Aplaudiendo a los médicosA los cien días de La Habana enferma

Luis Adrián Betancourt. (*) / La Habana 19/06/2020

El sol se va metiendo por los barrios del este. Su luz es opaca, el cielo está nublado, se pronostican chubascos, lluvias y tormentas eléctricas desde el final de la mañana. No hay pájaros en los árboles ni gente buscando dónde tomar una taza de café a mitad de camino al trabajo. En la TV, la acostumbrada comparecencia del doctor Francisco Durán Garcìa, Director Nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública. Hay 343 ingresados en hospitales: 10 en vigilancia, 145 sospechosos y 188 confirmados. Otras 919 personas se vigilan desde la Atención Primaria de Salud, los médicos de familia. Con excepción de las provincias de La Habana y Matanzas, entramos en la primera fase de la etapa de recuperación.

Las calles de la ciudad se mantienen con baja circulación de vehículos, sin la acostumbrada oleada de bicicletas (los chivos) invadiendo las avenidas.

Ya no se ve a los turistas paseando en históricos pero bien conservados descapotables alquilados.

Desaparecieron los coquitos, motos con carapacho de lata y aspiraciones de auto.

Están ausentes las pañoletas rojas y azules de los alumnos de primaria, sus pantalones y sayas de color marrón, los de secundaria con el color mostaza, todas las blusas y camisas son blancas. Son colores que le faltan a la mañana.

Entre las siete y las ocho algunos abuelos no han perdido el hábito de hacer ejercicios, no en los parques sino en casa, confinados, temerosos al saber que sus edades son consideradas de máximo riesgo de contagio.

Los panaderos a domicilio han sobrevivido, empujan sus carritos y anuncian su presencia con silbatos o pregones.

Mientras preparan el almuerzo, al calor del fogón, las amas de casa están pendientes de las noticias del barrio sobre las ofertas de alimentos, los horarios del agua o las medicinas que llegaron a la farmacia.

Después de las diez de la mañana, sobre el Malecón cesa el viento del este. No hay pescadores ni enamorados sobre sus muros.

A las doce la ciudad suele quedar sin sombras. El mediodía habanero sigue siendo el más fotogénico del Universo. Hay espejismos en las carreteras, parecen anegadas. Si uno cierra los ojos, lo que ve es una cerveza helada. Pero en estos días el sol ha perdido su brillantez pues el cielo nuboso se interpone.

Después del mediodía, la temperatura sube y sube, justificando la presencia de los tantos portales que convierten a La Habana en una ciudad soportada por columnas.

El cañonazo de los aplausos a los médicos

Está por ver, cuando llegue lo más caliente del verano, si el calor tropical resultará un aliado en el enfrentamiento al coronavirus.

Ya está el almuerzo, que en atención al clima y a la fertilidad de la tierra debía estar basado en frutas y verduras pero que tiende a la fritada, al aderezo fuerte, al condimento y al aliño. Por ahora, las frutas y las verduras son caras y escasas.

Antes del coronavirus, después del horario escolar las calles volvían a llenarse de niños que jugaban a la pelota y al fútbol. Eran muy felices mientras los mayores nos preocupábamos porque el cubanísimo beisbol no fuera a perder supremacía.

En los portales aparecían algunas mesas de dominó, que es un juego ruidoso. Las fichas de madera o marfil se colocan con fuerza sobre la mesa, mientras el jugador escandaliza con la jerga habitual.

Siempre había cerca una botella de ron. Los había de buena marca, de tres, cinco o siete años, y también uno sin nombre que se vende a granel en las bodegas. Probablemente hoy es el que más se consume pero los borrachos de las esquinas ya no aparecen en el paisaje habanero.

Los médicos de la familia salen a hacer terreno, visitando en sus casas a las mujeres embarazadas, a los diabéticos y a los hipertensos.

Se está acabando el día, el aire vuelve a cambiar el rumbo sobre el malecón. Se produce el insuperable espectáculo de la puesta de sol, con buen tiempo casi se le oye crepitar cuando la bola de fuego toca el horizonte. Hoy solo se le ve diluirse en destellos dorados que se enredan en las copas de los árboles.

Ya oscurece. Los colores se disgregan. El fanal del Morro, que señala la entrada a la bahía, comienza a soltar cada quince segundos sus blanquísimos destellos visibles a 18 millas. Recuerdo con nostalgia el ir y venir de la lancha de Regla, que aún durante la dictadura de Fulgencio Batista seguía llamándose Lenin.

A las siete, los niños están frente al televisor. Con Juan Padrón y su Elpidio Valdés. Después comienza la programación de adultos, el noticiero de las ocho, las novelas, las películas. El enfrentamiento al coronavirus está presente en todos los canales y todavía parece insuficiente para lograr que los habaneros adquieran una razonable percepción del riesgo.

La noche habanera siempre fue una fiesta, la de hoy hace culto al silencio hasta que a las nueve retumba en toda La Habana un cañonazo disparado desde la fortaleza de San Carlos de La Cabaña a un costado del Castillo del Morro. La costumbre viene de la época del corso y la piratería, cuando el disparo anunciaba que se cerrarían las puertas de la muralla protectora de la ciudad. Hoy no pude escucharlo porque a esa misma hora de muchas ventanas y balcones salieron los aplausos dedicados a los médicos.

Aunque teníamos cerca una vaguada, no llovió como esperábamos. Al parecer la causa fue otro tipo de lluvia, el polvo del Sahara que está cayendo sobre La Habana.

En la TV, sigue el desfile de depredadores sociales, esta vez robaron mantequilla. La gente llama Tras la huella (título de un policiaco cubano) a estas sesiones diarias en nuestro noticiero.

Ya no hay apagones programados, excepto cuando se trata de averías o para podar los árboles. Cuando falta la luz, suele ser por poco tiempo. Aparecen las velas, quinqués, lámparas, mechones improvisados con viejas latas de refresco. En otros tiempos, en que los apagones eran prolongados y constantes, la gente llegó a fabricar plantas que se abastecen de baterías de autos. Aunque la vida nos depare un itinerario complicado, lo sabremos sortear como en estos cien días.

(*) Luis Adrián Bentancourt, periodista, escritor e historiador, es uno de los mejores y más leídos autores de la novela policiaca cubana.

En esta sección

Ratas de dos patas en el ejército de ColombiaSer inmigrante no es una enfermedad¡Si se investiga al campechano, caen el catalán y el sevillano!Esta crisis demuestra el carácter parasitario del sistema capitalistaUna alternativa a los modelos de trabajo jerarquizados

Del autor/a

La tormenta del Sahara sobre La HabanaVeciana, un cazador frustradoA los cien días de La Habana enfermaCuba en cuarentena (y 2)Cuba en cuarentena (1)