En Estados Unidos hay más negros en las prisiones que en las universidadesRacismo y miedo: no puedo respirar Los patricios estadounidenses levantaron un nuevo país sobre las tumbas de un genocidio y construyeron su prosperidad con el trabajo cautivo de millones de negros y emigrantes.

Higinio Polo 09/06/2020

Estados Unidos de América es ese país que decidió bautizar a su capital con el nombre de un propietario de esclavos, George Washington, y no tiene intención de cambiarlo. Porque el país nació escupiendo entre colmillos la mentira que envuelve toda su historia. Otro padre de esa patria tenebrosa, Thomas Jefferson, para satisfacer su propio deseo sexual poseía un joven esclavo negro, mientras sus hermanos seguían hacinados trabajando en las plantaciones.

La Constitución que inspiraron en Filadelfia, llena de redobles por la libertad y la felicidad, enseñaba al mundo que su creador, su dios, había hecho iguales a los hombres pero se levantaba sobre el engaño, la desigualdad, la esclavitud y el exterminio de los indios.

Los patricios estadounidenses levantaron un nuevo país sobre las tumbas de un genocidio y construyeron su prosperidad con el trabajo cautivo de millones de negros y emigrantes: hasta la Casa Blanca fue construida por los esclavos.

“Nosotros, el pueblo”, dice el preámbulo de su Constitución, fijando en apariencia límites a los abusos del poder que apenas resistieron el tiempo que tardó en secarse la tinta con que fue escrita y forjando después un amasijo de ambición levantado con la violencia. Estaban construyendo la mentira sobre la que se fundó esa América: aquella libertad de los padres fundadores era sólo para el hombre blanco burgués y se colmó después con la esclavitud negra, con la crueldad de la matanza de los indios y la inhumana explotación de millones de emigrantes, antes de proyectarse en guerras de cuatro continentes.

Ahora, tras el asesinato de George Floyd, ha estallado otra vez la desesperación de los maltratados de esa historia infame, porque las desamparadas y abrumadas manifestaciones que han recorrido estos días los

Estados Unidos estaban iluminado el crimen de la historia del país. Como si fueran el grito de un luto que para millones de negros se arrastra desde hace demasiadas décadas, las ciudades norteamericanas se han llenado con las emocionadas gargantas de los suburbios, de los olvidados de la tierra y de las víctimas de la segregación, y han mostrado los harapos de un sueño americano que siempre fue una mentira más, al tiempo que Trump y los suyos marcaban con policías y soldados los límites de la libertad.

Las manifestaciones de congoja por el amargo final de George Floyd, con su garganta bajo la rodilla de un policía, han sido duramente reprimidas: el toque de queda se impuso en decenas de ciudades, al menos seis personas han muerto y más de diez mil han sido detenidas en todo el país, con el presidente, desde la Casa Blanca, calificando como terroristas a quienes se definen antifascistas y achacando la violencia policial a quienes la padecen.

La policía mata a tres personas cada día

Los negros soportan desde hace demasiado tiempo el odio y la brutalidad de esos escuadrones de racistas blancos capaces de patrullar con sus armas para marcar las fronteras del odio y padecen la sospecha constante de la policía y la violencia racista que impregna la vida y las instituciones estadounidenses.

En un país donde decenas de miles de personas son tiroteadas cada año, cuarenta son asesinadas a disparos cada día y otras sesenta y cinco se suicidan cada jornada con armas de fuego, la violencia es una enfermedad que impregna a toda la sociedad y llega hasta los niños: centenares de ellos mueren cada año por armas de fuego; muchos, son los descendientes de los esclavos.

Los negros son carne de prisión porque son pobres y están condenados de antemano, pueden ser maltratados y torturados por la policía, detenidos ante la menor sospecha, enjuiciados y encarcelados en un país que tiene el mayor número de presos del mundo (2.200.000 personas). Constatan con amargura que hay más negros en las prisiones que en las universidades pero la ferocidad del poder sigue triturando la vida, sin detenerse.

En esta escarpada primavera de la pandemia, la revista Lancet daba cuenta de que en el penal Marion, en Ohio, con dos mil quinientos presos, dos mil contrajeron la Covid-19, muchos de ellos negros.

El país que se jacta de defender los derechos humanos en el mundo, los pisotea cada día en su propio territorio.

Las revueltas de los esclavos negros que documentó el historiador comunista norteamericano Herbert Aptheker siguen en la memoria de los manifestantes de hoy: esas protestas han perseguido durante décadas el fin de la segregación, el asombro de la libertad, pero los nietos de los esclavos sólo han recibido los ghettos de América y los suburbios de la pobreza, el desprecio de quienes les señalaban los límites de su existencia, la voracidad de los mercaderes que siguen creyéndose los dueños de Estados Unidos y del mundo y ponen el látigo del esclavo en las manos de un policía.

Los frutos extraños que cantaba Billie Holiday eran los negros colgados de los árboles por turbas blancas racistas, eran las víctimas del odio y la segregación, y ahora, tantas décadas después, en un país donde la policía mata a tres personas cada día y los carceleros duermen en la Casa Blanca entre las botellas rotas del sueño americano, los negros siguen diciendo, con el féretro aún caliente de George Floyd, que no pueden caminar por las calles, que no pueden vivir atenazados por el miedo, que son nuestros hermanos y no pueden respirar.

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