de una vez).

Su temprana muerte tiene que ver con la dureza que vivió en sus años de política. Su corazón quedó tocado desde aquellos años en que le atacaron desde todas las trincheras. Su cuerpo era más frágil que su voluntad invencible. “Loco”, le decían, “Quijote”, porque no podían encontrar ni un solo clavo al que aferrarse para poder llamarle mentiroso o corrupto. Fue tan recto que al final los poderes solo podían tacharle de utópico. Bendito insulto.

Para mí, como para toda mi generación, ha sido la figura de referencia. Muchos entramos en su proyecto político en buena medida cautivados por él. Los españoles, como nuestros hermanos latinoamericanos, tenemos algo de caudillistas: no nos sirven las palabras, queremos seguir a mujeres y hombres honestos, por los que merezca la pena sacrificarse. Esto puede parecer irracional, pero en el país de la mentira no lo es tanto. “Las palabras dan igual” decía un spot del PCE de los 80. “Por sus hechos los conoceréis”, dice el evangelio. De nada sirven los discursos si no se acompañan de prácticas honestas y coherentes. Esto también nos lo enseñó Julio.

Muchos le seguimos más allá de Izquierda Unida: Unidad Cívica por la República, el Frente Cívico “Somos Mayoría”, la Disyuntiva, los diferentes manifiestos que fue lanzando en los últimos años… En el último de ellos, titulado “El hoy y el mañana: razones para nuestro compromiso” tuve el honor de figurar entre los primeros firmantes. Cuando Juan Rivera me explicó la idea, le respondí: no necesito leerlo, si lo va a escribir Julio, contad con mi firma. Ni que decir tiene que esto no lo he hecho absolutamente con nadie más. Muchos esperábamos cada día una nueva reflexión, un manifiesto, unas declaraciones que nos ayudaran a comprender nuestro presente.

Su muerte nos ha golpeado con terrible dureza. Guardaba la esperanza de que se recuperara, de que volviera a la lucha, de que algún día, dentro de muchos meses, recibiría una llamada de Juan Rivera diciéndome que Julio nos convocaba a una reunión en Córdoba en su departamento de su instituto, junto a los compañeros del Colectivo Prometeo, para lanzar una nueva acción colectiva.

Siento la terrible sensación de fin de etapa. Nadie como él era capaz de formular un proyecto alternativo al dominante. Manuel Sacristán en una ocasión dijo que "el asunto real que anda por detrás de tanta lectura es la cuestión política de si la naturaleza del socialismo es hacer lo mismo que el capitalismo, aunque mejor, o consiste en vivir otra cosa”. Julio Anguita supo ponerle palabras y hechos a esa "otra cosa".

Se ha ido el mejor de los nuestros.

Gracias por todo, Julio.

Trataremos de seguir tu ejemplo.

No será fácil.

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