Más allá de la crisis sanitaria: la disputa por el marco de protección La izquierda tiene que reconstruir la confianza colectiva, del pueblo con el pueblo y del pueblo con la política.

Ángel de la Cruz. Responsable de Estrategia Política de IU 22/05/2020

La crisis del coronavirus tendrá efectos profundos en nuestras sociedades. Tanto es así que, entre ellos, se incluyen los antropológicos: después de ella seremos, en buena medida, otros. No nos jugamos únicamente una respuesta sanitaria adecuada para acabar de la manera más eficiente posible con el virus, tampoco la traslación político-electoral que la gestión de la crisis pueda conllevar. Nos jugamos la psique de nuestro pueblo y los cimientos culturales e ideológicos de nuestra sociedad. Es imposible olvidar la magnitud del combate cuando las derechas y los poderes económicos y mediáticos nos la señalan a diario con la ejecución disciplinada de su estrategia de acoso y derribo.

Mentada la bicha, dejémonos de lamentos: la estrategia de las derechas está siendo la más idónea para cumplir con su único objetivo de vigorización cultural y, en última instancia, político-electoral. El llamamiento a la responsabilidad y a la defensiva del bien común por encima de los intereses partidistas es necesario, pero no va a funcionar en un contexto que Christian Salmon define como la era del enfrentamiento. Así pues, solo queda asumir la responsabilidad histórica que se nos presenta y entender que la batalla se libra en distintos niveles, entre ellos el cultural y el emocional, tan denostado este último por la izquierda.

Algunos autores como William Davies o Frédéric Lordon señalan la importancia de las emociones y los afectos en política. El crecimiento del populismo reaccionario no podría entenderse sin una exitosa manipulación de emociones como la nostalgia, el resentimiento, la ira y miedo, todas ellas humanamente comprensibles en un mundo en proceso de descomposición que está dejando atrás a amplísimos sectores sociales. No hace falta detenernos en las artimañas retóricas de cualquier fenómeno reaccionario, ni siquiera en el de Vox, para entender que en última instancia necesitan un estado de paranoia y desconfianza colectiva para que su proteccionismo autoritario puede calar.

Adorno señalaba ya en los sesenta la relación del nuevo radicalismo de derecha con el fatalismo. Se alimentan de las fantasías sobre el hundimiento del mundo y la llegada del apocalipsis; algo parecido, por cierto, a lo que hacían algunos marxistas el siglo pasado. Stuart Hall lo analizó de manera más exhaustiva dos décadas después con la obsesión conspiranoica típica en el thatcherismo: ¡el viejo modo de vida ya estaba en peligro hace cincuenta años! Así pues, cualquier crisis aparece como una conspiración. Es comprensible que las derechas hayan convertido a Iker Jiménez en un intelectual de referencia durante esta pandemia. El pánico moral fluye ante tantos enemigos (algunos concretos como la coleta de Pablo Iglesias y otros invisibles como el mismo virus, posiblemente –nos dicen– creado artificialmente por los chinos). Cuando esto ocurre la respuesta lógica es el autoritarismo: una cesión de democracia a cambio de protección.

Una crisis siempre es un momento idóneo para el crecimiento del populismo reaccionario. De la actual saldremos siendo más generosos pero también más temerosos. La disputa entre la izquierda y la derecha consistirá, en el fondo, en una disputa por el concepto de protección. La derecha activará los marcos punitivos para filtrarla hacia una propuesta autoritaria de rigorismo social y la izquierda activará los marcos de protección social, fraternidad y solidaridad. Había mucha política en los aplausos de las ocho de la tarde, por eso Vox los saboteó desde el primer momento. Ahora será cada vez más difícil porque el cansancio hace mella. Las primeras conspiranoias de la ocultación de los datos y la verdad han sido sustituidas por la conspiranoias del disciplinamiento social y el favoritismo regional. En un contexto así no caben debates racionales, sino bulos que confirman el sesgo cognitivo de quien lo recibe, esto es, su predisposición a creer algo acorde con su visión del mundo.

La izquierda tiene que hacer lo contrario: reconstruir la confianza colectiva, del pueblo con el pueblo y del pueblo con la política. Hoy la antipolítica tiene una única salida reaccionaria. Tampoco es casualidad que Spiriman se haya convertido en otra referencia intelectual de quienes más firmemente se posicionan contra el Gobierno. La lista de referentes que provienen del mundillo mediático nos enseña una lección valiosa: en tiempos de antipolítica reaccionaria son imprescindibles los perfiles aparentemente apolíticos, esto es, ajenos al panorama político-institucional. Intelectuales son todas aquellas figuras públicas que reproducen una visión concreta del mundo y de las cosas, y los exitosos son aquellos que lo hacen de manera aparentemente neutral, pues solo así logran superar determinadas barreras.

Las batallas culturales no se libran en espacios divinos ajenos a la realidad material. La estrategia trumpista de Díaz Ayuso solo triunfará si las bases sociales, culturales y materiales que Esperanza Aguirre dejó como herencia están lo suficientemente arraigadas para ello. La izquierda siempre juega en desventaja. Cuando está en la oposición no tiene poder y cuando está en el gobierno tiene poco poder, pero decíamos que no caben lamentos. La izquierda debe compaginar una buena gestión coyuntural de la crisis sin dejar a nadie atrás y, al mismo tiempo, situar elementos estructurales de debate que, en última instancia, refuercen su marco de protección social. (Dejaremos para otro día, con más tiempo y espacio, la necesidad de construir contrapoderes con dinámicas propias, ajenas a la lógica institucional). Las derechas sufren una desventaja importante, y es que en su modelo ideal de sociedad todo lo que nos está salvando sencillamente no existiría.

Si quedamos encerrados en la gestión cotidiana de datos, ganan. Si somos capaces de elevar el debate para situar nuestros modelo de sociedad más democrática, más justa y más igualitaria, donde los derechos sociales estén garantizados y todo lo que nos está salvando se blinde por ley, podemos ganar. Desde los tiempos de Maquiavelo sabemos que a la hora de actuar políticamente lo que menos nos importa es el pasado, incluso aunque en este vaya la gestión de una crisis tan importante como la actual.

De esta crisis saldremos siendo más generosos pero también más temerosos. Quien sea capaz de activar sus emociones e inhibir las de los adversarios será capaz de apropiarse del marco de la protección. Ellos apuestan por el sálvese quien pueda, nosotros por una sociedad en la que la vida y los derechos de la ciudadanía no estén por debajo de los beneficios privados de unos pocos. Por una sociedad en la que nos cuidamos en vez de pisotearnos, estafarnos y humillarnos. Eso es el patriotismo del bien común.

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