Un español en AlemaniaReconocimiento de la diversidad

José Mateos Mariscal. Wuppertal (Alemania) 13/07/2020

Soy un español, de Zamora para más datos, que emigró a Alemania en 2013, azotado por la crisis. Como todo emigrante de esa época, con una mano atrás y otra adelante, habiendo perdido todo en la crisis del 2008, desahucio tras desahucio. Hoy resistimos con mi familia en Alemania.

El encuentro con el extranjero te permite ser tú mismo, haciendo de ti un extranjero, es decir, un des-conocido. En esta experiencia de no re-conocerme en mi núcleo central me descubro otro y lo familiar, lo que se da por sentado, adquiere un giro insospechado, a veces mágico. El extranjero necesita a su vez, como dice Heidegger, “la hospitalidad que otros pueden ofrecerle”. Pero contar con esta disposición requiere de nosotros aceptar, re-conocer que el emigrante, él o ella, “son una presencia que cuestiona nuestro presente porque representa el extrañamiento que potencialmente encontramos en todos nosotros”.

No obstante, este extrañamiento es provocado en nosotros por aquello que se da por sentado. Lo obvio de la tradición y de los orígenes del nosotros, del etnos, frente al otro, es decir, el bárbaro, el extranjero, queda cuestionado si nos atenemos a las crónicas de las diásporas.

Estas dispersiones ocurridas durante el proceso de esclavización de hombres de color, la expulsión de los judíos metropolitanos de España o los grandes desplazamientos de masas rurales, revelan que nuestra procedencia más remota no tiene un sentido claro y unívoco, contrariamente a lo que este imaginario instituido impone, la dispersión nos enfrenta “con mezclas de historias, cruces culturales, lenguas compuestas y artes créole que también forman parte del núcleo central de nuestra historia”.

Por lo tanto, convivir con los diferentes a nosotros nos hace notar que “ya no estamos en el centro del mundo”, lo cual nos produce escozor porque nos vemos confrontados a refutar, a deshacer el punto de vista único, uniforme, atributos de la versión racional de la modernidad y fuente de certeza de nuestra subjetividad e identidad.

El emigrante, además, nos coloca ante este dilema: “Reconocer en otras historias nuestra historia, descubrir en la aparente completud del individuo moderno la incoherencia, el extrañamiento, la brecha abierta por el extranjero que la subvierte y nos obliga a reconocer el problema: el extranjero en nosotros mismos”. Con lo cual nuestro sentido del ser, de nuestra identidad, de ese núcleo central a que el imaginario instituido nos remite queda des-centrado, desplazado y lo que hemos heredado (la cultura, el lenguaje, la historia, la tradición) adquieren otra magnitud. Por cuanto desde ese instante el encuentro con el extranjero nos instala en la precariedad de nuestro ser y con ella en las incertezas, las probabilidades, la incompletitud.

La experiencia de sentirnos extranjeros nos delimita “umbrales para nuevos encuentros, nuevas aperturas, posibilidades inexperimentadas” en donde podemos oír, encontrar, vivenciar otras historias, otras lenguas, otras identidades, otras culturas.

Entonces, desde el desenmarañamiento de la diversidad a partir del encuentro con el otro (el emigrante), tal vez sería posible pensar en un diálogo entre un extranjero que necesita de hospitalidad y otro extranjero que necesita re-conocerse. La concreción de este diálogo dependerá de una voz que tenga “la inciativa de conocer y comprender a la otra”. Diálogo que se convierta en puerta de acceso hacia un imaginario instituyente de un mundo unido por la multiplicidad de sentidos, que es lo mismo que decir diversidad.

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