Esperando a los bárbaros

Es la hora de los comunistasFascismo de baja intensidad Es posible hablar de distintos fascismos (como de las distintas mutaciones de un virus), basados siempre en que hay que aumentar los beneficios disminuyendo las libertades y acabando con las fuerza sociales y políticas que defienden a los trabajadores.

Felipe Alcaraz Masats 04/07/2020

Creo que la denominación que encabeza este artículo la leí en un texto de Agustín Moreno, refiriéndose a la situación actual. No era un estudio macroeconómico, estructural, sobre el fenómeno del populismo de ultraderecha en la Europa actual, y más allá; era más bien un enfoque político y de circunstancias. Y lo de baja intensidad supongo que se refería a que todavía no han desembocado en una violencia abierta, generalizada.

A esta situación me voy a referir, desde un punto de vista político e ideológico, sin intentar definir ni caracterizar exhaustivamente pero utilizando desde el principio el término (atenuado) de fascismo. También podríamos hablar de neofascismo, de fascismo sonriente o de oleada de fascismo específico en el seno del capitalismo tardío, al amparo de la posmodernidad y algunas de sus claves ideológicas.

No pretendo entrar en el debate sobre la naturaleza del fascismo, siguiendo la teoría de los modelos históricos. No creo en los modelos y en su sincronía, más bien siempre he sustituido la categoría de modelo por la de matriz. El debate en función de los modelos, a veces excesivamente académico, nos puede incluso llevar a la consideración de que el franquismo no ha sido nunca un fascismo sino más bien una especie de bonapartismo radical. O es un debate que nos repite que los fenómenos que actualmente se han iniciado en Europa no tienen nada que ver con el fascismo porque no siguen los modelos teoréticos, ya muy establecidos, de las sociedades nazifascistas, tal como las conocemos. El caso es que, desde una matriz dada, la existencia del capitalismo y su oposición básica entre explotadores y explotados, en el seno de un sistema social de producción y teniendo en cuenta las distintas fases, de la producción y del capital, es posible hablar de distintos fascismos (como se puede hablar de las distintas mutaciones de un virus), basados siempre en que hay que aumentar los beneficios disminuyendo las libertades y acabando con las fuerzas sociales y políticas que defienden a los trabajadores: así de sencillo (que no simple). Es decir, el fascismo es siempre un capitalismo de excepción, donde el fin justifica los medios, incluida la violencia. Y en este sentido, según las fases, el fascismo lo mismo puede desarrollarse al calor de un latifundista que a la sombra fría de una multinacional o del sistema financiero en su globalización imperialista o en los pliegues de una monarquía parlamentaria que flote sobre la ausencia de proyectos sociales organizados frente a la explotación y el dominio y frente al populismo ultraderechista.

Y llegado a este punto, una consideración sobre un fenómeno aún no excesivamente estudiado ni aceptado (una parte de la izquierda dice que por razones casi espontáneas los barrios obreros nunca votarán a la derecha neofascista): en la Europa actual se produce, de manera casi simultánea, el nacimiento y desarrollo del neofascismo a la par que la debilitación y aún la desaparición de la izquierda (transformadora). No quiero caer en simplismos, que enervarían la sensibilidad académica de algunos de mis camaradas, pero el neofascismo, a través del malestar popular, emerge sobre la ausencia de la izquierda organizada, tras el fracaso de la globalización y en unos momentos en que el capitalismo tardío ha dado la última vuelta de tuerca para convertirlo todo en un esquema de mercado extenso donde solo existen las cosas (anhelos, programas, realidades) 24 horas. Oh, milagro de la posmodernidad.

Y termino desde la propuesta. No hay solución telemática. No es la distancia, la modernidad o la relación intersubjetiva las que puedan abordar otra normalidad. La solución es otra y se llama organización. Presencia organizada, quiero decir, en torno a un programa, a un proyecto. Vinculación política real entre el malestar y los partidos y sus confluencias, estén en el gobierno o en la oposición. Es decir, no hay otra cosa alternativa que la organización social de un proyecto. Por las fisuras de la distancia telemática, por las debilidades de una izquierda que empieza a desaparecer en Europa (quizás dos tenues excepciones: España y Portugal), se nos está colando el neofascismo.

Y algo más concreto, arrimando el ascua a mi normalidad: es la hora de los comunistas. Es la hora de iniciar la recomposición sin limitaciones del PCE. Un PCE fuerte para una unidad popular cada vez más fuerte.

Publicado en el Nº 335 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2020

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