Ni dios ni amo

Cuánto de poco estamos luchando contra el enemigo más vorazMejores La vuelta a una normalidad pervertida no es ni de recibo, ni deseable. Aprendamos, no de los aplausos, no de los mensajes de bondad, que también, sino de a dónde estamos llevando tanto al planeta como a quienes lo habitamos.

Benito Rabal 04/06/2020

Vengo observando de un tiempo a esta parte que, entre la población, aturdida por varias semanas de confinamiento, cunde la idea de que cuando éste se levante la humanidad va a ser mejor. Y debo advertir que tal vez no sea del todo cierto.

Por una parte, los anuncios publicitarios a los que nos someten rigurosamente cada día parecen indicar que esto de la pandemia global, aparte de una colosal tragedia, entra dentro de la categoría de desastre natural y que, si estamos juntos y unidos, todo irá bien. Pero a pesar de las bellas frases musicales, voces susurrantes e imágenes pretendidamente amateur dedicadas a alabar la solidaridad y el bienestar social, no deja de ser sospechoso que dichos anuncios, en su mayoría, estén financiados precisamente por las grandes compañías que a lo largo de su historia se han dedicado a lo contrario, lo cual no deja de ser un contrasentido dado su comprobado carácter altamente depredador. Más bien parecen mensajes fruto de una campaña dedicada a normalizar nuevas estrategias de saqueo y usura para que todo siga igual pero con el beneplácito y aplauso de quienes vamos a ser expoliados.

La realidad es que no todos vamos en el mismo barco. Es más, ni siquiera pienso que debamos compartir la navegación que nos ha llevado hasta el punto en el que estamos. La tierra nos ha dado un aviso y no es el único. Antes del Covid-19, en los últimos tiempos, hemos asistido a incendios descomunales, diluvios, terremotos, erupciones o cotas climáticas impensables. Jamás en cientos de miles de años hemos causado tanto daño a nuestro planeta como en las últimas décadas. Jamás, hasta la implantación en nuestras vidas de la mayor de las catástrofes, el Capitalismo Salvaje. Y por más que pretendan hacer partícipes a la humanidad entera de tamaño desastre, repitiendo la máxima de “el ser humano es como es”, es mentira. El capitalismo es como es, no la raza humana.

Eso en cuanto respecta a lo de juntos y unidos. Por otra parte, la bondad, bella palabra bajo cuyo manto, según nos dicen, parece que vamos a cobijarnos. Según la antropóloga Margaret Mead, uno de los primeros signos de civilización no se encuentra en utensilios y herramientas sino en el hallazgo de un fémur roto y curado, porque eso implica que alguien se quedó junto al herido cuidándole; si no hubiera sido así, éste habría sido devorado por las fieras como ocurre en el mundo animal. Ese es el origen de la civilización, la solidaridad. Difícilmente nos haremos mejores si no volvemos a ese ancestral principio en vez de mantener el concepto del necesario beneficio particular. El sufrimiento que hoy estamos padeciendo en nuestro mundo opulento, hace tiempo que ocurre en el resto del mundo, el mismo que nos mantiene a base de ver expoliados sus recursos. Se llama hambre.

Esa debería de ser la primera lección. La vuelta a una normalidad pervertida no es ni de recibo, ni deseable. Aprendamos, no de los aplausos, no de los mensajes de bondad, que también, sino de a dónde estamos llevando tanto al planeta como a quienes lo habitamos. O, mejor dicho, cuánto de poco estamos luchando contra el enemigo más voraz.

Habrá una vacuna para este virus pero, si seguimos así, habrá otros y otros terremotos, otros incendios, diluvios y, cruelmente consentida, más hambre. Hay que poner remedio y el único es el fin del capitalismo.

No se puede crecer infinitamente, a no ser que el infinito sea la muerte de todo.

Publicado en el Nº 334 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2020

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