Con América

Lo aseguran en el Centro Internacional de la PapaLas patatas fritas de PepsiCo son cancerígenas

José Manuel Martín Medem 10/07/2020

Hay denuncias que se guardan en los libros y muy pocas veces se publican en los grandes medios de comunicación. Ahora encontramos una de estas tremendas denuncias en Oro, petróleo y aguacates (*), el libro de reportajes de Andy Robinson, corresponsal del diario La Vanguardia en América Latina, que se acaba de publicar.

El periodista recoge lo que le ha asegurado Alberto Salas, del Centro Internacional de la Papa, con sede en Lima: “La industria no lo quiere reconocer pero nosotros ya sabemos con absoluta seguridad que la patata frita es cancerígena”. No se refiere a las domésticas sino a las muy consumidas patatas fritas de bolsa, los populares snacks que han colonizado el paladar del mundo entero y sobre todo el infantil.

Robinson empezó a investigar cuando padecía esta adicción: “En el Reino Unido consumimos unos seis mil millones de paquetes de patatas fritas, ciento cincuenta por persona cada año”. A los veinticinco años se trasladó a España y descubrió que “la patata frita tradicional de las fábricas locales iba siendo sustituida por la marca multinacional Frito Lay, la filial más lucrativa de PepsiCo, cuyas patatas chips ya consolidaban su implacable conquista del mercado global en la estela espumosa de sus bebidas hiperazucaradas”.

La conclusión en su nuevo libro es que “la transformación más aterradora de una cultura milenaria en adicción masiva y grandes beneficios multinacionales es la degradación de la patata”. La industria del aperitivo ha convertido el alimento de subsistencia de los Andes en una amenaza para la salud. Además del cáncer, “obesidad, diabetes y enfermedades coronarias provocadas por las dosis explosivas de sal y azúcar”.

Adicción de laboratorio

El periodista denuncia “la responsabilidad de las grandes multinacionales de la comida basura en la epidemia de obesidad que arrasa al mundo”. Casi el 40% de los estadounidenses son obesos y “tal vez la expansión vertiginosa del consumo de snacks explicaría que en 2017 en América Latina, donde cuarenta y dos millones de ciudadanos aún sufrían hambre, el 56% de la población padecía sobrepeso y el 23% era obeso”. “Una bolsa pequeña de patatas Frito Lay -explica Robinson- rebasa el máximo consumo diario de sodio recomendado”. Y añade que “la estrategia de los fabricantes de alimentos industriales consiste en cargar sus productos con azúcar, sal y grasa para provocar la adicción masiva y conseguir el aumento constante de su negocio”.

Hay que leer despacio lo siguiente que nos cuenta: “¿Cómo se hace una patata chip hiperadictiva? La respuesta se encontraba en el laboratorio de Frito Lay en Dallas, en Texas, donde un centenar de científicos, psicólogos y expertos en marketing, con un presupuesto de treinta millones de dólares anuales, desarrollaban la fórmula más placentera de sal y grasa, que se entremezclaba de forma explosiva con el azúcar natural en el almidón de la patata”.

La clave del snacking es crear adicción. ¿A que no puedes comer solo una? En el laboratorio “también se empezaba a cambiar la estructura química de la sal usada en la fabricación de la patata frita para crear un polvo extremadamente fino que podía ser absorbido rápidamente por la lengua. Así, la adicción se optimizaría y, además, las patatas provocarían una sed inaguantable, complemento óptimo para los beneficios espectaculares de las bebidas azucaradas y gaseosas de PepsiCo”.

La acrilamida de PepsiCo en Barcelona

En diciembre de 2003, el diario El País anunciaba la instalación en Barcelona de la división internacional de PepsiCo para el sur de Europa. El Grupo PepsiCo se establece en 1965 mediante la fusión de PepsiCola y Frito Lay. Hace veinte años ya acumulaba un negocio de 25.000 millones de euros, con 5.000 de beneficios y 140.000 empleados en todo el mundo. Al situarse en Barcelona consolidaba la combinación de sus dos negocios, las bebidas y los snacks, para “crecer más deprisa y con mayor rentabilidad”.

A PepsiCo le resbala la denuncia de Alberto Salas desde el Centro Internacional de la Papa, “sabemos con absoluta seguridad que la patata frita es cancerígena”, y la Unión Europea no intervino hasta el 2018. Reconocía que la acrilamida de las patatas fritas de bolsa “puede aumentar el riesgo de padecer cáncer”. El diario La Vanguardia explicaba entonces que la acrilamida “es un componente químico que se genera de forma natural en alimentos que contienen almidón durante el proceso de cocinado a altas temperaturas” y advertía que “aunque reconoce el riesgo del cáncer, el reglamento comunitario no marca unos límites máximos obligatorios para la acrilamida sino apenas unos niveles de referencia”.

(*) Oro, petróleo y aguacates. Andy Robinson. Arpa & Alfil Editores, S.L.

Publicado en el Nº 335 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2020

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