En el centenario del PCELas fuerzas de la cultura y la propuesta comunista

Mauricio Valiente Ots 28/05/2020

¡Viva la muerte! ¡Muerte a la inteligencia! Cuando Millán Astray voceaba semejantes consignas en la Universidad de Salamanca no era una simple reacción visceral contra las palabras de Miguel Unamuno, un intelectual que había evolucionado hacia posiciones muy conservadoras pero que formaba parte de una tradición cultural española de pensamiento crítico. Los gritos del fundador de la Legión enlazan con una actitud cerril y, sin necesidad de remontarse demasiado en la historia, con la expulsión de la Universidad española de los profesores que se negaron a plegarse con los dogmas de la Iglesia católica (como explicar la teorías de Darwin), impuesta por el régimen de la Restauración tras la liquidación de la Primera República, que dio pie a la conformación de la Institución Libre de Enseñanza.

El PCE, como el movimiento comunista en Europa, surgió como expresión política del movimiento obrero y de una intelectualidad comprometida con el mismo, a partir de sectores ya organizados en partidos y sindicatos preexistentes, en un contexto de movilización social generalizada al calor de la revolución de octubre en el imperio zarista. En España, a diferencia de otros países europeos, el marxismo tenía un escaso desarrollo en el ámbito académico y una mínima implantación entre los intelectuales progresistas. Sin embargo, desde la fundación del PCE en 1921, se produjeron varios procesos que radicalizaron al mundo científico, universitario y de las artes, que convirtieron a las fuerzas de la cultura en un factor de progreso, que tendría su punto culminante durante la Segunda República.

Comunistas, anarquistas y sectores intelectuales, entre los que destacó Miguel de Unamuno, fueron los principales arietes contra la dictadura de Primo de Rivera (al mismo tiempo que los principales objetivos de su represión), aunque no tuvieron mucho eco hasta la generalización de las protestas estudiantiles contra el proyecto de ley Callejo en 1928, que abría la puerta a la privatización de la Universidad. El papel de la FUE (Federación Universitaria Escolar) fue esencial en este proceso e incorporó a la vida política a toda una generación de dirigentes, cada vez más influidos por el marxismo y con un programa cultural que rompía los moldes elitistas dominantes. En paralelo surgía una vanguardia artística de enorme riqueza que, en muchos casos, se comprometió en la lucha por la república y algunos de sus protagonistas con el comunismo.

Dos figuras emblemáticas de esta radicalización que confluiría en la propuesta política del PCE fueron Wenceslao Roces y Josep Renau. El primero, catedrático de Derecho romano, en buenas relaciones con Unamuno, represaliado como él por la dictadura de Primo de Rivera, impulsó en 1933 la Asociación de Amigos de la URSS que contó con los más importantes intelectuales del momento, algunos con una evolución posterior muy alejada (Manuel Machado, Pio Baroja, Gregorio Marañón…) El segundo, pintor, autor de fotomontajes, cartelista, fue la cabeza visible de Nueva Cultura, una revista con una influencia que superó con rapidez su origen valenciano. José Diaz, que se entrevistó con Renau en Madrid para abordar el trabajo con los intelectuales en 1935, fue decisivo para limar el sectarismo que todavía dominaba en muchos militantes, al tiempo que destacó la importancia de un amplio frente antifascista también en este ámbito.

Tras el golpe de Estado de julio de 1936, el trabajo desarrollado se plasmó en la responsabilidad de Wenceslao Roces y Josep Renau en el Ministerio de Instrucción Pública dirigido por el comunista Jesús Hernández, como subsecretario y director general de Bellas Artes respectivamente, y en el desarrollo de la Alianza de Intelectuales en Defensa de la Cultura, una organización que agrupó a la inmensa mayoría de quienes permanecieron leales al régimen constitucional. Tomás Navarro Tomás, filólogo de reconocido prestigio y secretario de la Junta de Ampliación de Estudios en esos años trágicos, expresó en un bello discurso la importancia del frente cultural y la educación para la causa de la República, y su contraste en el terreno fascista: "En la España leal se observa, desde que estalló la guerra, una atención intelectual más despierta que nunca. Los libros que las editoriales y librerías pueden ofrecer son insuficientes. En los frentes y hasta en los mismos parapetos, los soldados dedican a la lectura las horas de descanso. En cambio, en el campo contrario se han hecho quemas de libros de autores ilustres y se han dado mueras a la inteligencia en la Universidad de Salamanca. El obús faccioso que ha derribado la estatua de Lope de Vega a las puertas de la Biblioteca Nacional, ha sido como otro grito bárbaro contra la inteligencia y el espíritu. Los soldados del pueblo luchan por la libertad y por el progreso de la cultura. Justo es que los militantes de la Casa de la Cultura luchemos por el triunfo de los soldados del pueblo".

Prueba de la importancia de las fuerzas de la cultura y su desarrollo durante la última etapa republicana, que queremos destacar en la celebración del centenario del PCE, fue su capacidad de resistencia y reproducción en los años más duros de la dictadura franquista; en la literatura y el cine hay excelentes muestras de cómo se pudo burlar a la censura; al igual que ocurrió con el movimiento obrero, ni la represión, ni el rígido control de la educación y las instituciones culturales, ni el proceso generalizado de depuraciones, impidieron su operatividad a la hora de articular la oposición a la dictadura y frustrar sus intentos continuistas en la transición. En 1956, la Universidad de Madrid vivió una revuelta generalizada en reivindicación de las libertades y contra el predominio del SEU, que acabó con múltiples sanciones y una intervención generalizada. Con los años, la Universidad se convirtió en un bastión en la lucha contra la dictadura, con una presencia cada vez más relevante del PCE y del marxismo en sus diferentes expresiones.

En esos años oscuros, cabe destacar sobre todo la creatividad de un movimiento cultural alternativo desde la base, muy vinculado a las nuevas formas de organización popular en los barrios y localidades durante la lucha contra la dictadura. Se reivindicaba la cultura como un derecho, un enfoque transformador que, una vez aprobada la Constitución de 1978 y con las primeras elecciones democráticas municipales al año siguiente, con la victoria en la mayoría de la poblaciones de las candidaturas de izquierda, permitió desarrollarla como un servicio público desde las administraciones locales. Los centros culturales, los festivales, las bibliotecas, las salas de arte municipales, tuvieron tanto que ver con esa proliferación de la creatividad popular, como con la presencia en las instituciones de la izquierda y del PCE en concreto, con un proyecto político que enriqueció enormemente la vida de la mayoría social trabajadora.

Las políticas neoliberales y el progresivo socavamiento de la autonomía municipal han atacado a los servicios públicos y al sector cultural con especial saña, que sobrevive con grandes dosis de precariedad, como lo hemos visto con especial dureza durante la actual crisis del COVID-19. La Universidad ha sufrido un peligroso proceso de mercantilización y privatización, acelerado tras la aplicación del proceso de Bolonia desde el cambio de siglo. Fue el movimiento estudiantil en la lucha por la defensa de la Universidad pública, como lo fue en la resistencia a la dictadura de Primo de Rivera hace noventa años, quien activó a miles de jóvenes en un ciclo de movilizaciones que, posteriormente, en un contexto de aguda crisis económica, condujo al movimiento del 15-M en 2011 y a la multiplicación de la contestación en las calles, que recogieron en buena medida ese impulso. Hoy las fuerzas de la cultura son esenciales para afrontar la crisis de régimen que sufrimos, en el impulso a una unidad popular que se expresa de mil formas; como lo vimos en la lucha contra la guerra, las fuerzas de la cultura pueden jugar un papel fundamental en un proyecto de cambio, con la defensa de un modelo participativo y popular, que combata el mercantilismo banalizador, el elitismo y el paternalismo absorbente.

Y aunque parezca mentira a estas alturas del siglo XXI, la lucha contra el oscurantismo cobra cada vez más importancia. Hoy los gritos de Millán Astray, o al menos lo que representan, parecen haber cobrado actualidad con un extraño paralelismo en la protesta derechista iniciada por unos cuantos privilegiados en el Distrito de Salamanca de Madrid. El ¡Viva la muerte! o ¡Muerte a la inteligencia! se reproducen entre un discurso conspiranoico de la nueva derecha, que niega los avances de la ciencia, promueve el negacionismo del cambio climático y hace uso de la desinformación y los bulos como instrumentos de desestabilización. El centenario del PCE, una vez más, nos servirá para recordar que no hay nada que no haya sido alcanzado con la lucha social y que no hay conquista, por asentada que parezca, que no pueda peligrar sin la movilización activa de la mayoría social que las hizo florecer.

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